(Artículo publicado el 2 de diciembre de 2006)
Por Eugenio RIVAS ALONSO
Preocupada, la religiosa pregunta: “Oye, ¿qué va a pasar mañana? ¿Qué hará el gobierno”?”
“Si el gobierno no sabe lo que va a pasar mañana -responde el periodista-, si el gobierno no sabe lo que va a hacer mañana, no merece gobernar”.
Unas horas después, en ceremonia de medianoche que no tiene precedente en México, Vicente Fox se quitó la banda tricolor y entregó el poder a Felipe Calderón en Los Pinos, en presencia de sus respectivos gabinetes.
El acto se realizó en secreto y en secreto se mantuvo hasta la entrada ya la noche.
El televidente vio asombrado que Calderón pronunciara las fórmulas constitucionales que certifican la asunción del mando y tomará la protesta de estilo a los cuatro secretarios de estado responsables del orden en el país: de la Defensa, Marina, Gobernación y Seguridad.
Entre los restos de los protocolos rotos, entre cánones reformados, la señal que se enviaba a la nación era clara. No hay esperas. Ni laguna de poder. Ningún intermedio en el relevo. El presidente electo ya es presidente en funciones. En par de minutos el nuevo gobierno se puso de pie.
Se enviaba al país otro aviso. El acto del 1 de diciembre en el Congreso, ante diputados jalándose de los pelos, no sería una toma de posesión. La posesión ya estaba tomada. Sería sólo el cumplimiento de un deber. Un deber convertido de requisito en tradición.
Quedaba en tela de juicio la palabra empeñada por Felipe y reiterada con serenidad y confianza: Iré al Congreso. ¿Irá Fox también a pesar de que le piden que no vaya a echar más leña al fuego? El Congreso amaneció en el seno de la turbulencia. Los diputados del PRD, de corbata roja, bloquearon todas las entradas al gran salón. Los panistas, muchos de corbata azul, habían tomado la tribuna. Las sillas de la presidencia, ocupadas por Layda Sansores, Ruth Zavaleta y otros legisladores.
¿Cómo van a entrar Vicente y Felipe si no hay por dónde? ¿Cómo van a estar en el estrado si no cabe ya un alfiler? Las caravanas con los automóviles de los presidentes salieron en la televisión. ¿Regresa Fox a Guanajuato? Volaban los helicópteros. La cámara enfocó una bronca entre perredistas y panistas en una esquina del salón. Entre trompada y patada se fue la imagen. El locutor anunció que las televisoras se encadenaban a la transmisión única y obligatoria de la presidencia de la república. La charla de dos comentaristas, hombre y mujer, ocuparon la pantalla con referencias tranquilas y bonitas al programa del día y sus protagonistas.
No todas se encadenaron. La extranjera CNN en Español no entró al aro y continuó su transmisión de los sucesos del Congreso. De pronto se fue de nueva la imagen. Aparecían y desaparecían los cuadritos de colores con un fondo de rostros desfigurados a la manera de Picasso. Regresamos a la televisión nacional. Lo mismo: cuadritos y caras retorcidas. De pronto, otra vez de pronto, se compuso la imagen y…
¡Sorpresa! ¿Milagro? En el centro del estrado, detrás de la silla del presidente del Congreso, Jorge Zermeño, allí estaba nadie más y nadie menos que Felipe Calderón. ¿Como lo hizo? ¿Lo bajaron por el techo? ¿Estaba escondido en los pliegues de la bandera monumental que adorna la pared? Había aparecido como en la aparición de los santos que relatan los devocionarios católicos. Calderón salió del aire, de la nada.
De repente, como un espíritu, como si su cuerpo fuera virtual, surgió Vicente Fox entre la masa humana. El señor Zermeño no podía moverse de su silla. Pero a Layda, Ruth y compañeros se los había tragado la tierra en cuestión de segundos.
Los rijosos estaban en sus asientos. Hombres de traje oscuro forraban por afuera el estrado, patrullaban los pasillos y vigilaban las curules a las que regresaron, quién sabe en qué momento, los perredistas. Todos los panistas estaban arriba, envolviendo a los mandatarios.
Alguien vestido de militar, quizás el único, realizó el prodigio de meter una mesa con un micrófono delante de Calderón. No había transcurrido un minuto desde que volvió la imagen. Felipe recitó con prisa de tren expreso ese texto constitucional de protesto guardar la ley, etc., etc., y que, si no lo hago, que la nación me lo demande.
Los perredistas no tuvieron tiempo de exigir nada. Ni de hacer casi nada. Sin reponerse de la sorpresa comenzó a gritar “Espurio, espurio”, pero se callaron al resonar imponentes las notas del Himno Nacional. A cantar todos. ¿Quién les iba a decir que acabarían cantando en la ceremonia que juraron evitar? Felipe y Vicente se dieron la mano y, cuando caímos en la cuenta, ya habían desaparecido como descubiertos. Los panistas alzaron el puño y se unieron en un grito: “Sí se pudo”. Todo en tres minutos. Sin soldados con fusiles. Sin policías con toletes. Sin golpes. Tres minutos y pico. La historia atravesada por un relámpago.
Después, el contraste. El espectáculo militar del Campo Marte: el homenaje inédito, explícito, de las fuerzas armadas a su nuevo comandante supremo. Comandante supremo, decía y repetía la televisión, mientras los generales y los almirantes desfilaban ante Calderón para estrecharle la mano y patentizarle lealtad.
A la turbulencia anárquica del Congreso había sucedido un espectáculo de estabilidad. Un paisaje de orden que es una invitación a la confianza. La fuerza al servicio de la ley. El gobierno sabe lo que hace.- Mérida, Yucatán.
