¿En mi Navidad estará Dios?, pregunta el presbítero Ricardo Atoche Enseñat, rector del Seminario Conciliar de Yucatán, respecto a esta celebración por la que es una tradición salir de vacaciones en esta época.
Los cristianos durante estas fechas acostumbramos llenarnos de fiestas, comidas y encuentros con amigos y familiares, que nos vuelven a orientar sobre el sentido de nuestra fe. Son cosas buenas, bellas y santas, pero no estamos exentos de la “dispersión en la que vive nuestra sociedad”, advierte el padre.
Nos concebimos como una “sociedad cristiana”, pero en la vida práctica pareciera que los criterios de acción con las que se mueve muchas veces nuestra sociedad son más bien paganos, indica.
Es evidente a todos los niveles la pérdida de nuestros valores cristianos, expone. Hace algunos años se nos educaba con libertad en los principios de nuestra fe católica, pero las nuevas generaciones no solo han asumido las ideologías de moda con toda naturalidad, sino como algo que incluso sienten el deber de defender aún en contra de los principios de su misma fe.
Observamos una creciente crisis en el número de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, pero de igual forma es muy llamativo que cada vez menos jóvenes decidan casarse por la Iglesia. ¿Qué es lo que está sucediendo en nuestra sociedad y en el mundo?
Crisis en la fe
Creo que el problema de fondo es una crisis de fe, apunta. Vivimos en un ambiente en el que la fe es presentada más como una etiqueta que como algo con lo que se identifican las personas.
En otras palabras, dice, mucha gente se “concibe de fe cristiana”, pero no se identifica con Cristo, con sus criterios, con sus modos de vivir y de ver la vida, con su fe, su esperanza y su caridad.
Esto ha condicionado que aún las grandes fiestas religiosas del catolicismo, como son la Navidad, la Semana Santa y la Pascua sean vividas más como una bella tradición que con el verdadero sentido religioso, refiere el sacerdote.
- —Por ejemplo: la alegría de la Navidad proviene de una experiencia profunda de sentirse salvado, pero primero la persona tendría que reconocer en sí misma la necesidad que tiene de salvación.
- —Sin darse cuenta que necesitamos ser salvados de nuestras propias tendencias egocéntricas, de nuestros impulsos carnales, vicios o defectos de carácter.
- —Sin percibir que mi propia familia o mi matrimonio están necesitados de salvación, en la desorientación o las dependencias de mis hijos, en las celotipias o rencores y distanciamientos familiares.
- —Sin percibir un mundo que está al borde de un colapso ecológico que amenaza la supervivencia de la raza humana, sin reconocer la alarmante tensión de una guerra nuclear o un país que se desangra entre una cultura de corrupción y violencia.
“¿Cómo podría alegrarme el anuncio del nacimiento de un Salvador si no me experimento con la necesidad de ser salvado?”.
Hemos perdido poco a poco el sentido profundo de nuestra fe. Jesús, el Cristo, el ungido, viene a salvarnos, no solo a consolarnos de nuestros sufrimientos, y su salvación se extiende sobre un horizonte mucho más amplio que esta vida terrenal, explica.
- —Nuestra Navidad tendrá cada vez mayor sentido en la profundidad con que experimentemos nuestra propia necesidad, la necesidad de nuestra sociedad y de nuestro mundo, de ser salvados.
Entonces entraríamos en sintonía con el verdadero sentido festivo de la Navidad, por el cual continuamos cantando villancicos y haciendo posadas, rompiendo piñatas, festejando con comidas y reuniones familiares, dice el padre Ricardo Atoche.
Con esto no pretendo sugerir que dejemos nuestras tradiciones, de ningún modo, aclara.
“Al contrario, habría que fortalecerlas, aumentarlas y sobre todo profundizarlas, para no quedarnos solo con la manifestación externa que nos recuerde la Navidad como una bonita costumbre, sino aprender a detenernos frente al “misterio de la Encarnación” del Hijo de Dios y decidirnos a formar parte de él, al percibirlo vivo, actuante y desbordante desde nuestra propia interioridad, plantea.
Somos sociedades que vivimos más hacia el exterior, preocupados más por la imagen y la apariencia, pareciera que cada vez es más fácil eludir la percepción interna. Tenemos demasiados distractores y un supermercado de ideologías con las cuales distraernos de lo que realmente está sucediendo al interno de cada uno, menciona.
—Para muestra un botón, con apretar una sola tecla de tu celular estarás conectado con un mundo fuera de ti.
De ninguna manera quisiera presentar la tecnología y la comunicación como algo negativo. Estoy convencido que son una valiosísima herramienta, siempre y cuando sean usadas para encontrarse con la interioridad de las otras personas, no solo con las máscaras de nuestras superficialidades.
Sin atrevernos a redescubrir esta bellísima experiencia de entablar una relación personal con un Dios que nos ama y por eso nos salva, poco a poco iremos perdiendo el sentido de nuestra fe.
“Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando con mezquindad” (en referencia a la exhortación papal Evangelii Gaudium).
No es la primera vez en la historia de la Iglesia, ni será la última, en la que el mundo se ve envuelto en una crisis de fe. Bajo estas mismas condiciones, en un mundo y una sociedad oprimida y fascinada por ideas imperialistas, llegó el que vino a traernos “la luz de la fe”, Jesucristo. “El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz” (Mateo 4, 16).
