Con demasiada frecuencia queremos que las culturas se mantengan congeladas e intactas, para poder tratar a sus países como museos exóticos que visitamos por placer; pero, ¿no deberían tener los mismos derechos que nosotros?.— Johan Norberg

Recientemente, uno de los comunicadores y críticos de arte, Juan Heiblum, preguntó en su transmisión en redes sociales (Facebook e Instagram) por qué había cerrado el Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán (MACAY), al igual que varias personas del medio del arte y los museos.

Esto me llevó a reflexionar sobre las causas principales y las implicaciones de la falta de un espacio “ideal”. Evidentemente, no se trató de una situación relacionada con el presupuesto otorgado como donativo al museo, ya que representaba una cantidad poco significativa frente al presupuesto asignado a la cultura en el Estado, sino de una política institucional orientada predominantemente a la cultura maya, lo que se demuestra con el uso actual del “Ateneo Peninsular” como otro espacio más dedicado a la arqueología.

Yucatán enfrenta una evidente falta de espacios dedicados exclusivamente al arte moderno y contemporáneo, marcada por el cierre del Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán (MACAY). En 1991 comenzó la restauración del recinto que albergó el museo, con la asesoría del Centro de Investigaciones y Servicios Museológicos de la UNAM, y el 29 de abril de 1994 abrió sus puertas al público como el único museo enfocado en la promoción y difusión del arte moderno y contemporáneo en toda la Península de Yucatán, gracias a una alianza clave entre la entonces gobernadora de Yucatán, Dulce María Sauri Riancho, y el gran promotor cultural Carlos García Ponce.

Cabe mencionar que el cierre comenzó a vislumbrarse a mediados de 2021, durante la gestión del entonces gobernador de Yucatán, nacido en la Ciudad de México, Mauricio Vila Dosal. En ese periodo comenzó el “culturicidio” de la institución museística, que provocó un cierre simbólico el 28 de julio de 2021 debido a la falta de presupuesto y los recortes gubernamentales. Sin embargo, fue reabierto con un presupuesto inferior y con la condición de la separación temporal del director.

Posteriormente, a principios de enero de 2025, a tres meses de que Joaquín Díaz Mena asumiera la gubernatura, se reportó una nueva crisis. Debido a un evidente desinterés del gobierno estatal (a través de su Secretaría de la Cultura y las Artes) y del gobierno federal, el museo cerró con el pretexto de la “falta de recursos para su operación” y la reducción de las aportaciones del gobierno estatal.

El inmueble “Ateneo Peninsular”, actualmente desaprovechado, es otro espacio más para exhibir vestigios arqueológicos por parte del INAH, a pesar de que la comunidad cultural considera este cierre como un retroceso severo para las artes y de que existe un movimiento activo en busca de la creación de un nuevo espacio. Esto ocurrió a pesar de lo dicho públicamente por el entonces director general del INAH, Diego Prieto, quien aseguró “que el museo MACAY no se iba a cerrar ni se iba a afectar por los proyectos en el Ateneo”. Se apuesta así al paso del tiempo y al olvido por parte de los gobiernos estatal y federal, lo que se contrapone a la memoria, la verdad y la justicia histórica de una sociedad como la yucateca.

Es importante mencionar que en México existen aproximadamente mil ciento cincuenta museos (segundo lugar en América Latina, solo detrás de Brasil) y doscientos ochenta museos de arte, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). El arte es la segunda temática principal, con alrededor del 25% del total, mientras que la historia representa el 45% y la arqueología, el 20%. Asimismo, según las plataformas culturales y los directorios, se registran alrededor de 50 museos (municipales, federales, universitarios y privados) en el país vinculados al arte contemporáneo y moderno.

En la entidad existen cinco grandes museos arqueológicos administrados por el INAH y uno por la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán, además de varios museos de sitio y comunitarios distribuidos en todo el Estado: Museo Regional de Antropología de Yucatán (Palacio Cantón); Museo Arqueológico del Puuc (zona arqueológica de Kabah); Museo de Sitio Ichkaantijoo (zona arqueológica de Dzibilchaltún); Gran Museo de Chichén Itzá; Museo de Historia del Ateneo Peninsular (en Mérida), y Gran Museo del Mundo Maya de Mérida.

