“No hay paz sin desarrollo, no hay desarrollo sin paz, y no hay paz ni desarrollo sin derechos humanos”.— Antonio Guterres. Discurso pronunciado en la 81a. Asamblea General de la ONU. 22 de septiembre, 2026
La comprensión cabal sobre la naturaleza económica, financiera y militar del imperialismo en cuanto fase superior del capitalismo fue un elemento importante en mi formación como licenciado en Economía, carrera que estudié entre 1974 y 1979 en la entonces Universidad de Yucatán, hoy Uady.
A decir verdad, tuve excelentes maestros de teorías económicas, políticas, sociales y filosóficas, como Franti Cardeña Brito, Armando Alpízar Carrillo, Juan Duch Gary, Sergio Quezada y Jorge Montalvo Ferráez, entre otros.
En mis estudios de maestría en Antropología Social —que cursé también en el Alma Máter fundada en 1922 por el gobernador socialista don Felipe Carrillo Puerto— tuve docentes de la talla académica de Genny Negroe Sierra, Esteban Krotz y Francisco Fernández Tappan.
En este posgrado pude comprender con meridiana claridad la enorme riqueza que representa la diversidad sociocultural y lingüística del mundo, y que ninguna cultura es inferior o superior a otra, ya que todas ellas son igualmente valiosas e inconmensurables.
Los comentarios anteriores vienen al caso al leer o escuchar las intervenciones pronunciadas por varios jefes de Estado y líderes mundiales en la 81a. Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entre las que cabe destacar la del presidente de los Estados Unidos Donald Trumpo, y la del secretario general de este organismo, el estadista portugués António Guterres.
No por esperado el mensaje del desquiciado inquilino de la Casa Blanca dejó de impactar al mundo por su carácter supremacista, belicista y avasallante.
El magnate y a la vez representante conspicuo de la oligarquía imperialista yanqui reiteró con creces lo que la sido la política dominante de las administraciones norteamericanas en los últimos cien años por menos: pretender erigirse como la dueña del mundo y en el energúmeno gendarme de la comunidad internacional.
En qué mundo vivimos, me preguntaba atónito, al oír decir al gerente de la terrorífica industria norteamericana de la guerra que con la mano en la cintura puede aniquilar rápidamente a la República Islámica de Irán y enviar a sus habitantes al infierno, sin que éstos tuviesen ninguna posibilidad de sobrevivir.
¿Qué mente obsesiva, enfermiza y perversa tendrá el verdadero jefe de los genocidas sionistas israelíes que se jacta desvergonzadamente de haber intervenido militarmente en la hermana República de Venezuela para secuestrar a su legítimo presidente y a su esposa?
Ya encarrerado en su arrogancia militarista sin límites, el representante de la oligarquía guerrerista yanqui reiteró una y otra vez que los Estados Unidos ya no permitirá que las presuntas amenazas contra Norteamérica se afiancen en ningún lugar del hemisferio occidental, y que de ser necesario utilizará “su poderío militar sin igual para salvaguardar los intereses vitales de los Estados Unidos”.
Como era de esperarse, nada bien le fue a la Mayor de las Antillas, Cuba, de la que Mr. Trump aseguró que “es un Estado absolutamente fallido y fracasado”, y que muy pronto iba a caer. Ante tamaña agresión, en la misma tribuna mundial el canciller cubano Bruno Rodríguez acusó a Washington de “mantener una política de hostilidad permanente, abusiva y despiadada”.
Fobia a México
Con la burda fobia que le tiene a México y a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, el aspirante a emperador mundial espetó con una insolencia enceguecida que nuestro país “es el epicentro de la violencia de los cárteles”, y que “es inaceptable compartir una frontera de 2,000 millas con un territorio controlado por cárteles enemigos”.
Sin embargo, ante el avieso amago del cabecilla del imperialismo yanqui y para fortuna de la humanidad entera, brilló como una luz intensa y esperanzadora el vibrante mensaje del secretario general de la ONU, el exprimer ministro de Portugal António Guterres, quien el próximo 31 de diciembre dejará el cargo que ejerció durante 10 años con gran espíritu humanista y profundo sentido ético.
En el inicio de su histórico discurso, Guterres señaló que “en el transcurso de la última década estallaron guerras de consecuencias devastadoras, que se prolongaron con una crueldad abyecta. Se tomó de blanco a la población civil, se pisotearon los derechos humanos, se utilizó el hambre como arma y se dejó de lado el Derecho Internacional.”
Como lo ha hecho en varias ocasiones, Guterres condenó el genocidio israelí contra Gaza, advirtiendo que no debe soslayarse la desastrosa situación que prevalece en los territorios palestinos ocupados ilegalmente por Israel, y que la acometida contra la población gazatí “tiene un grado de matanza y destrucción que no vi nunca en todos mis años como secretario general”.
En otros pasajes esenciales, el secretario general defendió el carácter fundante de la Carta de las Naciones Unidas y los principios que le siguen dando vida: la primacía del derecho internacional, la defensa de la dignidad humana y la búsqueda de la justicia en todas sus dimensiones, los cuales constituyen “los pilares del ejercicio eficaz, legítimo y responsable del poder en el siglo XXI.” Y lanzó un dardo afilado ante el amago del imperialista Trump: “La cuestión fundamental es la siguiente: ¿Haremos algo para que el poder se rija por el derecho en vez de la fuerza? ¿Por la cooperación en vez de la coacción? ¿Por el sentido de responsabilidad hacia la juventud y las generaciones futuras en vez de la indiferencia ante su destino?”
De acuerdo con lo dicho por el expremier lusitano, “nuestro futuro quedará configurado según cómo afrontemos cuatro grandes pruebas del poder: el poder de decidir sobre la guerra y la paz; el poder que concentra la riqueza y fomenta la desigualdad; el poder que alimenta el caos climático y la guerra contra la naturaleza; y el poder que ha desatado la inteligencia artificial.”
Como puede colegirse, en la ONU Trump y Guterres expresaron dos visiones totalmente contrapuestas. El primero amaga al mundo, amenazando con ejercer su poderío militar y económico, hacer la guerra e imponer su dominio cuando así lo dicten sus intereses económicos y geopolíticos. Por su parte, el saliente secretario general ofrece un camino diferente cuyo eje rector consiste en abrir paso a la paz, la cooperación multilateral, la solidaridad, el desarrollo sostenible, el combate a la pobreza, la defensa del medio ambiente, el derecho internacional y la observancia de los derechos humanos.
Al rechazar tajantemente la postura supremacista, avasallante y guerrerista del inquilino de la Casa Blanca, suscribimos sin ambages la visión llena de esperanza de António Gueterres, pues, como afirmó con alto sentido ético y humanista, “la paz es el reconocimiento, consagrado en la Carta de las Naciones Unidas, de que la fuerza no puede ser el árbitro último que decida qué vidas, qué derechos y qué futuro importan.” Que así sea.— Mérida, Yucatán
Doctor en Educación. Exdirector de la UPN en el Estado; Director de la Escuela Normal Superior de Yucatán
