A cien años del inicio de la Guerra Cristera, el historiador Jean Meyer considera difícil comprender cómo el presidente Plutarco Elías Calles condujo a México a un conflicto religioso que enfrentó a los habitantes del país entre 1926 y 1929.
Durante la conferencia “A 100 años de la Cristiada. La resistencia cristera y su legado para México”, impartida anteayer en el Foro Cine Colón, el especialista explicó las circunstancias políticas y religiosas que desencadenaron el movimiento.
Por testimonios recopilados durante sus investigaciones se sabe que la Iglesia católica no incitó a los fieles a levantarse en armas.
Meyer lamentó que la Cristiada se convirtiera en una batalla fratricida y la definió como “la guerra que un Estado mexicano hizo contra su propio pueblo”.
Compartió que, antes de la conferencia, conversó con el arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega, sobre las consecuencias negativas de las ideologías, particularmente del anticlericalismo.
Explicó que el anticlericalismo surgió en Europa en el siglo XVIII y cobró fuerza durante el XIX en países de tradición católica como Francia, Italia y España.
Algunos políticos, señaló, consideraban que no podían construir un Estado moderno sin destruir, o por lo menos controlar, a la Iglesia.
En México, el presidente Calles encontró una Iglesia católica dinámica, fortalecida por la Acción Católica y la Doctrina Social de la Iglesia formulada por el papa León XIII.
Para el joven Estado revolucionario, la institución religiosa representaba un competidor peligroso.
Uno de los principales puntos de conflicto fue el sindicalismo. La Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), dirigida por Luis N. Morones, quien también ocupaba la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, se enfrentaba a la competencia de los sindicatos católicos.
Meyer señaló que Morones desempeñó un papel determinante en el conflicto, pues en 1925 impulsó la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, una institución cismática.
La iniciativa no prosperó, ya que únicamente consiguió incorporar entre 20 y 25 sacerdotes de los más de cuatro mil que había en México. Sin embargo, provocó preocupación en Roma.
La Santa Sede temía que ocurriera algo semejante a lo sucedido en la Unión Soviética, donde Lenin había promovido una Iglesia cismática para debilitar a la ortodoxa rusa.
El historiador recordó que el expresidente Álvaro Obregón, quien gobernó México de 1920 a 1924, compartía el anticlericalismo de la facción revolucionaria triunfante, pero no deseaba un enfrentamiento con la Iglesia.
Por ello, advirtió a Calles sobre las consecuencias de sus decisiones.
“Es un error garrafal lo que están haciendo. No te dejes llevar a un pantano donde nos vamos a hundir todos”, le escribió, según relató Meyer.
La creación de la Iglesia cismática movilizó a los católicos, quienes organizaron la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, impulsada por la Acción Católica de la Juventud Mexicana.
La tensión aumentó cuando Calles, ante el fracaso de la Iglesia cismática, promovió la legislación conocida como Ley Calles. Esta disposición establecía sanciones por diversas actividades religiosas, como repicar campanas, realizar procesiones o celebrar actos de culto fuera de los templos.
También prohibía a los sacerdotes utilizar sotana en la vía pública y a las religiosas vestir sus hábitos fuera de los recintos religiosos.
Sin embargo, Meyer consideró que uno de los aspectos más graves era la obligación de los sacerdotes de registrarse ante las autoridades gubernamentales para ejercer su ministerio.
La legislación también permitía a los gobernadores limitar el número de sacerdotes que estaban autorizados en cada estado.
La Santa Sede temía que las autoridades rechazaran el registro de sacerdotes católicos y autorizaran, en cambio, a representantes de la Iglesia cismática. Por ese motivo, Roma prohibió al Episcopado Mexicano acatar la Ley Calles.
Aunque la mayoría de los obispos se mostraba reticente, un sector más radical convenció al Papa de suspender el culto público.
La medida implicaba que los sacerdotes abandonaran los templos y dejaran de celebrar misas y administrar sacramentos en ellos.
La Iglesia esperaba que esta suspensión funcionara como una protesta y que las celebraciones religiosas continuaran en domicilios particulares.
