Aunque todavía están entre los primeros lugares del país, Yucatán confirma en 2018 su tendencia descendente en la medición de la calidad de la democracia.— Dimensiones

Después de tres años seguidos —de 2013 a 2015— de estar en lo más alto de las mediciones sobre la calidad de la democracia, Yucatán comenzó en 2017 un ligero pero evidente deterioro, que se profundizó un poco más en 2018.

En el segundo año del gobierno de Rolando Zapata Bello (2012-2018) el Estado logró ascender al liderazgo del Índice de Desarrollo Democrático (IDD) y se mantuvo allí, con la máxima puntuación, hasta 2015. Sin embargo, en la recta final de la administración cayó de su pedestal hasta el cuarto sitio que ahora ocupa.

El declive puede parecer insignificante, pero no debe tomarse a la ligera, advierten expertos, porque el índice de desarrollo democrático es un termómetro de la solidez y eficiencia de nuestro sistema de impartición de justicia. “A mayor puntuación, más consolidación del Estado de Derecho, la base y el origen de la prosperidad de las sociedades”.

Esta regresión entonces, por más leve que parezca al mirar el resultado general, indica en lo particular algunos aspectos que en los dos últimos años han empañado la calidad democrática en el Estado, como la corrupción, la desconfianza en algunas instituciones, la ausencia de procesos de construcción de ciudadanía y —aunque suene extraño— la preocupación por el cumplimiento pleno de los derechos políticos y de las libertades civiles.

“El índice muestra las fortalezas y debilidades del sistema, lo que puede ayudar a los tomadores de decisiones a diseñar y poner en marcha políticas que logren avances en el desarrollo humano y en la equidad social, razón y fortaleza de la vida en democracia”, recuerda Hans Blomeier, de la Fundación Konrad Adenauer, encargada de elaborar el estudio en conjunto con la consultoría Polilat, el Centro de Estudios Políticos y Sociales (Cepos) y la Unión Social de Empresarios Mexicanos (USEM).

El IDD se basa en indicadores y encuestas de opinión que analizan la situación de cada entidad federativa en cuatro dimensiones de la democracia: ciudadana, institucional, social y económica. Los resultados de cada apartado acumulan un puntaje que se suma, se promedia y determina la clasificación de la entidad.

Aguascalientes, que recibe la máxima calificación (10,000 puntos), Coahuila y Nayarit encabezan la tabla. De las nueve entidades que se mantuvieron en el conjunto de alto desarrollo democrático desde el año anterior, solo Yucatán descendió.

Talón de Aquiles

Yucatán, que obtuvo 8,621 puntos en la tabla general, 229 menos que en 2017, comenzó su retroceso principalmente por sus bajas calificaciones en democracia económica, que mide la distribución de la producción estatal, la autonomía financiera y la inversión, aunque también perdió terreno en las dimensiones ciudadana y de instituciones.

En contraste, sigue destacando en la democracia social —que estudia el desempleo urbano, el desarrollo en salud y en educación—, en la que se sitúa en tercer lugar nacional.

Panorama regional

En la nueva medición, tanto Quintana Roo como Campeche lograron avances importantes. El primero subió del lugar 25 al 16, al incrementar su puntaje de 1,710 a 4,842 unidades, ubicándose en el grupo de estados con desarrollo medio. Campeche pasó del noveno al octavo puesto general gracias a que su calificación aumentó de 7,228 a 8,010 puntos.

En la Región Sureste solamente Yucatán y Campeche se ubican en el grupo de alto desarrollo. Quintana Roo y Tabasco aparecen entre los de medio desarrollo y Chiapas, Guerrero, Oaxaca y Veracruz cargan con el farol rojo, en el conjunto de estados de mayor fragilidad democrática.

Realidades diversas

A simple vista, los yucatecos tenemos poco de qué preocuparnos: el Estado sigue bien, pese a que perdió gas se mantiene en el grupo de los de más alto desarrollo democrático, con una puntuación más que aceptable y en mejores condiciones respecto a casi todas las demás entidades federativas.

