Recibimos de una lectora un escrito que en sus parte medulares dice lo siguiente:.

No sé si se acuerda de mí. Hace unos dos meses los contacté, su periodista me entrevistó y su periódico publicó un artículo sobre la adicción de opioides que enfrentaba mi hijo.

Yo había estado escribiendo acerca de mis experiencias en mi blog “Desesperada por mi hijo” (https://desesperadapormihijo.com), y su artículo generó un gran apoyo para mí y mi familia, y por esto les estoy sumamente agradecida.

Hoy les escribo nuevamente con un gran pesar y la terrible noticia de que mi hijo querido Chente, con tan solo 16 años de edad, falleció de una sobredosis de fentanilo. Según el doctor, la dosis que le causó la muerte a mi hijo fue tan pequeña como un grano de sal.

Aún no puedo creer que mi amadísimo hijo ya no esté con nosotros. Hace tan solo unas semanas estaba acostado en su cama y le dí un beso en la frente recordándole lo mucho que lo quería, y días después lo estaba enterrando. ¡Es inverosímil!

Siento que el corazón se me desgarra y que mi vida cambia de una manera irreversible. No es natural que los padres enterremos a nuestros hijos.

A veces siento ganas de gritar y de asegurarme que los responsables de la muerte de mi hijo paguen por ello; otras veces no puedo hablar ni sentir, me quedo muda como si estuviera muerta; otras veces no puedo dejar de hablar de Chente y de llorar. No hay un momento en el día que mi hijo no esté en mis pensamientos.

Dios es mi refugio, y aunque no logro entender porque se lo llevó tan pronto, le pido me ayude a superar este dolor pues mi hijo menor me necesita.

El dolor que estamos pasando tanto mi esposo como yo es indescriptible. A pesar de la agonía y los problemas que tuvimos con Chente este último año debido a su adicción, nunca nos imaginamos que perderíamos a nuestros hijo.

En el día de los muertos, una de las fiestas preferidas de Chente, hacíamos juntos el pan de muerto, poníamos la mesa, y cenábamos en familia después de ir a misa. Su lugar hoy está vacío.

Como le dije al Sr. Alpuche, me llené de valor hace unos meses y admití al mundo y a mí misma que mi hijo sufría de una adicción. Me sentí motivada por un fuerte deseo de ayudarle a otras familias pasando problemas similares, y su artículo generó mucho apoyo e interés.

Poco después de la entrevista hicimos los preparativos para mandar a Chente a un centro de rehabilitación, pero él se escapó esa noche y ya no lo volvimos a ver vivo. Hoy escribo con mi corazón en la mano. Entumida por el dolor más profundo que he sentido en mi vida, y con el deseo más fuerte de que la muerte de mi hijo Chente no pase en balde.

El fentanilo que mató a mi hijo fue seguramente producido aquí mismo en México o exportado de China. ¿Cuántos jóvenes tienen que morir antes de que hagamos algo al respecto? ¿qué es lo que tiene que pasar en México para que los gobernantes de este país pongan atención a este problema y responsabilicen a los que venden y producen estas drogas? ¿Cómo es que a los narco traficantes se les deja libres para distribuir drogas que matan a nuestros hijos y amenazan la seguridad y prosperidad de nuestro México?

¡No voy a parar! No quiero parar de propagar mi historia y la de muchos otros padres mexicanos que pierden a sus hijos por causa de las drogas y la violencia que el tráfico de éstas causan, hasta que los gobernantes de este país empiecen a poner la debida atención, de mínimo que acepten públicamente que tenemos un problema de drogas en nuestro país, y que luchen de verdad contra la distribución de drogas en México. Se lo debo a mis hijos.

Le imploro de la manera más atenta, y por el bien de muchas familias en México, me ayude a difundir este mensaje.

Con dolor y agradecimiento,

 

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