Cada década, más o menos, los adultos descubren que los jóvenes consumen medios que corrompen sus mentes, y se desata un pánico moral. Los cómics iban a producir una generación de delincuentes. La televisión convertiría a los niños en teleadictos. Los videojuegos y el rap los incitarían a hacer cosas violentas. Internet los mantendría encerrados en el sótano, tecleando en salas de chat con desconocidos peligrosos.

Ahora el pánico gira en torno a la “podredumbre mental” (también conocida como “podredumbre cerebral” y en inglés llamada brain rot): el estado de obnubilación por un flujo infinito de videos de TikTok y reels de Instagram sin sentido. Quizás de casualidad viste algunos de estos videos este verano. Los capuchinos bailarines, inodoros cantores y frutas musculosas. Las ráfagas aleatorias de ruido, los destellos estroboscópicos y los efectos visuales desenfrenados. Esto no puede ser bueno.

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