(Primera Columna publicada el 29 de abril de 2005)
En la campaña por el saneamiento de la justicia en Yucatán, la retirada de Coparmex Mérida es tanto más sensible cuanto que, como indicamos ayer, estaba en la primera fila de esta lucha y se había distinguido como su promotor en un medio hostil o amodorrado que estaba y está en la necesidad apremiante del ejemplo cívico que el sindicato empresarial dio bajo las presidencias de Luis Medina Cantillo y Carlos Canto Ontiveros.
Una baja no sólo sensata, sino oportuna: Coparmex abandonó el campo de batalla, como también constatamos ayer, en el momento propicio para demostrar que el dolo, la mala fe y la irresponsabilidad en la trayectoria jurídica de Ángel Prieto y Ricardo Ávila desaconsejaban su ratificación como magistrados del Tribunal Superior y la descalificaban por su carácter de amenaza para la sociedad yucateca.
Una baja no sólo sensata e inoportuna: también inesperada, porque el discurso de su actual presidente, Antonio Walker Olvera, al asumir el cargo permitía confiar en que Coparmex confirmara con gallardía su militancia de vanguardia en la contienda contra la corrupción judicial.
Hagamos un extracto de párrafos fundamentales del discurso de Walker Olvera, según el texto publicado por este periódico en su edición del viernes 19 de marzo de 2004. Párrafos que firmaría cualquier líder auténtico de la comunidad:-Si decidí aceptar la presidencia de Coparmex Mérida y el día de hoy estoy parado aquí, delante de todos ustedes, es porque he asumido el compromiso de poner mi mejor empeño a fin de continuar, consolidar y acrecentar el liderazgo empresarial y hacer la parte que nos corresponde para construir el país que todos queremos.
-Habrá que atender, de manera urgente y eficaz, el grave problema referente a la violación de la ley, a la corrupción, el tráfico de influencias y los pocos escrúpulos de algunos gobernantes y funcionarios.
-Lo importante, lo fundamental, es acabar con la impunidad. La impunidad es la negación del estado de derecho y pone en entredicho, por tanto, la tarea prioritaria del gobierno que es mantener el orden jurídico.
-Estaremos muy pendientes de la actuación de las autoridades, queremos decirles cómo pensamos los particulares respecto a su desempeño; pero no nos limitaremos a la crítica, que creemos que no sólo es un derecho sino también una obligación, sino que aportaremos propuestas.
-Haremos política, pero del bien común, porque entendemos la política no solamente como la habilidad de gobernar bien, sino también como el derecho y la responsabilidad de los ciudadanos de hacerse gobernar bien.
-Señores legisladores federales y locales: queremos multiplicar el diálogo con ustedes… Nos percatamos de la responsabilidad que tenemos los ciudadanos de aportar lo que pensamos.
Si comparamos estos honorables y honrosos conceptos con la trayectoria de los magistrados, con los antecedentes y demás circunstancias de su ratificación, comprobaremos que Coparmex, palabra por palabra, coma por coma, ha hecho precisamente lo contrario de lo que el señor Walker prometió y ha contribuido en forma eficaz a la instalación inamovible de la corrupción y la impunidad en el Poder Judicial.
En el escándalo que crepita en torno a la ratificación se ha puesto de relieve que muy principales de sus protagonistas, tanto diputados como dirigentes de partidos políticos, precandidatos a la gubernatura y funcionarios de gobierno -la columna ha publicado sus nombres-, tienen con el caso Medina Abraham una relación tan estrecha, una afinidad tan visible, que ejercen o se teme que puedan ejercer una influencia decisiva sobre sus actos públicos.
¿También en la Coparmex? La mafia del caso Medina Abraham, servida con eficiencia por los magistrados, ¿tendrá cabezas de playas adueñadas de alturas estratégicas en el sindicato empresarial? ¿Tendrá esa mafia un poder de veto que desactiva los cívicos propósitos externos a voz en cuello por sus dirigentes?
La columna se ha detenido dos días a examinar el papel de Coparmex en la ratificación porque exhibe con claridad dos graves debilidades nuestras como personas, como familias, como instituciones, como sociedad, como iglesia, como gobierno.
La falta de congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Esta incoherencia nos conduce a la aplicación selectiva de nuestros principios. Por ejemplo: luchamos contra la corrupción, contra la injusticia, contra el desacato a la ley siempre y cuando esta lucha no afecta a nuestros intereses particulares en campos como las relaciones sociales, los negocios, las aspiraciones políticas.
Nuestras convicciones son flexibles, acomodaticias. Veletas que se mueven en dirección del viento. Somos campeones en los torneos donde estamos seguros de que saldremos ilesos. Espectadores o cómplices si nos tarde que se nos puede arrugar el pellejo. ¡Qué bien nos debe sentar el ejemplo perseverante, inconmovible, del Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, en la defensa y la práctica de la doctrina de la fe! Esa es la inmovilidad que necesitamos: no la que hemos puesto, con la ratificación, en el Tribunal Superior de Injusticia.
A toro pasado, Coparmex nos dijo el viernes último: “La sociedad espera y exige de los dos magistrados ratificados que sepan responder, de manera honesta y con responsabilidad profesional, a la delicada tarea que les confirió el Congreso, a efecto de proceder siempre con la seriedad y el esmero que exige el cargo y con apego estricto al derecho ya los principios éticos”.
Más palabras bonitas. Si las oímos con los pies en la tierra hay que advertir sobre una confusión. No nos lavemos las manos. No le traslademos al Congreso la sola responsabilidad al conferir la delicada tarea. De acuerdo con la filosofía de Antonio Walker, la ratificación somos todos. Tampoco le pidamos peras al olmo. ¿Cómo los dos magistrados nos van a dar lo que no tienen? ¿Cómo exigirles que hagan lo que no saben o no están acostumbrados a hacer? Si los ratificamos como son, ¿por qué van a cambiar? No, no nos conviene poner los pies en la tierra. Mejor elevamos los ojos al cielo. Como lo hizo Carlos Canto Ontiveros cuando se proclamó la presidencia del sindicato de los empresarios, vamos a pedir “al Señor, nuestro Dios, que nos acompañe y nos bendiga”, a ver si ahora las palabras bonitas se convierten en hermosa realidad.
A Dios rogando, sí, pero con el mazo dando.
