Hace 280 años se perpetró el primer “gran robo” a la Casa de Moneda de México, donde este martes 6 de agosto una banda de delincuentes con armas de fuego se llevó un botín millonario en centenarios y relojes.
El 17 de junio de 1739 en la Casa de Moneda sustrajeron piezas de plata (el principal metal con que la Nueva España acuñaba entonces dinero) equivalente a 3,000 pesos de aquella época, según un reporte del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

En su reporte “Reviven ‘gran robo’ a la Casa de Moneda”, el INAH informó el 16 de noviembre de 2012 que 25 niños pernoctaron en ese recinto y participaron en la escenificación del atraco, como parte de la actividad Una Noche en el Museo Nacional de las Culturas.
Durante la madrugada, los menores realizaron la investigación del robo, buscaron a los presuntos responsables hasta dar con ellos y, en el rol de jueces, los sentenciaron a distintas condenas de prisión, detalló el INAH sobre el programa Una Noche en el Museo, que incluyó otras actividades para los niños.
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El primer “gran robo” se cometió 204 años después que la Casa de Moneda de México fue fundada el 11 de mayo de 1535, por cédula real en la que la Corona Española disponía la creación de la primera Casa de Moneda en América.
Ese histórico hurto fue objeto de una investigación científica que Felipe Castro Gutiérrez, maestro en historia y doctor en antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México, publicó en junio de 2012 bajo el título “El gran robo a la Real Casa de Moneda de México. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México”.
Robo impune
“El gran robo ocurrido en la Real Casa de Moneda resulta muy ilustrativo de situaciones que predominaban en el orden (o el desorden) de la ciudad en estos años. Por un lado, da una perspectiva con matices contradictorios de la administración de justicia: los jueces y comisarios, a pesar de todas sus averiguaciones, no pudieron descubrir los culpables de un delito, aunque en las calles y casas de juego ya se sabía quienes eran. Una vez descubiertos, sin embargo, realizaron una minuciosa y concienzuda labor para dilucidar las culpas y responsabilidades por vías oficiales y extraoficiales, realizaron aprehensiones, interrogaron testigos, efectuaron careos y en general pusieron todo su empeño en dejar en claro las circunstancias precisas del crimen, aunque les tomara varios años hacerlo. A fin de cuentas, sin embargo, varios de los delincuentes nunca pudieron ser aprehendidos, ya sea porque huyeron de la ciudad o porque se refugiaron en sagrado”, escribió Castro Gutiérrez en el colofón de su artículo científico.
El primer “gran robo” a la Casa de la Moneda
De acuerdo con fuentes citadas por el investigador, el robo dio pie a una auténtica cacería de brujas y los detenidos horas después del atraco, al final, fueron liberados sin recibir indemnización o siquiera disculpas.
A continuación, parte del relato que, con base en varias fuentes documentales, se cita en el artículo sobre el histórico robo:
“En las primeras horas de la mañana del 17 de junio de 1739 al abrirse en la Real Casa de Moneda de México la sala de fundición de cizallas, o sea de recortes y desperdicios de plata, don Joseph de Revuelta Castañeda notó un gran faltante en el montón de rieles ya fundidos. Lo comentó inmediatamente con el otro fundidor, don Juan Manuel de villa, y con el primer ensayador, don Manuel de León, quien había acudido para hacer las pruebas propias de su oficio. Estando en estas comunicaciones, el negro esclavo fundidor Joseph de Catarroja les hizo notar que en la ventana de la bóveda había dos barrotes limados y torcidos, de forma que podía pasar y descolgarse una persona.
“En la pared había señales de haberse puesto una cuerda, y se veían huellas de pies descalzos. Las inquietas averiguaciones subsiguientes mostraron que en la cornisa de la pared exterior del edificio, que colindaba con el parque antiguo del palacio virreinal, había marcas que mostraban haberse bajado algo de gran peso Desde allí sólo quedaba pasar un muro no muy alto para acceder a la calle.

