Frida Kahlo no se convirtió en una de las figuras más famosas del siglo XX por casualidad. La imagen popular de la artista que persiste en muñecas Barbie y en tazas de café fue una construcción cuidadosamente elaborada; prueba, según el diseñador de vestuario Jon Bausor, de que “era una obra de arte viviente”.
Hija de un fotógrafo aficionado cuando eso aún era algo excéntrico, Kahlo tuvo conciencia del poder de la imagen desde muy joven: elegía ropa que ocultaba su discapacidad pero resaltaba su herencia cultural; oscurecía sus cejas, pero se negaba a separarlas. Y ya fuera posando para una fotografía o para uno de sus muchos autorretratos en tres cuartos de perfil, siempre, siempre era consciente de sus ángulos.
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