La colonia Alemán, enlace entre la Mérida tradicional y la Mérida moderna, sigue más viva que nunca siete décadas después de su inauguración.— Cohesión comunitaria

Pocos asentamientos de la Mérida moderna poseen la textura y el sabor de los viejos barrios como la colonia Alemán, una zona que por su innovadora planificación urbanística se convirtió a mediados del siglo pasado en uno de los rumbos más singulares y atractivos de la ciudad.

Avenidas arboladas, intensa vida comunitaria, ambiente agradable, tranquilidad, son todavía atributos de esta colonia que, en términos generales, se ha adaptado bien al cambio de las necesidades sociales y al gusto de la gente. Ha logrado hasta ahora mantener a salvo su identidad, manifestada lo mismo en los animalitos de cemento de su parque que en los vendedores de flores que perfuman sus mañanas y las llenan de colores.

Historias

Al igual que su contemporánea colonia México, la Alemán surgió de un proyecto del gobierno para dotar de vivienda a los obreros. Sin embargo, a diferencia de la primera, no se quedó en el discurso político, en la simple intención, recuerda María Elena Torres Pérez, doctora en Arquitectura y profesora universitaria.

Durante su campaña a la presidencia de la República, en 1946, Miguel Alemán Valdés ofreció la construcción del fraccionamiento. Años después, con la colaboración de los tres órdenes de gobierno —federal, estatal y municipal— el proyecto de 1,000 viviendas comenzó a tomar forma con la compra de tierras de la finca rústica Petcanché, perteneciente a la hacienda Chichí Suárez Molina.

Bautizada en honor del presidente, la nueva colonia fue inaugurada el 2 de junio de 1950 con la intención de que fuera un ejemplo de desarrollo urbano moderno, autosuficiente y autosostenible. Para ello, se le dotó de todo el equipamiento urbano necesario: parque, escuela, mercado, iglesia y un hospital.

“Y como se levantó con reglamentos, recursos económicos y sistemas constructivos de la capital del país, fue la primera colonia de la ciudad en contar con agua potable, mucho antes de que comenzaran las obras de introducción del servicio en el resto de la ciudad. También fue la única con sistema de drenaje sanitario y de las primeras con energía eléctrica de 110 voltios”, recuerda la Dra. Torres Pérez. 

Su diseño urbano fue además pionero en la traza preconcebida para adaptarse a las condiciones ambientales, con un giro de 45 grados en la orientación, que permitió una adecuada ventilación y evitó que el sol pegara con todo en las fachadas.

“Fue otra de sus aportaciones al diseño urbano arquitectónico. Rompió drásticamente con la traza tradicional de Mérida, de manzanas cuadradas y de orientación Norte-Sur y Este-Oeste. De hecho, se le identifica rápidamente en el mapa de Mérida porque está en sentido Nororiente y Surponiente, inclinada en relación con los ejes normales”.

Y según el plan original, con excepción de las avenidas, todas sus calles serían peatonales. Se evitó además que las fachadas quedaran sobre las vías donde circularían los vehículos (salvo en la avenida principal), con la intención de que el ruido y el tráfico no obstaculizaran la convivencia de los vecinos.

Rechazo inicial

Sin embargo, pese a que ofrecía los servicios más modernos de la época y a su innovador diseño urbano, la nueva colonia no despertó el interés de nadie.

Para empezar, cuenta la arquitecta Pérez Torres, la modernidad provocó un verdadero “shock” en los meridanos, que veían por primera vez la construcción en serie de tantas casas, las cuales, además, eran todas iguales.

“Decían que parecían cajitas de cerrillos, vagones de ferrocarril, que no eran casas de verdad. Los conmocionó la poca altura de los techos, la delgadez de las paredes, no les agradó que no tuvieran patio —comparadas con las del centro, que son predios de 50 metros de fondo—, que estuvieran tan pegadas unas de otras y que fueran construidas con materiales nuevos, diferentes”.

