Una vez más se llevó al cabo la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey), un espacio en el que, durante algunos días, miles de personas se reúnen alrededor de aquello que, en apariencia, es simple: hojas de papel encuadernadas, palabras impresas. Pero quien ha tenido un libro entre las manos sabe que no es un objeto simple. Es una puerta. Es un viaje. Es una conversación con el tiempo. Es, muchas veces, el inicio de un destino.

Cuando pienso en los libros, no lo hago desde la teoría ni desde una postura romántica construida con el tiempo, sino desde la experiencia más íntima, desde la memoria de una niña que encontró en ellos algo que no sabía nombrar, pero que cambiaría su forma de ver el mundo para siempre.

Regreso inevitablemente a mi infancia, a una época en la que la vida transcurría con otra cadencia, donde el tiempo parecía más amplio y las distracciones eran escasas. En aquellos años no existían las pantallas como las conocemos hoy, no había dispositivos que capturaran nuestra atención a cada momento, ni plataformas diseñadas para retenernos con estímulos constantes. La televisión abierta ofrecía apenas dos canales, y muchas veces con una señal tan deficiente que la imagen se desdibujaba entre interferencias.

Gracias a eso las opciones que me quedaban eran formativas: salir a jugar o refugiarme en los libros. Y en esa aparente limitación se escondía una riqueza inmensa.

En mi pueblo existía un lugar que, con el paso del tiempo, he llegado a comprender como uno de los espacios más importantes de mi formación, aunque en ese entonces no alcanzara a dimensionarlo. Se llamaba la sala de cultura, un nombre sencillo para un lugar que, en realidad, contenía universos enteros. Era pequeña, con muebles viejos y modestos, pero resguardaba algunas decenas de libros y enciclopedias. Cada tarde caminaba hacia ese lugar con la emoción de quien sabe que está a punto de descubrir algo nuevo, algo destinado a dejar huella. Podía pasar ahí horas, sumergida en un silencio que no era vacío, sino fértil, lleno de ideas, de preguntas y de posibilidades; leía, releía, volvía a esas páginas como quien regresa a un sitio querido, descubriendo siempre algo distinto.

Abrir una enciclopedia era, para mí, como abrir una ventana hacia lo desconocido. Ahí estaban los mapas de países que no podía ubicar en mi realidad cotidiana, las imágenes de ciudades que parecían irreales, los relatos de culturas que vivían de formas completamente distintas a la mía, y también los animales más sorprendentes. Leía sobre inventos, sobre descubrimientos, sobre personajes que habían cambiado la historia con su curiosidad y su determinación. Y en cada página encontraba no sólo información, sino inspiración. Porque entender que el mundo era más amplio de lo que yo conocía despertaba en mí un deseo profundo de aprender, de entender, de ir más allá de los límites que parecían impuestos por mi entorno.

Esa sala de cultura no sólo me ofrecía libros, me ofrecía posibilidades. Me enseñó, que el conocimiento es una herramienta poderosa, que la educación abre caminos, que la curiosidad es una forma de libertad. Y esa lección, aprendida en silencio, se quedó conmigo para siempre. Porque cuando un niño descubre el placer de aprender, algo cambia de manera irreversible: deja de ver el conocimiento como una obligación y comienza a verlo como un privilegio, como una puerta que puede abrir tantas veces como lo desee.

Hoy, desde mi experiencia como madre, como profesionista, como mujer que ha construido su vida a partir del pensamiento y la reflexión, comprendo con mayor claridad el valor de aquellos años. Y lo comprendo especialmente cuando veo a mis hijos con un libro entre las manos. Los observo sin interrumpirlos, casi con una especie de reverencia, porque sé que en ese momento está ocurriendo algo importante, algo que no se puede medir pero que tiene un impacto profundo. Los veo reírse a carcajadas cuando descubren algo gracioso, hacer pausas para imaginar lo que sigue, y sumergirse en las historias como si formaran parte de ellas. No están simplemente leyendo, están viviendo lo que leen, están construyendo un mundo interno que ningún dispositivo puede ofrecerles.

Y es en esos momentos cuando confirmo algo que he aprendido con los años: un libro no es un objeto, es una experiencia. Es un espacio donde la mente se expande, donde la imaginación se ejercita y las emociones encuentran formas de expresarse. Leer no es consumir contenido, es participar activamente en la construcción de significado, es dialogar con ideas, es cuestionar, es interpretar. Y ese proceso, que ocurre de manera silenciosa, es una de las formas más profundas de formación humana.

En un mundo donde la información es inmediata pero muchas veces superficial, los libros ofrecen algo distinto, algo que requiere tiempo, atención y compromiso. Leer implica detenerse, concentrarse, conectar ideas, construir sentido. Un libro no se limita a transmitir datos, forma criterio, desarrolla sensibilidad, fortalece la capacidad de comprender la complejidad. Y eso, en términos sociales, es fundamental, porque una persona que lee no se conforma con respuestas simples, no acepta sin cuestionar, no renuncia a la posibilidad de entender más allá de lo evidente.

Por eso las ferias del libro son tan importantes. Porque no sólo acercan libros a las personas, acercan oportunidades. Son espacios donde se democratiza el acceso al conocimiento, donde se crean encuentros entre lectores y autores, donde se despiertan curiosidades que pueden marcar el rumbo de una vida. Cada libro que se adquiere en una feria es una posibilidad abierta, una historia que puede transformar, una idea que puede germinar con el tiempo.

La paradoja es que, para muchas personas, un libro no se percibe como una inversión, sino como un gasto prescindible, y por eso se pospone. En cambio, se gasta sin cuestionar en lo efímero: en una ida al cine, en suscripciones a múltiples plataformas digitales, en consumos que se desvanecen en unas horas, mientras se repite la idea de que no alcanza para comprar libros. Hemos normalizado destinar dinero a lo inmediato, a lo que entretiene un momento, pero no permanece, y en ese proceso hemos perdido de vista el valor de aquello que verdaderamente trasciende.

Por eso hay que volver a los libros con convicción, con intención, con urgencia incluso. Hay que comprarlos, regalarlos, compartirlos, ponerlos al alcance de los niños, hacerlos parte de la vida cotidiana. Porque en cada libro hay una posibilidad, y en cada lector hay un mundo que puede expandirse. Y si queremos un futuro distinto, más consciente, más humano y más libre, ese futuro comienza, inevitablemente, con algo tan sencillo y tan poderoso como una página abierta.— Mérida, Yucatan

marisol.cen@kookayfinanzas. com

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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