








El Hanal Pixán se transforma ante la urbanización y la convivencia entre culturas, afirma Aurelio Sánchez Suárez, coordinador de la Unidad de Ciencias Sociales de la Uady.
Entrevistado por el Diario en vísperas de estos festejos tradicionales que se inician cada 1 de noviembre, el investigador advierte que los cambios empiezan desde el nombre.
En algunos pueblos lo siguen llamando “finados”, como es su nombre original, pero se cambió a Hanal Pixán.
“Aquí es donde viene el tema que algunos lingüistas manejan sobre el hecho de querer que todo esté en maya”, explica.
“Hay cosas que no tienen nombre en maya y se hace el préstamo de palabras mayas que en español digan como tal, así se definió de manera académica e institucional, no necesariamente por el pueblo”.
Oficialmente se declaró al Día de Muertos como patrimonio de la humanidad, fue el primero declarado en el país, luego de que ante la Unesco se presentó el caso de Michoacán y de ahí se declararon todas las expresiones de México, apunta.
Son tan diversas las expresiones en México que eso hizo que no se pudiese presentar tanto, continúa.
Cada región cultural tendría que hacer las declaratorias, y aunque los estados no lo declaren como patrimonio de la humanidad, ya declaró la Unesco estas celebraciones que se dan en todo México.
En Yucatán, refiere, esta celebración cuya esencia principal es la comida para los finados se empezó a traducir como la comida de muertos, se transforma.
Por eso se prestaron las palabras hanal, que significa comida, y pixán, que es ánima, para quedar como “Hanal Pixán” comida para las ánimas. Lo único que se conserva originalmente es el nombre del pib.
Según menciona, la celebración se inicia desde la elaboración del pib, un proceso que representa el viaje al inframundo.
El pib es parte de la tradición donde se juntan el festejo y la comida, dos patrimonios de la humanidad en una sola festividad para los mexicanos, la cual dura más de un día.
La otra parte es la comida especial que se prepara en familia para estas fechas.
“Se hace toda esa representación del viaje al inframundo, porque se entierra el pib para que se cocine y luego depositarlo en los altares, junto con alimentos o bebidas preferidas de los familiares muertos, sus fotos y una cruz de madera verde”.
El especialista agrega que en estas fechas se crea un paisaje cultural en las comunidades.
Desde el 31 de octubre en los pueblos se puede ver esas columnas de humo que salen de los solares (patios), donde la gente temprano entierra los pibes, en un hueco que los hombres de la familia hacen, para prender dentro la leña, ponerles piedras que se calientan, encima se depositan los pibes y se les hecha tierra, se entierran para que con el calor de las piedras se cocinen.
Paisaje de la temporada
“Es parte de ese paisaje, el olor que se siente desde que la familia prepara la comida, dirigida la mayoría de las veces por la abuela, quien designa las tareas que van desde limpiar la hoja de plátano para envolver el pib, que es el puesto más bajo, hasta las que cocinan las gallinas”.
“Preparan todo con lo que se rellenará y envolver este que es como un tamal grande, es lo que hay en estos dos patrimonios mundiales que vamos a celebrar pronto”, señala el experto.
Es un escenario de aprendizaje que se genera en las familias con niveles de trabajo en la cocina. ¿Y quién es la que puede hacer todo? La abuela, es quien lleva la batuta y los demás tienen actividades específicas.
Por cierto, se prohíbe a embarazadas participar, porque dicen que por ellas no se cocinaría el pib, apunta.
El problema, precisa, es que para hacer todo eso se requiere un solar, ingredientes y materiales que se pueden conseguir en el mercado o en sus huertos.
Lo complicado es dónde hacer el hueco para enterrar el pib, tener la madera, la piedra caliza que se calentará, ahí es donde empiezan los cambios, porque al menos en la ciudad casi no hay patios con espacio para hacerlo.
“Se modifica parte de la tradición porque en muchos lugares las familias no tienen dónde cocinar el pib, pero con tal de conservar la costumbre de esa comida, se manda cocinar en hornos de panaderías, ya no es enterrado es horneado”.
“En últimas fechas muchas familias ya ni los preparan, prefieren comprarlos, los encargan aprovechando que ya se comercializa”, precisa.
El pib se adapta a la modernidad y la urbanización
Otro cambio sustancial es el contenido del pib, en cada generación le agregan elementos, cambian su relleno, algunos lo dejan como antes con pollo con todo y hueso.
Pero en los últimos años los hacen con carne deshebrada, jamón y queso, chicharra y castacán, y algunos hasta con mariscos.
“Particularmente no es de mi gusto. ¿Por qué? Porque crecí con el otro sabor y aún no le encuentro un sabor que me represente un recuerdo, una apropiación”.
“Pero cuando estas generaciones crecen, siguen haciendo esto dentro del proceso del final del paisaje y dicen: ‘ah, no, este es para mí, yo le meto otro ingrediente’”, comenta.
Para Sánchez Suárez, otro cambio es que hay quienes dependen de la lata para hacer el pib. Antiguamente solo se envolvía en la propia hoja de plátano, por eso muchos pibes eran redondos, no rectangulares, en su pueblo así lo siguen haciendo.
Según expone, al hacer el pib muchas partes se pierden ante la dinámica que hay en las zonas urbanas; en las rurales también hay cierta pérdida, aunque no tanto por el problema de la pérdida del territorio, sino porque hacer pib es caro.
“El precio depende de cuántas personas, el tamaño y los ingredientes, por eso en las comunidades su costo se incluye en la economía de la zona rural”, dijo.
“Ahí los que tienen todos los ingredientes, hasta el solar con gallinas, lo único que pagarán en muchos casos es moler el nixtamal (el maíz), todo lo demás ya lo tienen. Pero en la ciudad no, por eso aumenta el precio y por ahí como que reduce un poco la forma de seguir la tradición”.
Las ofrendas
Otro cambio es que, como todo patrimonio cultural inmaterial, está vivo, no estático; ahí se diferencia de los patrimonios de la humanidad, que son edificaciones inertes, y en este caso se puede ver en las ofrendas que se ponen en la mesa, las cuales han ido cambiando.
“No existe una lista de ofrendas correctas”, indica. Cada familia coloca alimentos y objetos vinculados con sus difuntos, pero la tradición seguirá cambiando sin perder su propósito esencial: recibir a los muertos con lo que les gustaba en vida.
“Aquí constantemente cambia porque depende de las familias, muchas veces son matrimonios de yucatecos o yucatecas casadas con personas de otros estados o países, otras tradiciones que se agregan a las nuestras, estamos declarados como una entidad pluricultural, pluridiversa”.
El investigador reitera que hay algo importante a considerar, porque se da el decir: “¿Por qué le van a poner calaveras? Aquí no se maneja eso” o (cuestionan) si se le ponen flores de cempasúchil, si aquí no se manejaba esa flor.
“Entonces empiezan a decir que los altares no son auténticos. Pero no estamos aislados del mundo”.
