Estamos viviendo tiempos de Pascua. Esta palabra significa “Paso”. Es la Pascua de Jesús, el paso que dio de la muerte en la cruz hasta el glorioso amanecer del domingo de resurrección.

Con Él, con su Pascua, también hemos pasado de la muerte del pecado a la resurrección de una vida de gracia, hemos pasado de la oscuridad a la luz, de la culpa y el miedo a la condición de ser hijos de Dios, hermanos de Jesús y templos vivos del Espíritu Santo.

Humildes y sinceros

Despojémonos del vestido del hombre viejo y revistámonos de la luz y de la gloria de hijos de Dios. Continuemos la trayectoria de nuestra Cuaresma y pidamos al Señor que nos fortalezca en el proceso de conversión en este tiempo pascual. Sobre todo, actuemos con limpieza de corazón, con humildad y con sinceridad; no actuemos, pues, solamente para el exterior, para ser vistos y alabados por los demás. No una conversión de apariencia, sino una conversión de corazón, desde lo íntimo de nuestro ser.

Jesús siempre rechazó el fingimiento y la hipocresía; decir una cosa y hacer otra; adoptar actitudes piadosas, pero pensar y desear mal, cumplir estrictamente con los pormenores y hasta con los pequeños detalles de la ley, pero tener un corazón duro y rebelde; no hacer ningún esfuerzo el domingo, pero sí reñir y ofender ese día al hermano; usar la religión como disfraz para lucir bien ante los demás y ganar posiciones sociales o lucro; aparentar exteriormente bondad, pero tener inclinaciones perversas; mostrar una personalidad afable, sencilla y formalmente correcta, pero maquinar proyectos inicuos.

Vivamos como verdaderos resucitados por el poder misericordioso del Padre, por la obra redentora de Jesús y por la fuerza santificadora del Santo Espíritu. Para ello nada mejor que reflexionar profundamente y actuar en consecuencia, haciendo vida aquellas verdades en la que decimos que creemos:

“Creo en Dios Padre”, es decir, creo que mi existencia es sostenida todo el tiempo por Dios y que lo hace por el infinito amor que me tiene; un amor personal, incondicional y siempre fiel. No me ama porque yo sea bueno, sino porque Él es bueno y ama también a los que actúan mal, a los que lo rechazan, a los que no creen en su existencia.

“Él hace salir el Sol y envía su lluvia sobre los campos de los justos y de los pecadores”. Pero Dios es Padre, porque derrama sobre nosotros su ternura entrañable, su misericordia infinita.

¡Qué dignidad puede haber más alta que la de ser hijos de Dios! ¡Qué alegría, qué júbilo, qué gozo inmenso el sabernos hijos de su complacencia y de su cariño! No hay ya cabida para la tristeza, el abatimiento y la falta de estima personal cuando sabemos de quién somos hijos. No más sentimiento de soledad y de abandono, no más pesimismo y desesperanza.

El hombre que cree en Dios Padre es un hombre alegre, lleno de esperanza, de energías transformadoras, de mentalidad creativa, abierto a los demás, servidor de los demás, mensajero esforzado de la paz, de la justicia y de la verdad, constructor entusiasta del Reino de Dios.

Nuestro redentor

“Creo en Jesucristo, Salvador nuestro”, es decir, reconozco la acción redentora de Jesús, enviado del Padre, que con su muerte nos justificó tomando sobre sí nuestros pecados e iniquidades que subió consigo en la cruz e intercediendo por nosotros obtuvo el perdón para toda la humanidad. ¡Ya hemos sido salvados! Ésta es la buena noticia, la alegre nueva del Evangelio que debemos anunciar a todas las personas. No importa tu historia, no importa la cantidad ni la gravedad de tus pecados; han sido perdonados y como dice el profeta Miqueas, Dios los ha tomado y los ha arrojado al fondo del mar.

Jesús no sólo entregó su vida por nosotros, sino que nos dio nueva vida y su resurrección es la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. La Pascua de Jesús nos ha hecho criaturas nuevas porque nos ha dado el poder del Espíritu Santo para hacer el bien y combatir el mal. Hemos sido perdonados, pero no pequemos más.

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”, es decir, estamos ciertos de que la victoria de Cristo es nuestra victoria porque sabemos que la palabra de Dios se cumple y la promesa de Jesús de que su Padre nos enviaría su Espíritu Santo para aceptar su verdad y para fortalecer nuestra voluntad y para vigorizar y robustecer nuestra fe, se ha cumplido y se cumple en nosotros en el momento mismo en que, ante el embate de la tentación, pedimos al Señor su Santo Espíritu.

Él lo dijo: “Pidan y se les dará, toquen y se les abrirá, invoquen al Espíritu y Él estará presente asistiéndolos en sus batallas espirituales”. Él todo lo transforma, todo lo hace nuevo. Con Él podemos construir nuestro presente y futuro, tener estrenos de plenitud todos los días, florecer como la primavera y en cada amanecer recibir la luz de una nueva aurora e ir creciendo y madurando para dar abundantes frutos de vida y de amor.

Escuchemos a Dios que nos habla: “En el tiempo de gracia te he respondido, en el día de la salvación te he auxiliado” (Is 49, 8). Todas las horas y minutos son para Dios tiempo de gracia.

Consejero del Centro de Caridad San Francisco de Asís.

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