“Revuelta dio aviso prontamente al fiel administrador, o responsable de la fundición, don Alonso García Cortés, quien después de comprobar lo ocurrido notificó al director o superintendente del establecimiento, don José Fernández de Veitia y Linage. El alto funcionario ordenó que el escribano del establecimiento diera fe de todo, y que se iniciara una sumaria.2 El encargado de balanzas, don Mateo picardo, pesó las cizallas existentes, y comparando con los registros del día previo encontró que faltaban 381 marcos y 4 ochavas.3
“García Cortés inició las investigaciones, como que el delito había ocurrido en las oficinas a su cargo. Además, dado que era un ‘asentista’ o concesionario, y no un funcionario, la plata le pertenecía en lo particular, y no a la Casa de Moneda. El robo debió serle muy sensible tanto en su orgullo profesional como en sus intereses: el valor total de lo sustraído, al precio pagado al introductor, era de más de 3,000 pesos. Era una suma de consideración, equivalente a un año de sus salarios.
Frenética cacería
“Dado que no había testigos o evidencia firme, García Cortés recurrió a sus informantes e inició una frenética cacería de todo aquel que hubiera hecho cualquier cosa inusual o sospechosa, y que en particular no se hubiera presentado a trabajar después del robo. Así, determinó que se aprehendiera a don Manuel de Espinosa, un operario de los molinos, para interrogarle acerca de la razón que había tenido para faltar al trabajo, y haber ido la noche del día 16 “con gran aceleración y prisa” a ver a un soldado de la guardia del Real Palacio, para recuperar un par de pistolas que le había entregado como garantía de un préstamo. Espinosa, además, había tenido la imprudencia de decirle al soldado que necesitaba las armas para una ‘meteduría’ que iba a ejecutar, algo que podía interpretarse de diferentes maneras. Los emisarios de García Cortés fueron a buscarle en su casa del barrio de los Curtidores, atrás del convento de la Merced; no lo hallaron, pero poco después lo vieron en la calle y lo aprehendieron luego de algún forcejeo.
“Estando en estas diligencias, García Cortés tuvo noticia de que el guardia nocturno Roque Hernández no se había presentado el día 18. Además había tomado refugio en sagrado, en la iglesia de la Santísima Trinidad, lo cual lo hacía sospechoso de ‘sabidor’ del delito y posible cómplice. Por esta razón, el fiel se hizo acompañar por el merino o alguacil de la Real Casa hasta la morada de Hernández, detrás de dicha iglesia. Como sólo encontraron a su atemorizada esposa, procedieron preventivamente a un embargo de bienes.
“Ni mosca que se meneara”
“La averiguación prometía, pero poco después Hernández se presentó voluntariamente ante el juez con un escrito de súplica. Declaró que la noche del robo había recorrido las azoteas como era su obligación, sin notar ruido ‘ni mosca que se meneara’, y que de todas maneras él no tenía las llaves de las salas de trabajo. No tenía más culpa que la de haberse quedado dormido varias horas junto al cuarto de guardia. Había tomado refugio en la iglesia sólo porque le dijeron que iban a prenderlo, y recelaba que lo encerraran en la justamente temida Acordada. Por lo pronto, Veitia determinó su prisión en la estrecha y obscura cárcel de la Casa de Moneda.5
…
“En la noche del mismo día 17, García Cortés logró la detención, siempre con su comitiva de hombres armados, del mestizo Juan Eligio, y de otros dos escobilleros, indios y parientes suyos, vecinos del barrio de San Sebastián. Las autoridades encontraron y confiscaron algunas herramientas, una plancha de plomo (que se usaba para refinar el metal), dos medias bateas propias del oficio, y cierta cantidad de escobillas.
“En su declaración, Juan Eligio dijo ser ‘maestro escobillero’, de 30 años, casado, que su oficio era fundir metales en su misma casa, y que su padre y abuelo habían tenido licencia para ejercerlo de los antiguos ensayadores, con beneplácito de los plateros. Dijo que sólo había trabajado con escobillas procedentes del Apartado del Oro, así como otros desechos que le habían vendido los plateros, y nunca rieles de plata.
“El 10 de julio todos los aprehendidos fueron puestos en libertad por el superintendente y sus procesos enviados al archivo. Respecto de sus diversas peticiones de ser resarcidos por su prisión injusta y días no erogados de trabajo, se les contestó secamente que ‘no había lugar’ sin dar más explicaciones. En resumen, que después de gran conmoción pública, del espectáculo de una comitiva armada recorriendo calles, callejones e irrumpiendo en distintos alojamientos (seguramente con una cauda de curiosos) nada había obtenido García Cortés”.
El relato completo de los hechos se encuentra en “El gran robo a la Real Casa de Moneda de México. La delincuencia y los límites de la justicia en la ciudad de México”.
