La exposición frecuente a hechos violentos puede llevar a la sociedad a habituarse al miedo, señala una psicóloga. La foto, tomada en enero de 2025, corresponde a una cruz pintada en la calle donde un joven conocido como “El Wero” fue linchado y quemado vivo en el municipio de Tekit
La exposición frecuente a hechos violentos puede llevar a la sociedad a habituarse al miedo, señala una psicóloga. La foto, tomada en enero de 2025, corresponde a una cruz pintada en la calle donde un joven conocido como “El Wero” fue linchado y quemado vivo en el municipio de Tekit

La psicóloga Rubí Briceño Correa advierte que a raíz de los hechos violentos que se han vivido en Yucatán existe un riesgo de que la sociedad desarrolle una especie de anestesia emocional.

La anestesia emocional se desarrolla si esto se vuelve más continuo, más común, añade.

Esto le pasa a los médicos, indica. La primera vez que un estudiante de medicina ve un cadáver o el sufrimiento de alguien muriendo de cáncer, por ejemplo, lo sufre también, se estresa y probablemente hasta llora y le da un ataque de pánico.

Conforme esto pasa cotidianamente desarrollan una anestesia: duermen sus emociones, su mente, explica. El cuerpo provoca eso para protegerse, es un mecanismo de defensa.

En ciudades con violencia crónica, como pasa en el norte del país, la gente desarrolla estos mecanismos de habituación. Es como una anestesia, se habitúan.

En una ciudad donde esto es excepcional o no demasiado común, el impacto es todavía más fuerte, más agudo, se dice en psicología, porque no tenemos información previa, o sea, no tenemos un repertorio previo para procesarlo.

La persona lo siente, lo percibe como algo más personal, “está más cerca de mí”. El miedo es más grande, apunta.

Hechos de violencia

La psicóloga expone que hechos como el linchamiento del joven de Tekit, la riña en Chemax que acabó con una persona hospitalizada porque le prendieron fuego y el ataque de una persona con pistola en Mérida no significan que Yucatán sea un estado violento en términos estadísticos.

Sí significa que la percepción de seguridad regula nuestra salud mental diaria, la percepción de seguridad se vuelve frágil, explica.

¿Cuál es la diferencia entre adaptarse en forma saludable a nuevas realidades de una ciudad en crecimiento y normalizar la violencia? Nos tenemos que adaptar tratando, sobre la información que circula, de verificar cuándo de verdad es un dato o cuándo es un rumor.

La gente también a veces exagera todo, menciona. En estos momentos hay muchos audios de WhatsApp que aumentan la ansiedad. Hay que verificar antes de reenviar, no contribuir a hacer esto más terrible todavía. Hay que verificar qué fue.

Hay que recuperar las rutinas de comunidad, como seguir yendo al parque o a la tiendita de la esquina, saludar a nuestros vecinos, porque el aislamiento aumenta el miedo.

Tenemos que hablarlo, pero sin términos catastróficos. Nada de decir “Ay, no, estamos muy mal, nos va a llevar la fregada”, refiere. No hay que hacer eso, especialmente por los niños.

Tenemos que buscar espacios donde podamos hablar de lo que sentimos; por ejemplo, decir “Me siento inseguro”, pero sin arriesgarte a que te digan “Pues vete”, “Estás exagerando”, sin que alguien minimice lo que estás sintiendo, porque eso también hace daño. Sí hay que cuidar en qué espacios expresas eso.

No vas a ir a una escuela como maestro a decirle a tus alumnos que te estás muriendo de miedo y que nos va a llevar la fregada, que nos vamos a morir todos. No podemos hacer eso, apunta.

También hay que limitar la exposición a estos vídeos explícitos. Ver una y otra vez un hecho violento, como el vídeo de cuando le disparan en la cabeza al individuo en Montes de Amé, tiene en el cerebro el mismo efecto que si hubieras sido testigo presencial de eso y te da estrés postraumático.

No tienes idea de cuánta gente ya me mostró el vídeo. O la persona que me lo mostró cuántas veces ya lo vio. Se está exponiendo a que su cerebro lo traduzca como un estrés postraumático.

Indicios de riesgo ante un hecho violento

La profesional de la salud mental menciona señales de alerta que indican que una comunidad ya ha asimilado la violencia como parte inevitable de su vida cotidiana.

Ver a la gente que sale y se protege, que está volteando a ver mientras sigue en sus actividades o mientras va y viene del trabajo en el transporte colectivo porque no le queda de otra.

Estamos en alerta, dice. Cada vez hay más casos de ansiedad en personas más jóvenes; hay muchos problemas de salud mental aparte de la ansiedad, el trastorno obsesivo compulsivo también deriva de aquí.

Hay conductas repetitivas que obedecen a un trastorno obsesivo compulsivo que puede ser causa de la violencia, refiere.

Primero es ansiedad y luego deriva en alguno de estos padecimientos más graves. Yo diría que tenemos que estar muy alertas, advierte.

Si hicieran una investigación de cuánta gente ya está medicada por problemas de salud mental sería muy interesante, aunque no sé si es muy arriesgado.

Un ansiolítico, un tranquilizante, una pastillita para dormir, un relajante, cualquier cosa que se consuma para estar bien aplican como una medicación psiquiátrica porque son para la salud mental.

De cada 10 personas, posiblemente cinco estén medicadas y creo de verdad que estamos siendo muy precavidos con esa cifra. Está terrible esa situación que, además, ahora vas a la farmacia y ya puedes conseguir sertralina (un fármaco antidepresivo) sin receta médica.

No es que sea malo, qué bueno que ya está más al alcance, pero eso también implica la automedicación.

Mucha gente que viene al psicólogo recurrió antes a la Iglesia, los católicos van a hablar con el sacerdote porque se están volviendo locos, ya no saben qué les está pasando. Y resulta que es su ansiedad, es su estrés o tienen un trastorno obsesivo compulsivo o están sufriendo estrés postraumático.

La mayor parte de los males que aquejan a la gente hoy en día son de índole mental, para mí es una pandemia.