Recibimos del señor Felipe Ahumada Vasconcelos un escrito titulado “Iker, palabras al viento”, cuyas partes medulares reproducimos a continuación:
Suelo recorrer las calles de la ciudad buscando la luz y los colores, me complazco en los encendidos pétalos y en los leves matices de las flores, en el canto de los pájaros, en las intrincadas raíces de los árboles y en los secretos que esconden las puertas cerradas y difunden las ventanas abiertas.
Pero la horrenda noticia de tu muerte en un fatal accidente ha callado mi voz y cegado mi vista, convertido mi andar en luctuosa marcha por donde suelo caminar buscando las minucias de una belleza escondida que merece ser atendida y revelada.
En tu doloroso anonimato ahí estabas haciendo malabares y piruetas como tantos más, niñas y niños a cambio de una moneda codiciada por los infames dueños de su secuestrada infancia.
La falta de conciencia más de una vez me hizo entregar unos centavos en sus manos extendidas, haciéndome cómplice involuntario de su explotación y su miseria, ahora que has partido, en tu viaje has despejado el horizonte cubierto por la bruma de nuestra culpable indiferencia.
Estás más presente hoy con tu ausencia, tu nombre se ha esparcido por las calles y la gente de bien lo dice en sus plegarias, para alguien más tu nombre es un espada que pende del frágil hilo del tiempo que aguarda la justicia.
Mientras tanto tus captores están condenados a vivir en el terror de sus infamias porque sus almas miserables ni siquiera tendrán el penoso alivio de sentirse arrepentidas.
Estarán vivos de miedo, alertas y escondidos sabiendo que no habrá en la tierra un refugio que pueda contenerlos ni un oscuro precipicio donde puedan arrojar los despojos de su alma corrompida.
Me pregunto por qué tendría que haber sido necesaria tu muerte para delatar un crimen que estaba a nuestro paso en tantas esquinas, en tantos camellones y avenidas.
Siempre he pensado que quienes mueren no se van del todo, hoy lo dudo, ¿por qué querrías tú permanecer entre nosotros?
Nada hicimos por ti en vida para merecer el recuerdo de tus frágiles años y tu inocente sonrisa.
Aunque nada justifica ni consuela tu muerte, has de saber que provocaste el tremor de una montaña que nos convoca a la acción, a la toma de conciencia que despierta las alarmas que mantuvimos dormidas, al reclamo a las autoridades que si no cómplices por lo menos complacientes.
Para honrar tu memoria, ni las coronas de flores ni el llanto ni el duelo, la denuncia es la mejor ofrenda.
Recibe Iker esta brisa donde viajan mis palabras y perdona nuestras ofensas porque somos tus deudores.
