Último trimestre del año y pareciera que la vida tiene prisa. Todo se acelera. Da la impresión que si no traes el alma bien pegadita al cuerpo un tornado de emociones te la arranca. Como si estuviéramos en Kansas, a punto de irnos volando a la tierra de Oz.

A mí me gusta cuando empiezo a reconocerme. Cuando un gesto mío o de alguien más me despierta una señal de bienvenida o de alerta. Da igual, esto se va dando de a poquito. Sin guion, sin libreto. Puro ensayo y error.

Y, ¿sabes?, nunca es tarde. Es una calma que cuesta algunas tormentas, pero al fin puedo reconocerlo: hay días en que no puedo. Y ya.

No es que me haya vuelto egoísta, que no quiera ayudar o que no me importe. Simplemente hay instantes en que no tengo de dónde dar. Desconozco en qué momento nos enseñaron que siempre tenemos que poder. Que si alguien nos necesita, es obligación estar disponible, fuerte, con una solución. Y por favor, de preferencia con una gran sonrisa e incuestionable actitud.

Y las personas se van acostumbrando, nosotros mismos les hemos enseñado. Quizá un poco desde la necesidad de sentirnos queridos, valorados o de asegurar un sitio de privilegio en su historia. Pero eso no solo se aleja de la realidad, sino que se convierte en mito que desgasta, angustia, drena.

Hoy no alcanzo contestar todo, resolver lo de todos, ser la que calma, la que paga, la que escucha, la que quiere por dos. La reciprocidad es indispensable para cualquier tipo de relación. Ser amigos, pareja o familia solo es el título. Lo que sostiene el vínculo es otra cosa: que el amor, el cariño y el respeto se demuestren en ambas direcciones. Y no hay negociación con esto. Los corazones generosos pueden vaciarse también.

Aún tengo presente la primera vez que dije un no convencida y consciente. Sin explicaciones pero con acciones. Recuerdo que me quedé con un nudo en el estómago, revisando el teléfono, sobre pensando y temiendo el enojo posterior.

Al día siguiente no pasó mucho, el mundo no se cayó y fui muy feliz de elegirme a mí. Cuando lo empecé a hacer más seguido algunos se fueron. Ahí entendí que no me querían a mí, querían lo que yo hacía por ellos.

Los que se quedaron no solo no cuestionaron, sino que me dieron el espacio para descansar y tomar aliento de nuevo. No voy más a reclamar la ausencia, ni luchar por la presencia. Simplemente me acomodo, de forma suave y tranquila, en la permanencia. Esa que se mantiene sin ruido, pero que cuando es necesario se hace oír hasta el confín más remoto. Y es allí donde habita la gente eterna, la que a pesar del tiempo y la distancia deambula pendiente respetando nuestros espacios.

Saberlo me abraza y reconforta.

No siempre hay momentos perfectos, pero abrir los ojos cada día es un milagro para agradecer y desde ese sitio me acaricia el aire crujiente de la tarde que trae la nostalgia del primer Shuuki (concepto japonés que evoca la atmósfera característica de otoño) de la temporada.

Mañana será otro día.

Pero hoy, no.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

La reciprocidad es indispensable para cualquier tipo de relación. Ser amigos, pareja o familia solo es el título

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