Se agudiza nivel de desempleo tras freno económico
PEKÍN (EFE).— Con la pandemia del nuevo coronavirus casi zanjada dentro de sus fronteras —así lo afirman las cifras oficiales—, China se enfrenta ahora a otro “brote”: el desempleo derivado del paro económico al que el virus sometió al país.
Mientras que en 2019 la tasa oficial de desempleo urbano nunca superó el 5.3% también registrado el pasado enero, el indicador saltó al 6.2% (máximo histórico) en febrero, mes en el que las autoridades prorrogaron las vacaciones del Año Nuevo chino como medio para prevenir la propagación del Covid-19 y cuando el impacto en comercios y empresas comenzó a hacerse patente.
Fue en ese momento cuando al corpulento señor Li, 36 años, casado, padre de una niña y con una casa recién comprada, le comunicaron que su sueldo en una empresa de gestión de guarderías se quedaría en el 70% del salario mínimo estipulado para Pekín, que en su totalidad suma 2.200 yuanes (309 dólares o 286 euros).
Al mes siguiente, en marzo, el dato del paro urbano mejoró ligeramente, con 5.9%, aunque en abril volvió a subir, esta vez al 6%. Y ese mismo mes, al señor Li —con las guarderías cerradas desde enero— le liquidaron sin liquidación.
“No me dieron ni finiquito”, relata a las puertas de una de las oficinas de arbitraje laboral de Pekín. Una vez se puso a revisar los números, las noticias no fueron sino a peor.
“La empresa ha estado pagando menos por mis prestaciones sociales de lo que le correspondía legalmente. También han abonado menos de lo debido en mi fondo de compra de vivienda”, apunta, en referencia al mecanismo creado por las autoridades chinas para facilitar la adquisición de ésta.
El señor Li cree que la triquiñuela más sangrante fue recortarle el sueldo antes de echarle, para que les saliera más barato el despido.
“Quiero resolver el problema y recibir una compensación”, cuenta, aunque aún ni ha logrado cita previa en el tribunal de arbitraje, donde a primera hora de la mañana hacen fila varias decenas de personas afectadas por situaciones similares.
También fuera del edificio, varios abogados laboralistas ofrecen sus servicios. Y un chino chaparro montó una impresora multifunción en la parrilla de su moto para ganarse algunas monedas proporcionando fotocopias de documentos a quienes, como la joven Huang, han acudido a intentar solucionar sus casos.
“¡46 yuanes!”, grita indignada. “¡El último mes me pagaron 46 yuanes!” (equivalentes a poco más de 6 dólares) “Es un insulto. Habría comprendido que me pagaran incluso algo menos del mínimo interprofesional… pero no eso”.
La pobre Huang tuvo la mala puntería de empezar a trabajar para una empresa de formación de profesores de música el 26 de diciembre, cuando los síntomas del coronavirus se expandían entre la población de Wuhan, la ciudad donde se detectaron los primeros casos.
De los cuatro meses que trabajó con ellos, solo en dos le pagaron lo convenido. Y ni rastro de las contribuciones de la empresa a la seguridad social y prestaciones.
La mayoría de los casos, cuyo número ha aumentado en los últimos meses —explican desde un bufete pekinés de abogados—, son como el de Huang: trabajadores jóvenes a los que las empresas adeudan el sueldo.
En las calles de Pekín, donde la vida ya está casi en los niveles pre-Covid-19, no es raro toparse con tiendas vacías, cerradas, traspasadas. El resultado son situaciones como la de Huang.
Menor demanda
En Cantón, en el sur del país, la escena es distinta. Una de las provincias manufactureras por antonomasia está asistiendo a la salida de trabajadores migrantes que no logran un empleo en la antaño imparable industria textil de la zona, ya que los pedidos del extranjero han caído en picado.
En la llamada “pequeña Hubei” parten autobuses cada día rumbo a la provincia de Hubei para llevar de vuelta a su lugar natal a cientos de trabajadores migrantes que no encuentran trabajo, no se pueden permitir los alquileres, no tienen qué coser con sus máquinas.
