cartas a Diario de Yucatán

Recibimos un escrito de Francisco Javier Rodríguez Vadillo, expresidente del Colegio Yucateco de Arquitectos, A.C., que en sus partes medulares dice lo siguiente:

Entre aclaraciones, antiguos nidos y lealtades de temporada

La tarde caía sobre Mérida, entre piedras antiguas y glorias políticas venidas a menos. En el parque Hidalgo, un caballero leía el Diario de Yucatán cuando un visitante turquesa se posó sobre su banca.

Era Reni, el toh azul: cola pendular, mirada inquisitiva y lengua temible.

—¿Qué escándalo trae hoy el Diario?

—Renán Barrera publicó una carta. Aclara que dialogar no significa pactar.

—Menos mal. De lo contrario, nuestros políticos necesitarían licencia matrimonial para desayunar con sus adversarios.

El lector acomodó sus anteojos.

—También niega cualquier vínculo con Liborio Vidal.

—¿Y quién le abrió las puertas de la casa azul?

—Renán señala a Mauricio Vila y Cecilia Patrón como quienes le otorgaron oportunidades y espacios de confianza.

—Entonces no discutimos quién se comió los panuchos, sino quién organizó el banquete y ahora extravía la lista de invitados.

En la política yucateca algunos comparten mesa durante años y después apenas se conocen de vista.

La carta responde a versiones difundidas en Plaza Grande. Barrera reafirma su militancia panista, rechaza interpretaciones sobre sus reuniones y descarta participar en 2027.

—¿Y en 2030? —preguntó Reni.

—No dice nada.

—Entonces no le inventemos intenciones. Bastantes problemas ocasionan las que confiesan voluntariamente.

Una yuya amarilla y negra tejía su nido entre las ramas.

—Nuestra distinguida Yuya construye su propia casa —susurró Reni—. Lo difícil será que los antiguos propietarios dejen de indicarle dónde colocar los muebles.

—¿Hablas de Cecilia?

—Hablo de pájaros, don lector. Las semejanzas son responsabilidad de quien las encuentre.

Asomó un diminuto Chinchimbacal, entregado a una torta de la María Elena. Escuchaba conversaciones ajenas como quien, fuera de la oficina, conserva las llaves.

—¿Y ese pequeñín?

—No necesita la rama más alta para observar el bosque. Pero haber vivido en un árbol no lo convierte en dueño de todas sus hojas.

—¿Mauricio Vila?

—Insiste usted en bautizar a mis pájaros.

—Renán asegura también que lleva ocho meses enfrentando una guerra sucia.

—Denuncia delicada. Habrá que conocer las pruebas. Las sospechas se parecen a los mosquitos: abundan, incomodan y no siempre pican al culpable.

—¿Y la derrota panista de 2024?

—Admirable espectáculo. Todos desean ser padres de las victorias; el fracaso termina abandonado en la puerta del hospicio.

Con los partidos sucede igual: confunden la reparación estructural con cambiar el color de la fachada.

—¿Tiene Barrera derecho a defenderse?

—Desde luego.

—¿La Yuya a construir su nido?

—Naturalmente.

—¿Y el Chinchimbacal a explicar dónde estuvo posado?

—También.

—Entonces el problema no son los derechos, sino reconocerlos únicamente cuando favorecen al propietario.

Cerca, dos parroquianos repartían candidaturas como herederos impacientes ante un abuelo todavía saludable.

El PAN

—¿Qué debería hacer Acción Nacional? —preguntó el lector.

—Revisar sus cimientos. Una casa difícilmente sobrevive cuando sus habitantes confunden las reparaciones con repartirse las habitaciones.

No corresponde absolver a Renán, condenar a Cecilia ni cargar sobre Mauricio todas las culpas. Tampoco transformar rumores en pactos clandestinos. Pero las decisiones políticas tienen consecuencias, y la memoria ciudadana no caduca cuando un aliado cambia de camiseta.

Reni extendió sus alas.

—¿Qué distingue a un toh de ciertas aves de la casa azul?

—Ilústreme, distinguido plumífero.

—Que conoce las ramas donde se ha posado y no necesita negar al árbol que le dio sombra.

—¿Y si otros le atribuyen nidos que asegura no haber ocupado?

—Tiene derecho a aclararlo. Volar cerca de otro pájaro no equivale a compartir nido, alpiste e intenciones.

—¿Entonces hizo bien Renán?

—Nadie debería cargar con plumas ajenas. Pero quienes repartieron las ramas podrían recordar a quiénes invitaron.

—¿Y si nadie lo recuerda?

Reni adoptó solemnidad de notario ante testamento sospechoso.

—No sería ornitología, sino un milagro de amnesia colectiva.

Anochecía. La Yuya cuidaba su nido; el Chinchimbacal desapareció. Reni sentenció:

En la selva yucateca cada ave responde por su canto, no por los graznidos que otros le atribuyen.

Y si Renán tuvo que aclarar con quién no comparte nido, convendría preguntar quién abrió el aviario azul y repartió el alpiste. Algunos poseen memoria prodigiosa para recordar victorias, pero sufren amnesia repentina cuando se les pregunta por sus antiguos compañeros de percha.

Lo extraordinario no es que hoy desconozcan al pájaro que ayer alimentaban, sino que, después de compartir rama, nido y comedero, todavía tengan el plumaje suficiente para jurar que jamás lo habían visto ni en fotografía.

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