(Primera Columna publicada el 21 de abril de 2005)

No todos los cónclaves, como el vaticano para elegir Papa, están cerrados con llave ni guardan un secreto impermeable a las filtraciones. Los cónclaves del Congreso yucateco son transparentes. A la legua se sabe a quiénes ratificará y por qué.

La columna no ve sorpresas en la consagración de Angel Prieto y Ricardo Avila como magistrados del Tribunal Superior. Tampoco ve la traición que cuelgan al cuello de Antonio Hadad, el diputado panista que se fue contra la línea del partido y con su voto solidario con el PRI y el PRD dio al traste con la mayoría de su bancada e inclinó la balanza a favor de los eternizados.

Ni sorpresa ni traición: bola cantada. Se veía venir que habría ratificación sin rectificación. A los señores Prieto y Ávila se les vio siempre tranquilos, seguros de que a final de cuentas podían contar con el PAN.

Antonio Hadad afirma que votó de acuerdo con su conciencia. No tenemos motivo para dudarlo. Importa más preguntar quiénes tuvieron acceso a su conciencia antes de la votación. Averiguar si el voto del disidente, antes de llegar a las urnas, pasó por el mercado en busca del mejor postor.

No hay que devanarse los sesos en pos de una respuesta. Es cosa sabida y sobada que Hadad y Silvia López Escoffié son, en la Legislatura, las cabezas de playa del grupo político de Ana Rosa Payán Cervera. Un grupo que se sabe con quiénes anda y hacia dónde va. Nunca ha puesto un pie en el Congreso quien no haya oído, con pelos y señales, de las excelentes relaciones que unen al bando de la señorita Payán con cinco magistrados del Poder Judicial. Se les ha visto juntos y revueltos en el caso Medina Abraham, que es una radiografía de la sociedad yucateca y sus autoridades. Dime con quién te llevas y te diré qué conciencia tienes.

En los pasillos de la Cámara es un secreto a voces que la bancada panista temía, con un temor rayano en la certeza, que Hadad y Silvia López votaran contra su partido. No fue necesario: los cálculos, bien medidos, eran exactos. ¿Para qué quemar dos cartuchos cuando uno es suficiente? Las conciencias del Poder Judicial y sus compañeros de viaje aspiran, entre otros proyectos, a una cabeza de playa en la alcaldía meridana. ¿Qué caso tenía incinerar a la señora López con un voto que la destapara en público? Bastaba con mandar al matadero a Hadad, que tiene una utilidad más restringida y de seguro agotada ya. La soga revienta por lo más delgado. Los cadáveres, uno a uno, porque huelen.

Pero no les sienta bien a los diputados azules que permanecieron fieles rasgarse las vestiduras con denuncias de traición. Con la demanda del juicio político a los magistrados tuvieron los panistas, los de antes y los de ahora, todas las oportunidades del mundo para exhibir las entrañas morales de Angel Prieto, Ricardo Avila, Ligia Cortés y demás socios de las “hazañas” extrajurídicas de la jueza Leticia Cobá Magaña en el caso Medina Abraham.

La jueza Cobá es capaz de condenar al Cardenal Ratzinger a 22 años de prisión, por atentados contra la doctrina de la Iglesia, aunque el Vaticano le demuestre, con los documentos del caso, que el nuevo Papa es desde hace 20 años el primer defensor de la fe. Documentos que en los tribunales yucatecos no sirven para nada, porque ya provocó jurisprudencia entre nosotros el criterio de que los documentos no se pueden poner a la vista porque no son personas, ni animales ni cosas. Peregrino criterio sustentado en memorable ocasión oficial por la señora Leticia, con el beneplácito del Poder Judicial, que la premió ipso facto extendiéndole, al vencer el período, su ratificación como jueza.

La señora Cortés no canta mal las rancheras. Ya demostró que es capaz de reducirle a sólo 20 años la condena a Su Santidad, copiando de pe a pa la sentencia de la jueza Cobá, incluyendo las faltas de ortografía.

Los diputados panistas, los de antes y los de ahora, saben todo y no quisieron aprovechar nada. Estamos en camino de comprobar que el juicio político a los magistrados nació muerto, pero fue sostenido con vida artificial, por motivos electorales, con metros cúbicos de saliva. Triste historia que no cabe en esta columna.

No somos capaces de traición. Mejor decimos que hemos sido fieles a nuestra conciencia. Una conciencia que ha ratificado a la corrupción en el Poder Judicial con el carácter de inamovible.

No, no somos capaces de traición. Estamos ante un aviso más. Ante nueva advertencia de que las conciencias de la corrupción, entronizadas en el Tribunal Superior, velan sus armas para el asalto al Ayuntamiento y el Poder Ejecutivo, donde no le faltan aliados. El Legislativo ya lo tienen en el bolsillo.

El gobernador Patricio Patrón Laviada instó ayer a su partido al autoanálisis de un examen de conciencia. Un examen que la columna sugiere hace tiempo para que Dios Nuestro Señor, en su infinita misericordia, se apiade de Yucatán y nos libre de más ratificaciones.

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