Augusto Quijano Axle es apenas el segundo yucateco que recibe el Premio Nacional de Arquitectura, reconocimiento que lo hace sentir “muy emocionado y honrado” y que no esperaba, toda vez que, explica, su trabajo no lo realiza para obtener galardones sino para desarrollar proyectos que superen las expectativas de los clientes y sean una mezcla de funcionalidad, espiritualidad, estilo e identidad.
Como informamos en su oportunidad, Quijano Axle recibió la distinción nacional el 15 de abril pasado, en el Palacio Postal de la capital del país. En la misma ceremonia se otorgó el Premio de Ingeniería a Francisco de Pablo Galán.
Antes de Quijano Axle, el único otro yucateco que había recibido el Premio de Arquitectura, en 1983, era Agustín Álvarez García, cuya obra más icónica es la Torre Lationamericana de la capital del país.
Según recuerda al Diario, su pasión por la arquitectura le surgió de muy pequeño, cuando a los 11 años observaba a los ingenieros crear construcciones. Así supo que quería dedicarse a edificar casas.
Con el paso del tiempo descubrió que la arquitectura se acercaba incluso más a lo que deseaba realmente en la vida, que era diseñar los proyectos y transformarlos del papel al concreto.
“Recuerdo mi niñez y mi pasión por la construcción y el diseño de obras, y cómo en aras de estudiar arquitectura me mudé a Ciudad de México para cursar la carrera en la Universidad Iberoamericana, porque la que ofrecía la entonces la Universidad de Yucatán estaba en pleno desarrollo”.
“Las carreras más comunes en Yucatán eran derecho, contaduría, medicina, odontología, química e ingeniería. La arquitectura local la habían forjado hasta entonces profesionales venidos de otras latitudes. A esos pocos profesionales era a los que comúnmente se les encargaban los proyectos y quienes comenzaron a darle una identidad a la arquitectura local”, señala.
“Se apegaban a las características arquitectónicas del momento pero buscaban hacerlas más acordes al tipo de clima que prevalecía en la entidad, por eso era importante la orientación, los flujos de aire, las entradas de luz, etcétera; de ahí la popularidad que alcanzaron las terrazas como un elemento referencial de la identidad del estilo yucateco”.
La década de 1980 marcó el estilo de Quijano Axle: después de realizar un exitoso proyecto residencial, fue llamado a formar parte del equipo que creó el edificio principal del Club Campestre de Mérida y, después, concebir el espacio que albergaría a la Universidad del Mayab.
Un inédito proyecto a base de taludes y corredores escalonados para aprovechar el espacio y crear zonas sombreadas y frescas para el tránsito de personas en los tres niveles de la estructura le dio al conjunto una identidad icónica y fue un giño contemporáneo a la arquitectura maya.
“Cuando se concibe una obra como en este caso la Universidad del Mayab, hoy Universidad Anáhuac, lo que se busca es crear espacios funcionales y perfectamente adaptados para comodidad de quienes hacen uso de las instalaciones”, apunta.
“Los taludes originalmente fueron prensados como una alternativa para crear espacios sombreados sin comprometer el flujo del viento y, a la vez, resguardarse de la lluvia sin que se afectase a quienes transitan por los corredores de los tres niveles del conjunto”.
“La forma dio por resultado un guiño actual a la arquitectura maya. Posteriormente se integraron otros espacios como el área administrativa y la rectoría, que se adaptó en su estilo perfectamente al núcleo principal. Luego fue el edificio de Ciencias de la Salud y así sucesivamente hasta la fecha. Los espacios han mantenido un estilo que se complementan de forma muy natural y práctica”.
Quijano Axle está convencido de que la buena arquitectura no se hace con recetas sino con principios; las recetas llevan a un mismo resultado, los principios conducen por lo divergente.
“Técnica y estilo, contemplar siempre el factor climático y ambiental, reconocer la diversidad de los materiales disponibles en la entidad, tener principios y valores éticos y morales al construir, crear obras que respondan a las necesidades dela gente, obras con identidad”, describe el arquitecto su forma de trabajar.
Sobre el Premio Nacional de Arquitectura, el más importante que ha recibido en reconocimiento a su profesión, dice que “uno trabaja y lo hace no para recibir premios, esos llegan sin esperarlo; no creas obras para ganarlos, tu principal compromiso es con tus clientes y el proyecto en puerta”.
“Nunca te imaginas que tu nombre figurará junto con los de otros destacados exponentes de la arquitectura nacional. Cuando un premio así llega, uno se replantea lo que ha sido su trabajo a lo largo de 45 años. Claro que me siento orgulloso y emocionado, estoy muy agradecido con muchas personas, mi familia, amigos y colegas”.
“Un premio como este te da un nuevo empujón, te emociona, te da ánimos y te compromete a trabajar más y mejor, ¿y cómo se logra eso?, creando obra que eleve la calidad de vida de las personas”, concluye.


