NUEVA YORK (Por Jesse McKinley, de “The New York Times”).— La vanidad entre los políticos varones no es nada nuevo, pues los grandes egos son tan comunes como las campañas de elecciones primarias.
Sin embargo, en el caso de los hombres del gobierno de Donald Trump, el enfoque en su aspecto es una constante, y las declaraciones políticas y los comentarios en las redes sociales están impregnados de exhibiciones de fuerza física, frases de hombre rudo e ímpetu masculino.


Al mismo tiempo, esos principios tradicionales de masculinidad han ido acompañados de destellos de vulnerabilidad sobre el aspecto y la forma de vestir de los hombres: el otoño pasado, el presidente se quejó de una foto de la revista “Time” que, según él, lo hacía parecer calvo.
“Me ‘borraron’ el pelo”, escribió el presidente en su perfil de Truth Social, y añadió que la foto era “malísima y se merecen que lo haga notar”.
En diciembre, una serie de fotos para “Vanity Fair” —incluidos primeros planos del secretario de Estado Marco Rubio y del vicepresidente JD Vance— fueron duramente criticadas por Rubio, que las calificó de “deliberadamente manipuladas”. (La revista negó cualquier alteración de las fotos).
Además, las acusaciones de mala praxis fotográfica volvieron a surgir cuando “The Washington Post” informó que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, había prohibido a los fotógrafos de prensa asistir a las sesiones informativas sobre la guerra de Irán porque consideraba que sus imágenes eran “poco favorecedoras”. (El Pentágono lo negó).
A pesar de todo lo que se dice sobre la cirugía estética inspirada en Mar-a-Lago para las mujeres del entorno de Trump, también destacan la atención prestada al ego masculino y los esfuerzos por salvaguardarlo.
“Son constantes intentos de cultivar una personalidad que, a sus ojos, parezca fuerte, poderosa, dominante y estoica”, afirmó Zac Seidler, psicólogo clínico y director mundial de investigación de Movember, organización benéfica para la salud masculina. “Pero una vez que rascas la superficie de eso, todo lo que ves es fragilidad”.
Donald Trump lleva mucho tiempo obsesionado con la estética personal y es conocido por sus opiniones implacables y a veces ofensivas sobre la apariencia de las mujeres.
Sin embargo, Trump también ha normalizado la costumbre de hablar y criticar el aspecto de los hombres, con lo que ha inaugurado una nueva era de evaluaciones aduladoras y comentarios habituales sobre el aspecto de los integrantes de su gabinete y de otras personas.
Anna Kelly, portavoz de la Casa Blanca, declara que “el presidente Trump ha reunido al gobierno con más talento y logros de la historia”.
“Por si fuera poco”, añade en un correo electrónico, “¡parecen salidos de un casting!”.
La atención prestada al aspecto físico podría considerarse parte de una tendencia más amplia entre los hombres —sobre todo los más jóvenes— que incluye ideas como el “lookmaxxing” (tratar de aumentar el atractivo propio mediante cirugías y otros métodos) y el “mogging” (dominar a otro hombre en apariencia), que se están filtrando constantemente por la llamada “machósfera”.
Le siguen el juego
Sea como fuere, el interés de Trump por la imagen externa ha sido adoptado e imitado por su personal, recuerda Dan Cassino, profesor de gobierno y política en la Universidad Fairleigh Dickinson, quien ha estudiado el enfoque del presidente sobre la masculinidad. “Los hombres del gobierno de Trump están representando un tipo muy específico de masculinidad para intentar atraer a Trump”, explica Cassino.
Por supuesto, las mujeres en el mundo laboral están acostumbradas a preocuparse por los comentarios y juicios sobre su aspecto. Ahora, al parecer, los hombres también lo están.
“Comentar el aspecto o la apariencia de alguien es una de las formas más básicas de juego de poder que tenemos”, apunta Rose Hackman, autora de “Emotional Labor”, un estudio sobre el papel, a menudo subestimado, de las mujeres en el lugar de trabajo y en otros ámbitos.
Hackman añade que lo que Trump ha dicho sobre los hombres de su círculo íntimo “los reduce efectivamente a activos”, lo que puede “hacerlos sentir que tienen que estar saltando a su alrededor o de lo contrario su estatus ante sus ojos podría cambiar en cualquier momento”.
El propio Trump va casi siempre de traje y parece gustarle la formalidad de épocas anteriores. Cultiva una apariencia que refleja una aparente obsesión por la década de 1980, incluidos los trajes y las corbatas rojas que suelen llevar sus asesores más cercanos, y el pelo peinado hacia atrás, al estilo Gordon Gekko (el personaje principal de la película “Wall Street”), como el que luce actualmente Hegseth.
El presidente dijo que no quería que los integrantes de su gabinete usaran zapatos deportivos y hace poco mostró su predilección por cierta marca de calzado de vestir de 145 dólares, pues les compró pares a Rubio y a Vance. También tiene un claro aprecio por los hombres con buena forma física y recientemente elogió los músculos de un marino y de los agentes federales, y aseguró que un luchador de la UFC era un “tipo guapísimo”, que “podría ser modelo”. “Eres demasiado guapo para ser luchador”, le dijo a Paulo Costa, quien agradeció el cumplido.
