CIUDAD DE MÉXICO (AP).— Cuando Nicolás Cuatencos tiene que decidir en las mañanas qué desayunar lo piensa, pero siempre termina inclinándose por lo que ha sido su debilidad desde niño: los tamales.
Una masa de maíz rellena de salsa, con alguna carne o verdura, vestida en hojas de maíz o plátano que hace más sabroso el paisaje citadino y da trabajo a un ejército de vendedores callejeros que viven del apetito ajeno.
Al menos tres veces por semana Nicolás, chofer de transporte público de 45 años de edad, hace una parada antes de meterse en las congestionadas vías de Ciudad de México para trabajar.
Acostumbra a detenerse en un negocio de tamales, que ofrece esas delicias tradicionales en una popular barriada al noreste de la ciudad, y ahí compra una “guajolota”, plato típico de la capital que lleva un tamal dentro de un pan.
“El sabor, la masita, todo eso es muy bueno”, afirmó sonriente Nicolás, al hablar de su gusto por los tamales. Su abuela los preparaba cuando era niño para las fiestas familiares y celebraciones religiosas, como el Día de la Candelaria, que se festeja el 2 de febrero.
En esa fecha las familias mexicanas se reúnen para comer tamales, por cortesía generalmente de la personas a la que le salió el muñequito en la Rosca de Reyes del 6 de enero. Pero el tamal no es solo para ocasiones especiales.
Por su rico sabor y alto contenido calórico, los tamales ocupan un sitial especial en la dieta diaria del mexicano y se han convertido en una fuente de trabajo para muchos vendedores callejeros.
Sigue la tradición
Al igual que hicieron sus abuelos y padres, Nicolás dijo que mañana, 2 de febrero, se reunirá con su esposa, hijos y otros familiares para festejar con tamales el Día de la Candelaria, cuando los católicos celebran la presentación de Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María después del parto.
“A mis niños les tocó el muñeco en la rosca, pero yo llevaré los tamales”, expresó el chofer de autobús, al asegurar que de esa forma quiere enseñarle a sus hijos a preservar la tradición.
El festejo religioso guarda relación con una antigua tradición en la que los pobladores llevaban sus mazorcas a la iglesia para que el sacerdote bendijera los granos que se sembrarían en el ciclo agrícola que se inicia el 2 de febrero, que coincide con el undécimo día del primer mes del antiguo calendario azteca, cuando se le rendía culto a algunos dioses tlaloques.
Nicolás es un asiduo cliente de “Tamales El Paragüitas”, un pequeño comercio en la popular colonia San Felipe de Jesús, en el nororiente de la capital mexicana. Desde el amanecer, se forma una larga fila de personas que acuden a comprar tamales y atole antes de irse al trabajo o la escuela.
Desde la ventana de una modesta casa, que se modificó para convertirla en taquilla de venta, cada mañana Aracelis Samperio vende junto a su esposo cientos de tamales a sus vecinos y comensales que vienen desde diferentes puntos de la ciudad e, incluso, de otras ciudades de México para probar el popular platillo.
“Por la necesidad entramos en esto”, dijo Aracelis, de 55 años, al relatar que ella y su marido decidieron hace 13 años dedicarse a la venta de tamales luego de ser despedidos de la empresa donde laboraban como oficinistas.
Según los registros históricos, en la época prehispánica los tamales eran ofrendados a los dioses y consumidos por sacerdotes y nobles, pero luego se integró a la dieta de la población común, especialmente, entre los sectores de menos recursos que son hoy los que más lo consumen.
En un intento por llevar el platillo a una categoría gourmet e introducirlo en las mesas de la clase media y alta de la Ciudad de México, cuatro hermanos —Amelia, Antonieta, Alicia y Alfonso Andrade Marroquin— crearon en el 1918 la primera fábrica formal de tamales llamada “Flor de Lis”, que pronto se popularizó hasta convertirse en unos de los más reconocidos de la capital.
En una planta de producción que opera a las afueras de la ciudad, una veintena de trabajadores elaboran diariamente miles de tamales cuidando de manera minuciosa las especificaciones de la receta familiar y las medidas de higiene y calidad.
Al hablar de la larga trayectoria de la fábrica, Mauricio Peralta, director de Mercadotecnia de “Flor de Lis” e integrante de la cuarta generación de la familia, indicó que el éxito de la empresa ha radicado en preservar por décadas la receta familiar que heredaron de los fundadores, que tenían como sueño “llevar el tamal a mesa de reyes”.
La posibilidad de que el ancestral platillo pueda desaparecer por el momento luce remota. Así lo reconoció Nicolás Cuatencos mientras caminaba por una desolada calle de la barriada de San Felipe de Jesús con una bolsa llena de tamales en salsa verde y una “guajolota” para desayunar.
“Los tamales van a sobrevivir muchas generaciones porque pasan de generación en generación”, concluyó.
