“Un imperecedero documento en piedra para la eternidad”. Así se describió en las páginas del Diario el 15 de abril de 1956 el Monumento a la Patria, que días después, el 23 de ese mes, fue inaugurado por el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortines.
La estructura, símbolo de Mérida y Yucatán, fue esculpida a mano por el colombiano Rómulo Rozo Peña y en ella se plasma la historia del país, desde la fundación de Tenochtitlán hasta mediados del siglo XX.





Es el único monumento en el mundo tallado directamente sobre la piedra. En su construcción no hubo modelos a escala ni taller, sino “un hombre terco que dibujaba la piedra para atacarla”, indicó el Diario.
El 7 marzo de 1945 se inició su construcción. De estilo neomaya, recibió críticas por el tiempo que tardó en completarse: 11 años. Detractores de Rozo lo llamaban el “monumento a la eternidad” y hubo quienes se acercaban a opinar qué personajes debían tallarse y cuáles no.
En amplia entrevista que el Diario le hizo al escultor antes de la inauguración, cuando solamente faltaban detalles para concluir la obra, Rozo dijo que había levantado en Mérida “el primer altar a la patria para borrar del espíritu nacional las ideas sobre el separatismo yucateco… La patria es de todos y para todos”.
A 70 años de distancia, el Monumento a la Patria es “una obra magnífica que brinda identidad a quienes la conocen y visitan, y su importancia arquitectónica y escultórica es innegable”, además de que constituye un relevante elemento urbano de la ciudad, opina la doctora en Arquitectura y Ciudad Ileana Beatriz Lara Navarrete, cronista de Mérida.
Destaca que su valor puede entenderse desde distintos enfoques —urbano, arquitectónico, patrimonial y simbólico—, lo que permite comprender tanto su importancia como sus usos.
En términos formales, el Monumento es un hemiciclo central con dos rampas laterales, una escalinata al Sur y una fuente tipo lago en la parte cóncava al Norte. Mide 14 metros de altura, 40 metros de diámetro y ocupa una superficie de 2,500 metros cuadrados. Representa la identidad, el mestizaje y la historia de México.
La obra surgió de un concurso impulsado por el gobernador Ernesto Novelo Torres (1942-1946) para erigir un monumento a la bandera en Mérida, inicialmente en la glorieta Hidalgo de la avenida Itzaes. Posteriormente se trasladó su ubicación al Paseo de Montejo.
El proyecto ganador lo presentó el arquitecto Manuel María Amábilis Domínguez, quien propuso a Rómulo Rozo para ejecutar la obra. Amábilis concibió un semicírculo liso con una banda ornamental alusiva a la historia nacional y una ceiba en la cara norte. Rozo introdujo modificaciones que fueron aprobadas por el gobernador, pero no por el arquitecto, quien se retiró del proyecto tras concluir la cimentación y las obras de desagüe, y manifestó su desacuerdo después de su inauguración.
Lara Navarrete detalla que las aportaciones de textura tipo piedra aparente que dio Rozo a la totalidad del muro enriquecieron su profundidad volumétrica y, por tanto, su riqueza perceptiva. Haber sustituido el simbolismo abstracto inicial en las bandas por figuras más reconocibles permitió su mejor identificación y comprensión.
El énfasis volumétrico del cuerpo de la mujer mestiza que representa a la patria jerarquizó su presencia en el conjunto. La aportación del escultor al lago simbólico con el águila devorando a la serpiente, contenidos por la franja de escudos de los estados de la cara norte, es de gran belleza plástica.
La cronista resalta que la arquitectura del proyecto base de Amábilis y las ideas escultóricas ejecutadas con excelencia por Rómulo Rozo en la piedra de cantera de Ticul dieron como fruto una obra magnífica que brinda identidad a quienes la conocen y visitan.
Su riqueza formal permite apreciarla a distintas escalas: desde lejos, como silueta en el paisaje urbano, y de cerca, por sus volúmenes. Este principio, señalado por Gordon Cullen en “El paisaje urbano”, es característico de monumentos reconocidos internacionalmente, como el Arco del Triunfo en París y la Columna de Trajano en Roma.
La cronista añade que el Monumento funciona como hito y nodo urbano: es un punto de referencia claro en la ciudad y un lugar donde confluyen importantes vialidades, lo que contribuye a la legibilidad y estructura del entorno urbano.
Por su permanencia y características, es un sitio emblemático de Mérida. En 2016 fue reconocido por el Buró Internacional de Capitales Culturales como uno de los Tesoros Culturales de la capital yucateca.
Su valor estético, simbólico e histórico, junto con su relevancia urbana, lo convierten en un espacio elegido para manifestaciones sociales, celebraciones, protestas, actividades culturales y visitas turísticas, consolidándolo como un foro abierto de expresión en la ciudad.— Iris Ceballos Alvarado