Sin embargo, el gobierno rechazó esa posibilidad.
“Si tú te sales del templo, ya no puedes hacer nada”, recordó Meyer sobre la postura gubernamental.
Las autoridades ordenaron realizar inventarios de los bienes de los templos, considerados propiedad de la nación desde el siglo XIX.
Protestas y conflicto
Para efectuar esos procedimientos era necesario mantener los recintos religiosos cerrados, lo que provocó protestas de los fieles, quienes impedían el ingreso de los funcionarios encargados de los inventarios.
La intervención del Ejército desencadenó enfrentamientos violentos. “En ese momento corrió la sangre”, expresó el historiador.
Señaló que México atravesaba una etapa sin democracia política, en la que el poder estaba en manos de generales surgidos de la Revolución Mexicana, acostumbrados al uso de la fuerza.
Como comparación, en Francia en 1905 un gobierno anticlerical ordenó inventariar los bienes de los templos. Aunque hubo víctimas, la crisis provocó la renuncia del primer ministro y la suspensión de los inventarios.
Meyer consideró que en México también pudo evitarse el enfrentamiento, pero las condiciones políticas y la falta de diálogo impidieron alcanzar una solución.
Recordó que los obispos Leopoldo Ruiz y Flores, de Morelia, y Pascual Díaz buscaron un acuerdo con Calles hasta el último momento.
El expresidente Obregón intervino para facilitar un encuentro entre el mandatario y los representantes eclesiásticos en el Castillo de Chapultepec.
Sin embargo, al concluir la reunión Calles les planteó una disyuntiva.
“Ya saben ustedes, tienen que escoger: o se someten a la ley o se levantan en armas”.
Los obispos respondieron que nunca habían considerado un levantamiento armado y que la Iglesia no deseaba el conflicto.
Meyer recordó que México tenía entonces unos 18 millones de habitantes, de los cuales aproximadamente el 80% vivía en comunidades rurales y dependía de la agricultura.
Durante su exposición presentó testimonios recopilados hace seis décadas, cuando realizó las investigaciones para su obra “La Cristiada”. Esos relatos contradicen la versión de que la Iglesia organizó el levantamiento.
“Los sacerdotes no tienen nada que ver. No hay premeditación”, afirmó uno de los entrevistados.
Meyer reiteró que el conflicto se convirtió en una tragedia nacional por tratarse de una guerra entre mexicanos.
Cuando concluyó su investigación y publicó su libro, desconocía el costo humano de los tres años de enfrentamientos. De acuerdo con una cifra oficial de la Secretaría de la Defensa que citó durante la conferencia, la guerra dejó 250 mil muertos. De ellos, casi 100 mil fueron combatientes, entre cristeros y soldados del Ejército, mientras que otros 150 mil son civiles. Aclaró que estos últimos no necesariamente murieron fusilados, sino como consecuencia del hambre, las epidemias y el frío.
El Ejército enfrentó dificultades para derrotar a las guerrillas cristeras, cuyos integrantes conocían perfectamente los territorios donde combatían.
Los insurgentes aprovechaban cuevas, ríos y caminos para ocultarse, mientras continuaban con sus actividades cotidianas y preparaban emboscadas contra las fuerzas federales.
“Los cristeros no podían derrotar al gobierno, pero eran invencibles”, expresó.
De acuerdo con especialistas, se necesitaban nueve soldados para combatir a un guerrillero.
Durante los enfrentamientos, los combatientes católicos gritaban “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva la Virgen de Guadalupe!” y “¡Viva México!”.
Los soldados federales comenzaron a llamarlos “Cristos Reyes”, expresión que posteriormente derivó en el término “cristeros”.
El historiador explicó que el pueblo mexicano acuñó la palabra “cristiada”, siguiendo el modelo de antiguas epopeyas como “La Ilíada”.
La conferencia fue organizada por la Unión de Católicos Mexicanos de la parroquia El Divino Redentor, movimiento perteneciente a la Acción Católica, con motivo del centenario del inicio de la Guerra Cristera.— Claudia Sierra Medina
Los relatos contradicen la versión de que la Iglesia organizó el levantamiento
