El narrador y ensayista Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) regresa a la novela histórica con “El dios hambriento” (Alfaguara, 2026), una obra ambientada en el mundo mexica del siglo XV y centrada en la rivalidad entre Tlacaélel y Nezahualcóyotl, dos figuras fundamentales en la historia de México-Tenochtitlan y Texcoco.
A través de distintos personajes y perspectivas, Serna explora las relaciones de poder, las creencias religiosas, las intrigas palaciegas y los márgenes de libertad en una sociedad marcada por una rígida estructura social.
La nueva obra de Enrique Serna marca el regreso de su autor a la novela histórica, ¿cómo nació la necesidad de escribir esta novela?
Desde la primera vez que mi madre me llevó al Museo de Antropología, el imperio azteca me produjo una mezcla de fascinación y morbo y tuve en el inconsciente la idea de transportarme a ese reino fabuloso durante muchos años, pero mi vocación literaria me llevó por otros caminos y después, en el año 2018, Televisa me propuso escribir una teleserie sobre la Conquista; escribí el argumento, pero el proyecto no se concretó. Sin embargo, mi asesora histórica me recomendó muchas lecturas sobre la historia del imperio mexica y eso reactivó mi ilusión infantil.
Me di cuenta entonces de que la literatura mexicana está en deuda con nuestro pasado remoto, porque las novelas más leídas sobre el México prehispánico son “Azteca”, de Gary Jennings, y “El corazón de piedra verde”, de Salvador de Madariaga, y ambas tratan del tema de la Conquista, como si fuera el único acontecimiento novelable que hubo en todo nuestro México prehispánico.
De allí me vino la idea de escribir una novela sobre el nacimiento del imperio azteca, 90 años antes de la Conquista, centrada en la rivalidad entre dos personajes que fueron antagónicos, no solo políticamente, sino también en materia de cosmogonía, que fueron Tlacaélel y Nezahualcóyotl: Tlacaélel era el consejero supremo del tlatoani mexica y Nezahualcóyotl era el jefe de los acolhuas, aspirante al trono de Texcoco, que había sido usurpado por unos parientes traidores de su padre Ixtlilxóchitl.
Esa es la confrontación que narra mi novela.
¿Cómo fue el proceso de investigación para entrar en este mundo?
Yo al principio no tenía claro qué era lo que quería contar, pero poco a poco se me fueron ocurriendo ideas, de modo que fui armando la trama de manera paralela a la investigación. Cuando tenía armada una escaleta —mi idea original era contar solamente la confrontación entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel—, pensé que iba a resultar una novela demasiado sórdida y amarga si únicamente me centraba en eso, entonces decidí introducir a dos personajes femeninos, Chimalma y Quilaxtli, con las que traté de contrarrestar el predominio de la egolatría masculina de aquel tiempo en todos los rituales del poder. Me pareció que no podía crear completo el retrato de este mundo si excluía a las mujeres.
Hice que fueran personajes protagónicos porque además se trata de mujeres valientes y talentosas, ambas.
En novelas como “Uno soñaba que era rey”, “El miedo a los animales” y “El vendedor de silencio”, el registro sonoro es fundamental para su escritura, ¿cuáles fueron los retos lingüísticos en esta novela?
Como bien señalas, mi narrativa es bastante coloquial porque yo trato de caracterizar a los personajes por medio del habla y con esto también me refiero al habla que tienen consigo mismos, sus monólogos interiores, y en este caso tenía un desafío porque es la primera vez que escribo una novela donde los personajes hablan un idioma distinto al mío. Eso me obligaba a crear una convención: proponerle un acuerdo a los lectores, un acuerdo insólito en la literatura, porque hay varios ejemplos de las letras universales, como en el caso de Marguerite Yourcenar con “Memorias de Adriano”, donde los personajes del imperio romano hablan en francés, o “Yo, Claudio”, de Robert Graves, donde los personajes hablan en inglés, entonces yo tenía que hacer algo parecido, con una ventaja que es que el español mexicano contemporáneo y el náhuatl no son lenguas divorciadas, se han fecundado mutuamente a lo largo de varios siglos y eso me permitió que los personajes hablen con desenvoltura en un español emparentado con el náhuatl.
Yo traté de que las palabras en náhuatl quedaran explicadas por el contexto, cuando hay alguna, pero más bien lo que me interesaba eran los nahuatlismos que pasaron a nuestro léxico de todos los días y con eso traté de seguirle siendo fiel a mi estilo coloquial.
¿Hubo algún personaje que haya sido más problemático de construir?
Realmente entre todos me atraían mucho y traté de meterme en su alma desde los primeros momentos; el proceso de creación de los personajes siempre parte de la observación del propio carácter, uno les presta algunos atributos de su personalidad, pero después, como están colocados en unos contextos históricos muy diferentes, ellos empiezan a cobrar vida propia y a elegir su destino.
Quería crear una novela donde los personajes tuvieran libre albedrío, algo que no era fácil en una sociedad como la de los mexicas porque pesaba un determinismo muy fuerte sobre la población, por ejemplo, los macehuales, que eran los plebeyos, o los mayeques, que eran los jornaleros, tenían un sistema de valores que era muy rígido, del que no se podían apartar desde el nacimiento hasta la muerte. Lo mismo le pasaba a castas más privilegiadas, como la militar, la sacerdotal o los comerciantes.
Dentro de mi novela los protagonistas son dos nobles, por lo que tienen un mayor margen de libertad y las mujeres, una de ellas, Quilaxtli, es una esclava lesbiana que al recuperar su libertad incursiona primero en la brujería y luego en la prostitución; ella representa el mundo de la marginalidad, que es un mundo en el que hay mucho sufrimiento, pero también libertad. El otro personaje, Chimalma, una media hermana de Nezahualcóyotl, tuvo una educación esmerada en Texcoco, que era como la Atenas de Mesoamérica, es quien desencadena toda la intriga palaciega, que es el meollo de la novela.
¿Alguna semejanza que note en esta lucha por el poder con el poder actual?
Una cosa que me llamó mucho la atención es que en aquel tiempo la poligamia de los nobles era un factor de inestabilidad política, porque un tlatoani podía tener 15 concubinas y muchas veces no se acordaba de los nombres de todos los hijos que había procreado con ellas, entonces los hijos de las concubinas segundonas, que quedaban relegados en el reparto de honores y riquezas, desarrollaban un terrible resentimiento contra sus hermanos privilegiados y esto fue la causa de la mayoría de las guerras de ese tiempo. Es algo que está presente en la personalidad de Tlacaélel, quien es hijo de una concubina segundona del rey Huitzilíhuitl y tiene un rencor profundo contra sus hermanos Chimalpopoca y Moctezuma, que fueron los niños mimados de esa gran familia.
En la vida de Nezahualcóyotl también pesa eso porque su padre, Ixtlilxóchitl, fue víctima de una conjura en la que participaron varios de sus parientes descontentos que lo traicionaron. En cuanto a los paralelismos con el México contemporáneo, yo creo que la voluntad de poder forma parte de la condición humana y que ha existido siempre y eso no varía mucho con las épocas. La diferencia que yo encuentro es que en mi novela Tlacaélel es un profeta que le ha hecho creer al pueblo que es portador de Huitzilopochtli, es un personaje que conjunta el poder político con el poder espiritual, cosa que ya es difícil de encontrar en el mundo contemporáneo, salvo en los países islámicos donde el ayatolá sigue siendo un personaje de esas características.
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Enrique Serna ya tiene una cita con los lectores de Mérida: fue invitado a la Filey 2027, en que presentará “El dios hambriento”.— Alejandro Casanova Vázquez
