TIZIMÍN.— Durante muchos años, una antigua creencia marcó el destino de quienes morían por suicidio, a quienes se les negaba el derecho a descansar dentro del panteón municipal. El privarse de la vida se consideraba un pecado grave, por lo que las familias no tenían más alternativa que aceptar que sus difuntos fueran enterrados detrás del terreno sagrado.
Rogelio Ojeda, conocido entre los trabajadores del cementerio “El Recuerdo” como “Lobo”, escuchó estas historias desde antes de convertirse en sepulturero. Sus padres y antiguos compañeros de trabajo, ya fallecidos, le contaron sobre las viejas costumbres que solían realizarse en la localidad.
Las personas que fallecían por mano propia eran sepultadas detrás del muro de contención del panteón. Antes de enterrarlas, según relataban los antiguos pobladores, se les colocaba una pieza de madera en la nuca.
Detrás del cementerio es probable que todavía existan osamentas de personas inhumadas bajo esa costumbre. Los restos no han salido a la superficie debido a que la tierra nunca se ha removido ni se han realizado obras de ampliación en ese sector.
El tema religioso tenía un peso determinante para las familias de antaño. Quitarse la vida representaba una falta grave que impedía recibir sepultura digna dentro del camposanto.
Hace cinco décadas que esa práctica dejó de realizarse. Desde entonces, los suicidas son sepultados dentro del panteón con los mismos derechos y consideraciones que el resto de los difuntos.
Muchas familias veteranas conocen estas historias por boca de sus abuelos. Hasta la fecha, entre las pláticas de los dolientes se siguen escuchando esos relatos cada vez que corresponde sepultar a alguien en circunstancias similares.
