La noche comenzó mirando hacia un prodigio yucateco y terminó rozando la monumentalidad alemana.
Pese a la intensa tarde lluviosa que cubrió por completo a Mérida, y con unos minutos de tolerancia otorgados para permitir que el público terminara de llegar entre calles anegadas y una lluvia que aún persistía, la sala de conciertos del Palacio de la Música terminó por llenarse para el penúltimo concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY).
La expectativa pudo más que el mal tiempo en una velada conducida, como se anunció, por la batuta huésped de Alejandro Basulto, acompañado por dos grandes talentos: el concertino Christopher Collins y la pianista Irina Decheva.
El programa abrió con una breve ventana al talento regional, “Palenque: sueño de la piedra”, poema coreográfico del compositor yucateco Fausto Pinelo Río, de quien poco suele hablarse pese a la dimensión artística de su obra.
Durante siete minutos, la OSY evocó un paisaje antiguo y ceremonial, en una partitura que pretendía explorar temáticas visuales y narrativas a través del lenguaje sinfónico, permitiendo que música y danza sugirieran la majestuosidad y la atmósfera mística de las zonas arqueológicas mayas.
La obra reveló a un creador visionario, empeñado en dotar de identidad regional a una propuesta sinfónica de gran escala. En cada frase musical pareció latir un eco del sureste, un intento por convertir piedra, selva y memoria en sonido.
La interpretación de la orquesta permitió que ese espíritu regional respirara con naturalidad, despertando curiosidad por una figura que merece mayor reconocimiento en la historia musical de Yucatán.
Pero el corazón emocional de la noche llegó con el Doble concierto para violín, piano y orquesta de Felix Mendelssohn, interpretado únicamente por cuerdas, con mucha cercanía, delicadeza y transparencia a la ejecución.
Desde el inicio, el escenario adquirió otro carácter. Alejandro Basulto condujo con sobriedad a la orquesta mientras, al frente, Christopher Collins e Irina Decheva parecían entrar en un diálogo donde el virtuosismo no competía con la sensibilidad, sino que la amplificaba.
El concertino de la OSY, vestido con una filipina blanca yucateca, resaltaba entre la orquesta vestida de negro, como un punto de luz discreto en el centro de la escena. A su lado, Irina Decheva apareció con un vestido elegante, de un brillo sutil que parecía prolongación de su talento al piano.
En el primer movimiento, ambos solistas parecían medirse mutuamente, como si cada instrumento quisiera reclamar el instante para sí. Violín y piano dialogaban con intensidad, jugueteaban con la idea de una competencia amistosa donde nadie vencía porque el triunfo estaba en la escucha mutua. El oído encontraba placer en ese ir y venir de frases musicales que se perseguían y respondían. Cada momento de respaldo de la orquesta contó con el gran nivel que la distingue.
El segundo movimiento encontró a ambos intérpretes mucho más compenetrados. El tono creció, también el ritmo y el dinamismo, como si aquella conversación inicial se transformara en complicidad. Basulto sostuvo con precisión el equilibrio de las cuerdas, permitiendo que cada matiz respirara sin perder fuerza.
Ya en el tercer movimiento, la conexión entre ambos alcanzó su punto más alto. La obra se inició con una sensibilidad pasional, íntima, avanzando lentamente, como si quisiera detener el tiempo. Después, Mendelssohn pareció abrir las ventanas de par en par, llegaron ritmos apresurados, luminosos, divertidos, cargados de energía y alegría, conduciendo a un final vibrante.
Fueron varios momentos en los que la música parecía tomar cuerpo frente al público. Las manos de Irina Decheva sobre el piano avanzaban con precisión y delicadeza, acariciando las teclas con una naturalidad que convertía cada frase en algo casi palpable; mientras tanto, Christopher Collis, entregado al movimiento, parecía dibujar la melodía con el contoneo sutil de su cuerpo y el trazo firme de su violín. Ambos habitaron la música, moldeándola gesto a gesto, como si el sonido naciera también de la respiración compartida entre ellos.
Apenas concluyó la obra, el aplauso se volvió unánime. La sala se puso de pie para vitorear a los protagonistas de la noche. Flores y ovaciones hicieron volver una y otra vez al escenario a Collins y Decheva, quienes agradecieron emocionados un reconocimiento que parecía no agotarse, bien presentados por el director.
Tras el intermedio, el piano desapareció del escenario y las sillas fueron reacomodadas, transformando visualmente el espacio para algo distinto, más íntimo. Uno a uno aparecieron los 13 músicos seleccionados para interpretar “El idilio de Sigfrido”, la única obra sinfónica madura de Richard Wagner y quizá la más inesperadamente tierna dentro de su repertorio.
Exactamente la instrumentación concebida originalmente por Richard Wagner, flauta, oboe, dos clarinetes, fagot, dos cornos, trompeta y un delicado entramado de cuerdas integrado por dos violines, viola, violonchelo y contrabajo. La disposición, casi de música de cámara, ayudó a comprender el carácter personal de la obra.
Lejos del dramatismo operístico y las tormentas emocionales que suelen definir al compositor alemán, la pieza se reveló lírica, serena y conmovedora. Escrita por Wagner como regalo para su esposa Cosima tras el nacimiento de su hijo, la obra permitió al público asomarse a un rincón privado de su vida, el hogar compartido, la gratitud ante la llegada de una nueva vida y la calma amorosa de una familia reunida.
No hubo tempestad teatral. Hubo naturaleza, luz y sosiego. La música pareció aludir al amanecer, al sol entrando por una ventana, al murmullo silencioso de la vida doméstica y a la serenidad de la madre natura. Basulto condujo la pieza con sensibilidad contenida, permitiendo que la intimidad sonora envolviera la sala.
El recorrido wagneriano continuó con los preludios de los actos I y III de Lohengrin, donde regresó la amplitud orquestal y el dramatismo, donde los músicos lucieron su compenetración. El primer acto, de una espiritualidad luminosa, pareció elevarse lentamente hasta inundar el recinto; el tercero irrumpió con energía y tensión, preparando el terreno para el gran cierre, con la obertura de Rienzi, trece minutos de fuerza sonora y aliento épico que encontraron a la OSY en uno de sus momentos más sólidos.
La orquesta cerró el penúltimo programa de temporada con una ejecución monumental, provocando en el público sonrisas y satisfacción, unos segundos antes del aplauso, todavía habitando el eco de la música.
Al final, el director huésped correspondió a la calurosa recepción. Basulto recibió flores, presentó a los músicos y reconoció con su gesto el trabajo de la orquesta mientras la sala se deshacía en bravos y vítores. El aplauso, persistente y emocionado, se resistió a terminar, continuó incluso después de encenderse las luces de la sala. La noche fue así, una travesía emocional transcurriendo entre de la piedra maya a la intimidad del hogar de Wagner, de la complicidad juvenil de Mendelssohn a la grandeza operística alemana.— Darinka Ruiz Morimoto