Es así como podemos decir que los esfuerzos institucionales se han enfocado en la divulgación de la arqueología y la historia mediante la creación de espacios museales, mientras que existe un descuido o desinterés por el arte contemporáneo y moderno, a pesar de que se cuenta con lugares alternativos o “habilitados”, como la Casa de la Cultura del Mayab (Leopoldo Peniche Vallado) y el Centro de Artes Visuales (CAV), dependientes de SEDECULTA Yucatán; la Galería de Arte Municipal del Museo de la Ciudad de Mérida, el Centro Cultural Olimpo y el Centro Cultural Fernando Castro Pacheco, dependientes del Ayuntamiento de Mérida.

La carencia de museos de arte contemporáneo en la entidad puede verse como una “debilidad cultural”, ya que estos espacios contribuyen a la educación y al deleite de la comunidad, así como al turismo. Cabe mencionar que tienen como finalidad principal investigar, documentar, conservar y difundir las expresiones artísticas del presente, abarcando desde las artes plásticas y conceptuales hasta las propuestas multimedia.

Debe tenerse en cuenta que la cuota de inclusión para la cultura maya (con la existencia de museos arqueológicos e históricos), bajo el sesgo que marca el eslogan oficialista de “Renacimiento de la Cultura Maya”, está demostrablemente cubierta, lo que no ocurre con las artes visuales.

Hay que tener en cuenta que una obra artística se valora por la experiencia sensible, formal e intrínseca, que tiende a la autonomía y a la atemporalidad, trascendiendo su época con una dimensión “estética” (del griego aísthêsis, discernimiento a través de los sentidos), filosófica y perceptiva. En cambio, un objeto histórico se analiza como documento y testimonio de su contexto temporal y social, así como por su impacto en este.

Asimismo, la fusión de estos dos valores puede darse en un museo para crear un significado que permita su estudio. La estética como disciplina filosófica autónoma fue acuñada por el filósofo alemán Alexander Gottlieb Baumgarten en el siglo XVIII para definir la ciencia del conocimiento sensible y el estudio de la belleza a través de los sentidos.

Ante todo lo mencionado, espero que los artistas visuales puedan entender que, si bien se están creando ámbitos de comercialización, certámenes, becas, bienales o eventos de arte contemporáneo, la comunidad merece un espacio específico para la exhibición y difusión permanente del arte contemporáneo, con tecnología de quinta generación, y no una política cultural folclórica, tropicalizada o de “cuarta”, ni promesas o dádivas institucionales a manera de prebendas partidistas.

No importa cómo se llame el espacio que sustituya al ya inexistente ni quién lo administre, siempre que sea una persona que conozca de museos de arte y que el recinto cuente con autonomía museal (libertad para diseñar contenidos, investigar y mostrar colecciones sin presiones políticas, económicas o ideológicas), con visitas presenciales y un ecosistema digital antes, durante y después del recorrido, plataformas de reserva y consulta previa, geolocalización en salas y actividades de cocreación.

Finalmente, hay que reflexionar y evidenciar ante la sociedad y las autoridades correspondientes la deuda con las artes visuales y plásticas, así como la promesa incumplida de crear un museo dedicado a ellas, a pesar de que las voces se han callado mediante los llamados programas sociales dirigidos al arte y la cultura, que fomentan efectos negativos como la dependencia institucional; la pérdida de autonomía (clientelismo cultural y autocensura); la homogeneización y la falta de innovación (institucionalización del arte), o el apego a directrices o temáticas específicas, que reducen la diversidad estética; la burocratización del proceso creativo, y la instrumentalización del arte, que reduce su valor intrínseco (estético o filosófico) al condicionarlo a su utilidad social inmediata o como propaganda encubierta.

Por lo tanto, queda la esperanza de contar con algún museo a través de las universidades (UADY y UNAY).

Crítico y curador

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