Hoy nuestros adolescentes están enfrentando una combinación de factores que hace mucho más compleja esta etapa. Vemos ansiedad, problemas de autoestima, dificultad para manejar la frustración, soledad, conflictos familiares, presión social y una necesidad muy fuerte de pertenecer y ser aceptados, advierte la doctora Patricia Gilí López.
También estamos viendo depresión, autolesiones, problemas relacionados con la imagen corporal y conductas de riesgo, dice.
Algo que me preocupa especialmente es que muchas veces el adolescente no dice “estoy deprimido”; lo expresa aislándose, irritándose, bajando su rendimiento escolar, dejando de hacer cosas que antes disfrutaba o cambiando sus hábitos, añade la psicóloga-psicoterapeuta.
Por eso necesitamos dejar de pensar que todo es simplemente “la edad”. La adolescencia implica cambios, sí, pero un cambio de conducta sostenido siempre merece que nos preguntemos qué está pasando detrás, expone la especialista en salud mental.
A la también presidenta del Colegio de Psicólogos del Estado de Yucatán (2019-2023) se le preguntó cuáles son los principales problemas emocionales que enfrentan actualmente los adolescentes.
El gobierno federal dio, en septiembre pasado, el banderazo de inicio de la Estrategia Nacional de Atención a la Salud Mental para las y los Jóvenes: El ABC de las emociones.
Parte del plan consiste en que en las escuelas se dedique una hora a la semana para hablar sobre emociones y se realicen dinámicas de reflexión.
A la psicóloga se le planteó si esta medida puede generar una detección oportuna de ansiedad, depresión, autolesiones o riesgo suicida, o si se requiere la presencia permanente de psicólogos en los colegios.
Una hora a la semana puede ser muy valiosa, pero tenemos que ser muy honestos: una hora de educación socioemocional no sustituye la atención psicológica, dice.
Esto puede ayudar a que los jóvenes aprendan a identificar lo que sienten, ponerle nombre a sus emociones, pedir ayuda y reconocer señales de alerta. Eso ya es prevención, añade
Pero cuando hablamos de depresión, autolesiones, ansiedad severa o riesgo suicida, estamos hablando de situaciones que requieren una valoración profesional, intervención y seguimiento. Ahí no podemos dejarle toda la responsabilidad al maestro, aclara.
Sí considero necesaria una presencia profesional de salud mental en las escuelas. Lo indispensable es que exista una ruta clara de detección, canalización, atención y seguimiento, apunta.
Detectar a un adolescente que está sufriendo y después no tener a dónde enviarlo genera frustración y, peor aún, puede dejar al joven nuevamente solo, advierte.
¿Qué debe ocurrir cuando un maestro detecta que un alumno necesita atención psicológica?
El maestro no tiene que convertirse en terapeuta. Su función es detectar, escuchar sin juzgar y activar la ruta de atención, dice.
“Si un maestro observa un cambio importante en un alumno, debe comunicarlo al área correspondiente, involucrar a la familia cuando sea pertinente y buscar una valoración profesional.
“Y hay algo fundamental, si existe sospecha de autolesión o riesgo suicida, no podemos decir simplemente “habla con sus papás” y dar por terminado el asunto. Hay que valorar el nivel de riesgo y garantizar que el adolescente quede acompañado y vinculado con un servicio especializado”.
La respuesta tiene que ser institucional. No puede depender únicamente de qué tan sensible o preparado sea el maestro que tuvo la fortuna de darse cuenta, recomienda la doctora Patricia Gilí.
¿Yucatán cuenta con la capacidad suficiente para recibir, canalizar y dar seguimiento a esos casos?
Contamos con diversas instituciones, profesionales y voluntad para atender este problema. Por ejemplo: el departamento de Salud Mental Municipal cuenta con cinco sedes AlmaNova en los cuatro puntos cardinales de Mérida y 14 puntos en los módulos médicos en las comisarías, un servicio de atención psicológica gratuito.
¿Cuáles son las señales de alerta que padres y maestros suelen pasar por alto al considerar que se trata simplemente de cambios propios de la adolescencia?
Una de las grandes dificultades es que muchas señales se confunden con “rebeldía” o con cambios normales de la adolescencia.
Hay que prestar atención cuando un adolescente se aísla de manera marcada, deja de disfrutar cosas que antes le gustaban, cambia drásticamente sus hábitos de sueño o alimentación, baja su rendimiento escolar, está constantemente irritable; expresa desesperanza, culpa o inutilidad, regala cosas importantes, se despide de personas de una manera inusual o empieza a presentar autolesiones.
También debemos escuchar frases como “ya no puedo”, “soy una carga”, “para qué seguir” o “estarían mejor sin mí”. No hay que minimizar ese tipo de expresiones.
A veces el adolescente no está pidiendo atención, está pidiendo ayuda de la única manera que sabe hacerlo, apunta. Tenemos que aprender a preguntar “¿cómo estás?” y realmente quedarnos a escuchar la respuesta. No solamente preocuparnos por sus calificaciones, su conducta o si cumple con sus responsabilidades, sino también por lo que está viviendo emocionalmente.
La salud mental no se atiende únicamente cuando aparece una enfermedad, se construye todos los días. Y si queremos prevenir situaciones graves, tenemos que conseguir, que pedir ayuda deje de ser visto como una debilidad y se convierta en una conducta normal y saludable, recuerda la doctora Patricia Gilí López.
