Seguramente hemos notado que en cualquier ámbito en el que interactuemos, no falta alguna plática con quejas o lamentaciones por “lo mal que está todo”, en el mundo, en el país y en nuestra ciudad.

Y lo mismo emitimos o escuchamos quejas por la situación económica y la carestía de la vida, que por la falta de oportunidades de trabajo bien remunerado; comentamos el difícil panorama de empresas que recortan personal para evitar la quiebra y conocemos la dura situación de los trabajadores despedidos; tampoco ignoramos la creciente sensación de inseguridad y los brotes de violencia en todas sus manifestaciones.

Este ambiente de frustración e impotencia se filtra en los hogares, ocupa espacio en las sobremesas, es tema en la interacción entre padres e hijos y llega sin remedio a los más pequeños de la casa, que, aunque no alcanzan a comprender de crisis económicas, aranceles y falta de justicia social, perciben que las cosas no andan bien y también se preocupan, se perciben inquietos, modifican su conducta.

Pero es en los jóvenes, en la generación que pugna por alcanzar un lugar en el mundo laboral, abrirse paso en la sociedad y lograr la independencia del hogar paterno, en la que este clamor generalizado hace más mella y cala profundo. La decepción y falta de esperanza son comunes en las juventudes, esas que “viven” en las redes sociales, consumidores adictos que las necesitan como diario e ininterrumpido ruido de fondo, sin reparar en que potencian el efecto devastador de las malas noticias, dejando en sus mentes dosis diarias de amargura, impotencia y frustración, veneno que se acumula y, no pocas veces, cada vez con más frecuencia, hace estallar a los más débiles, ya incapaces de lidiar con panoramas tan adversos y faltos de esperanza en un futuro que debería de ser prometedor y capaz de alentar su preparación y esfuerzo para alcanzar una adultez digna de vivir.

Estamos acabando con la esperanza; con cada comentario, con cada queja y lamentación, abonamos a la decepción, acrecentamos el enojo, alimentamos la frustración, fomentamos el coraje y generamos impotencia, emociones que van vaciando el alma y restando calidad de vida a quienes nos escuchan y a nosotros mismos. Sin darnos cuenta levantamos un grueso muro que nos atrapa en la oscuridad e impide notar los pequeños detalles que dan felicidad, que nutren y fortalecen el alma, que contagian y devuelven la alegría de vivir.

Solamente haciendo crecer la esperanza, realmente contribuiremos a sostener a las nuevas generaciones mientras mezclan sus innovaciones e ingenio con la experiencia de los mayores, hasta lograr una amalgama capaz de generar formas efectivas de convivir en este sistema, en este entorno y en esta vida que vale la pena vivir hasta el final, seamos testimonio… ¡Destaquemos y multipliquemos lo hermoso, la esperanza salva vidas!— Mérida, Yucatán

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Psicóloga y periodista

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