Sin embargo, una revisión más a detalle revela que el promedio esconde realidades diversas y permite advertir fisuras que podrían convertirse en grandes problemas. De dos años a la fecha, el Estado ha retrocedido en todas las dimensiones con excepción de la democracia social, donde logró una alta calificación y así pudo evitar un desplome más drástico. De hecho, es una de 14 entidades que perdieron valor con respecto a 2017.

Bien a secas

Yucatán, con 8,621 puntos, se ubica en el cuarto lugar del ordenamiento nacional. Siempre se ha posicionado entre las entidades con alto desarrollo democrático, salvo en 2011 cuando obtuvo un resultado intermedio.

Aparece en el ranking de cada dimensión entre los 10 mejores y destaca, positivamente, en las dimensiones II y III, donde alcanza, en ambas, el tercer lugar. En la democracia económica tiene un comportamiento diferente, ya que se coloca en la mitad de la tabla.

Yucatán siempre ha estado por encima del promedio nacional, aunque con respecto a las cuatro mediciones anteriores registra un marcado retroceso, debido a los peores valores recibidos en tres dimensiones.

Vistazo general

En la dimensión I, democracia de los ciudadanos, es donde Yucatán muestra una tendencia más estable y positiva. Su tránsito ha sido por intensidades de desarrollo medio y en 2014 y 2015 recibió puntuaciones altas. En 2018 logró una calificación inferior, aunque eso no lo hizo descender mucho, pasó del 9o. al 10o. lugar en el ordenamiento nacional. Continúa por encima del promedio nacional.

En democracia de las instituciones, la dimensión II, Yucatán inicia con una puntuación intermedia, por encima de los seis puntos. Logra sostener esa calificación democrática y por tres años consecutivos integra el conjunto de entidades con alto desarrollo (2013, 2014 y 2015). A partir de 2017 comienza una curva descendente y en 2018 recibe peor puntuación. Esto tiene como consecuencia que, aunque mantenga su nivel de desarrollo medio, pierda una posición en la clasificación nacional —bajó del segundo al tercer lugar—, aunque se mantiene por encima del promedio nacional.

En la dimensión social ha oscilado, dentro de un rango de valores positivos, entre los 0.5 y 1.1 puntos y en dos oportunidades ha calificado con alto desarrollo democrático. En 2018 muestra un fuerte avance y, aunque mantiene la calificación de desarrollo democrático que venía obteniendo desde los años anteriores, las consecuencias positivas son haber avanzado siete posiciones —brincó del 10o. al 3o. lugar— en el ordenamiento nacional y continuar por encima del promedio nacional.

El comportamiento del Estado en la dimensión IV, la democracia económica, ha sido distinto, francamente malo. Ha obtenido casi siempre puntuaciones negativas, salvo en 2014, 2017 y en 2018. Los valores positivos le permitieron pasar a un rango mejor de desarrollo democrático. Con el resultado de 2018 ha vuelto a calificar con desarrollo democrático medio, aunque se mantiene por encima del promedio nacional. En esta dimensión sigue en el 16o. lugar nacional.

“La idea detrás de este estudio es, básicamente, provocar discusión no solo entre los tomadores de decisiones, sino en la sociedad en general, despertar el interés por saber en qué lugar estamos viviendo, cómo está la salud de nuestra democracia”, comenta Jorge Arias, representante de Polilat. “Ojalá este índice ayude a los ciudadanos a entender la democracia no solo como un proceso electoral de cada tres o seis años, sino como un modo de vida cotidiano, donde todos —ciudadanos, empresarios, políticos, medios— tenemos mucha tarea por hacer”.

Y también, continúa, “partiendo de estos datos ir descifrando dónde hay campos de acción, qué se puede mejorar, dónde están los más y los menos. No por estar en cuarto lugar pensemos que estamos muy bien y nos quedemos cruzados de brazos”.— Mario Saturnino Durán Yabur

 

“No por ocupar el cuarto lugar de la clasificación nacional pensemos que la calidad de nuestra democracia está muy bien, que todo está hecho y nos quedemos cruzados de brazos”

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