LONDRES (EFE).— Siete décadas a la sombra de su legendaria madre configuraron la personalidad y la imagen de Carlos III, quien hoy es coronado pese a haberse convertido en rey a todos los efectos desde la muerte de Isabel II, el 8 de septiembre pasado.

El simple hecho de que haya decidido rebajar el tono y la dimensión de una ceremonia tan fastuosa como la coronación habla claramente, no solo del compromiso con la sostenibilidad del que presume, sino también de que su reinado no debe aspirar a compararse con el de su madre.

Por muy proverbial que sea la longevidad de los Windsor (sus progenitores casi alcanzaron el siglo), los 74 años de Carlos permiten vaticinar que su reinado será a la fuerza mucho más breve que el de Isabel II.

Su popularidad, siempre en entredicho, tampoco le augura un sitio en el panteón de la realeza, aunque por ahora haya desempeñado su papel con solvencia.

La vida de Carlos Felipe Arturo Jorge de Windsor está definida por tres mujeres: su madre Isabel, su exmujer Diana de Gales y su esposa, la reina consorte Camila.

Si Isabel le legó una monarquía consolidada en los turbulentos tiempos de la posguerra y del fin del imperio, el fallido matrimonio con la difunta Diana de Gales determinó en buena medida la imagen pública de Carlos en el Reino Unido y más allá del país.

Cuento de hadas

Camila, mientras, ha pasado de ser la culpable de acabar con el cuento de hadas entre Carlos y Diana a ser aceptada como el gran amor de la vida del monarca, tras una operación para amabilizar su figura en la que el Palacio de Buckingham no ha escatimado recursos.

Nacido el 14 de noviembre de 1948, Carlos ya pasó a la historia como el heredero que más tiempo aguardó para convertirse en monarca del Reino Unido y parte de las excolonias de la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth).

 

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