También provocó rechazo la ubicación del fraccionamiento en la periferia urbana, que producía la sensación de que estaba fuera de Mérida, que “había que pasar mucho monte antes de llegar, que parecía un pueblo”.

Esa imagen bucólica persiste en los recuerdos de colonos que eran niños cuando llegaron con sus familias a asentarse en el naciente fraccionamiento. “Era como vivir en el campo. Los sábados o domingos íbamos a pasear, acompañados de tres o cuatro mamás, a Chichí Suárez. Caminábamos por veredas hasta Petcanché y allí subíamos a un truck que nos llevaba a la hacienda principal”, cuenta el señor Miguel Vallado Fajardo.

Abandono

En suma, fueron muchas las objeciones de los meridanos, que dijeron “no, no nos gustan esas casas” y no las compraron, refiere la experta. Y así, sin estrenarse, cayeron en el abandono, quedaron a merced de la maleza, se fueron deteriorando…

Pasaron varios años, hasta que el gobierno decidió rematarlas a precio de construcción y a anunciarlas en los periódicos, el Diario principalmente. “Sólo así, a precio de liquidación, la gente se animó a comprarlas”.

La Alemán tardó 10 años en poblarse. Aunque en 1955 comenzó a llegar uno que otro pionero, no fue sino hasta comienzos de los 60 que puede hablarse de una consolidación, señala la académica. Y aunque en el plan original eran para ferrocarrileros y electricistas, finalmente las casas fueron compradas en su gran mayoría por médicos del IMSS, maestros del sector público, burócratas. Esto es, se convirtió en un rumbo de clase media, aunque de limitado poder adquisitivo.

Tras el rechazo inicial, la colonia pasó a un rápido proceso de aceptación y afianzamiento. Y conforme se fue dando la consolidación fue aumentando su equipamiento urbano con una estación de gasolina, su propia sala de cine y su primera casa comercial, el Súper Rosales, pionero local de las tiendas de autoservicio.

El último barrio

En los primeros años del asentamiento, el mercado era de los llamados “sobre ruedas”. En 1955 se inició la construcción de su local, inaugurado dos años más tarde en el 100° aniversario de la Constitución, por lo que lleva el nombre de “5 de Febrero”.

La edificación de la iglesia, por iniciativa del P. Enrique Pech Navarro y diseño del arquitecto Enrique Manero Peón, comenzó en 1961 y concluyó cuatro años después. El padre Pech, jesuita formado en EE.UU. fue un personaje clave en la colonia, no sólo para el culto religioso, sino para el fortalecimiento de la integración social de la comunidad, considera la arquitecta.

En 1955 abrió sus puertas el Cine Teatro Maya. Propiedad del empresario René Almeida Nicoli, su atractivo diseño de estilo neomaya, obra del escultor italiano Gaetano Maglioni, lo convirtió en uno de los referentes del rumbo. Dejó de funcionar en 1989 y unos años más tarde fue destruido por un incendio. El edificio fue demolido para dar paso a un centro comercial.

“Cuando abrió sus puertas el Cine Maya la gente comenzó a decir que la Alemán era el último barrio de Mérida”, comenta la académica. “Ciertamente no es así, pero como contó con los mismos servicios urbanos que tenían Santa Ana, Santiago, San Sebastián…, el imaginario colectivo la concibió como el nuevo barrio de la ciudad”.

“Lo que es indudable es que la colonia Alemán fue el enlace entre la ciudad tradicional y la ciudad moderna, que no son opuestas, sino que se integran: el que se moderniza quiere ver sus raíces en lo moderno, pero al mismo tiempo lo moderno despunta”. (Continuará).— Megamedia

 

Cuando abrió sus puertas el Cine Teatro Maya (que funcionó durante 30 años), la gente comenzó a decir que la colonia Alemán era ‘el último barrio’ de Mérida

 

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