Por otro lado, ese tipo de evaluación presidencial también puede desencadenar las inseguridades de los hombres, parte de “esta creencia generalizada de que debes tener un aspecto determinado o habrás fracasado”, señala Seidler.
“Cuando la imagen se ve amenazada, todo el edificio se tambalea”, agrega.
En la última década, Trump ha hecho de sus evaluaciones estéticas una potente aunque burda herramienta política, y ha menospreciado a sus opositores por todo, desde su peso (incluido Chris Christie, exgobernador de Nueva Jersey) hasta su estatura (hizo mofa del congresista Adam Schiff, de California, a quien le dijo “pequeño”).
La teoría política de Trump parece sostener que ser menos atractivo, o imperfecto, es ser débil y, por tanto, marca a un perdedor. Es un punto de vista quizá extraído de su fijación con la televisión, en la que el aspecto y la apariencia son primordiales.
Además, Trump, que también fue estrella de telerrealidad, lleva años premiando a las personas que le expresan su apoyo frente a las cámaras, sobre todo a las que combinan el aspecto de los presentadores de informativos con la soltura de los artistas.
Es una lista que incluye a Hegseth, antiguo presentador de Fox News; Sean Duffy, secretario de Transportes y antiguo participante en “Real World” de MTV, y Mehmet Oz, famoso como médico televisivo antes de dirigir los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid.
Los presidentes han intentado a menudo proyectar fortaleza y restar importancia a sus retos físicos: Franklin Delano Roosevelt, por ejemplo, ocultó que iba en silla de ruedas. John F. Kennedy escondió fuertes dolores y otros problemas.
No obstante, Trump ha llevado ese control de imagen aun más lejos. Sus seguidores pregonan con frecuencia su vitalidad, y el presidente se relaciona a menudo con hombres que muestran rasgos masculinos, como influencers musculosos.
Presentó a Hulk Hogan, el histriónico luchador profesional, en la Convención Nacional Republicana de 2024, donde se arrancó la camisa, y encabezará —y promoverá— un combate de la UFC en la Casa Blanca en junio próximo, tras un “seminario de entrenamiento exclusivo” que los luchadores celebraron con agentes del FBI en marzo.
El machismo del segundo mandato también es evidente en una serie de demostraciones al estilo rudo de un hombre de gimnasio, incluido un vídeo reciente —duramente criticado por demócratas— de Robert F. Kennedy Jr., secretario de Sanidad, y el rapero Kid Rock en el que se les ve haciendo ejercicio juntos.
Parece que Trump aplaude todo eso, a pesar de su propia aversión a ese tipo de actividades de macho alfa, pues, con excepción de sus frecuentes partidas de golf, no hace ejercicio.
Machos inseguros
Al mismo tiempo, hay indicios de una inseguridad común en muchos hombres: la caída del cabello. Esas preocupaciones dieron lugar a las quejas de Trump sobre la portada de “Time”, así como a que utilizara un medicamento para el crecimiento del pelo y que bromee sobre ocultar su “calva”.
Tom Wooldridge, decano fundador de la Facultad de Psicología de la Universidad Golden Gate y quien ha estudiado el impacto emocional de la calvicie, dice que esos temores son a veces profundamente primarios.
“Muchos de nosotros morimos sin mucho pelo”, advierte Wooldridge. “Así que para muchos hombres es un símbolo de envejecimiento y mortalidad”.
Los expertos afirman que la masculinidad a menudo se “gana” de otros hombres. Evalúan constantemente la aparente hombría de los demás en función de ideales estereotipados como la dureza, la agresividad y la dominación, y, por extensión, la niegan cuando un hombre no supera esas pruebas subjetivas.
“Es frágil”, afirma Maryam Kouchaki, profesora de Gestión y Organizaciones de la Universidad Northwestern, quien ha estudiado el fenómeno de “hombría precaria” en el lugar de trabajo. “Se pierde fácilmente”.
Ese proceso de evaluación se ha sobrealimentado en la era Trump, considera Michael Kimmel, autor de “Manhood in America”, y añade que muchos varones del gobierno parecen “disfrazarse de Rambo” para impresionar al presidente.
Parte de la adulación, presidencial o de otro tipo, no es más que política anticuada: elogiar a la gente para congraciarse. El propio Trump sigue prodigando elogios, ya se trate del tamaño físico del equipo masculino de hockey de Estados Unidos o del atractivo de un veterano herido en el Estado de la Unión.
Dicho esto, el presidente también ha mostrado ocasionalmente un atisbo de sensibilidad sobre el aspecto de otros hombres, como en febrero, cuando hizo una especie de cumplido a Santiago Peña, presidente de Paraguay, de 47 años, describiéndolo como un “tipo joven y guapo”.
“Siempre es agradable ser joven y guapo”, manifestó el presidente. “Eso no significa que tengas que agradarnos”.
Trump ha sido sensible al aspecto de otros hombres, como cuando calificó a Santiago Peña, presidente de Paraguay, de 47 años, como “tipo joven y guapo”
