Todas las personas debemos tener un compromiso moral y ético para el cuidado y protección del agua. Uno de los puntos es reflexionar acerca de nuestros hábitos de consumo, porque prácticamente todo servicio y actividad conlleva una huella hídrica, señala Yameli Aguilar Duarte, presidenta de la Asociación Mexicana de Estudios sobre el Karst (AMEK) e integrante y cofundadora del Consejo Ciudadano por el Agua en Yucatán.

La investigadora subraya que consumir de manera responsable —“solo lo necesario”— contribuye a una menor demanda de agua y energía: “¡Pongamos un granito de arena!”

“También hay una responsabilidad colectiva”, precisa. “Y esta responsabilidad es igual o más importante, porque en el transcurso de este último siglo lo que se pregona como una crisis climática es en realidad una crisis socio-ecológica, donde una minoría de personas con una ambición desmedida e incontrolable —los grupos de poder— han explotado el trabajo humano y depredado a la naturaleza”.

Esa explotación y depredación, añade, se han consumado bajo el pretexto de un supuesto desarrollo económico que ha servido para acrecentar la brecha de desigualdad, donde unos pocos concentran la riqueza, degradando los ecosistemas y sumergiendo en la pobreza a la mayor parte de la población.

Como ya informamos, la doctora Aguilar Duarte realizó un análisis para la plataforma digital de la AMEK en la que advierte de nuevo sobre los riesgos de la sobreexplotación y otros problemas en torno al agua, como la contaminación.

“Nuestra mayor amenaza ahora ya no es un meteoro. Es la Era del Capitaloceno”, dice en ese análisis, que publicamos en yucatan.com.mx el miércoles pasado.

Yameli Aguilar es bióloga con maestría en Ingeniería Ambiental por la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady) y doctora en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Es investigadora científica titular de tiempo completo en el Centro de Investigación Regional Sureste del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (Inifap).

En la primera parte de sus apuntes sobre el agua que publicamos hace unos días aborda, además de las amenazas, la evolución que se ha experimentado sobre la cultura de cuidado del agua.

Hallazgos impactantes

En la segunda parte expone, entre otros, los siguientes conceptos:

—Las exploraciones en cuevas y cenotes de la Península de Yucatán han revelado impactantes hallazgos paleontológicos y arqueológicos. Desde restos de animales de la era del hielo ahora ya extintos, como mastodontes, perezosos gigantes y tigres dientes de sable, entre otros, hasta los restos humanos más antiguos y más completos hallados en América.

—Es el caso de Naia, una mujer joven que migró a estas tierras en su intento de supervivencia; se especula que en busca de agua se introdujo a una caverna, de donde, lamentablemente, ya no pudo salir y murió. De acuerdo con los estudios científicos, esto sucedió hace aproximadamente 13,000 años.

—Nuestros más antiguos antepasados tuvieron que observar y experimentar a prueba y error para conocer las fuentes de agua, aprovecharlas y posteriormente dar origen a las civilizaciones. Es en este contexto que en nuestra región floreció la gran cultura maya.

—Los mayas, y en general las culturas mesoamericanas, concebían al planeta Tierra como un ser vivo y a las cuevas como las entradas al gran útero de esta madre Tierra donde surge la vida; por lo tanto, merecía cuidado y mucho respeto.

—También las cuevas y los cenotes representaban los accesos al inframundo donde habitaban los dioses de la muerte. Es decir, cuevas y cenotes representaban para los mayas espacios sagrados de gran complejidad donde no existía como tal un principio y un fin, sino más bien un estado cíclico eterno donde el agua jugaba un papel primordial y significativo.

—Por esta razón, muchas ciudades mayas antiguas fueron construidas cerca de cuevas, cenotes y rejolladas. Los mayas aprendieron su funcionamiento y aplicaron estrategias de uso y manejo de estos paisajes, diseñando sistemas de control, colección, almacenamiento y protección del agua.

—En general, los mayas veían el agua como un bien común y se organizaban de manera colectiva para gestionar el vital y sagrado elemento para toda la población. Con la llegada de los europeos a las tierras del mayab, las creencias y prácticas ancestrales poco a poco fueron cambiando.

—Los mayas, quienes solían practicar rituales y peticiones de agua y lluvia a sus diosas y dioses, fueron acusados de paganismo y perseguidos y torturados por los españoles para obligarlos a seguir creencias cristianas.

—A través del tiempo, los mayas tuvieron que abandonar la adoración a muchas de sus deidades, otras permanecieron o se mezclaron con los santos y vírgenes del cristianismo. Por ejemplo, el Cha’a cháak, ritual de petición de lluvias, aún resiste en nuestros tiempos en muchas comunidades.

Un cambio drástico

—Los extranjeros también trajeron nuevas tecnologías para extraer el agua, como el uso de la pólvora y barretas de hierro. De esta manera surgieron las norias, los pozos y, posteriormente, nuevas formas de captación, almacenamiento y distribución del agua que originaron cambios culturales.

—Por ejemplo, la percepción social de las fuentes de agua se fue distorsionando: de elementos sagrados de la naturaleza para el bien común pasó a ser un recurso con valor económico, ya que extranjeros y criollos fueron eliminando los sistemas agropecuarios de subsistencia comunal mediante el despojo y venta de territorios.

—Así surgieron los terratenientes dueños de grandes haciendas y nuevas actividades agrícolas y ganaderas que demandaban, por una parte, mayor cantidad de agua, y, por otra, trabajo humano esclavizado.

—Los terratenientes, con el fin de asegurarse de disponer de agua incluso en sequías, empezaron a ocupar las tierras cercanas a cenotes y aguadas o a extraer grandes cantidades mediante bombas y pozos. El agua empezó a ser motivo de disputa entre haciendas y localidades y se volvió elemento para el control de mayas y mestizos.

—La situación se continuó acrecentando y de ahí la desigualdad entre las urbes y las comunidades rurales, siendo que las primeras tenían más poder adquisitivo para entubar y controlar el agua. Al mismo tiempo, la contaminación de las fuentes empezó a notarse.— ÁNGEL NOH ESTRADA

 

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