(Artículo publicado el 1 de julio de 2006)
Por Eugenio RIVAS ALONSO
Entramos en nuestro tercer y último análisis sobre uno de los fenómenos que son un síntoma de la salud de la sociedad en el año 2006 y un símbolo de la calidad de los hombres y las mujeres que la dirigen. Como en los dos primeros escritos, publicados anteayer y ayer en estas mismas columnas, nos referimos a los periódicos diseñados para explotar las bajas pasiones de sus lectores.
Hemos comprobado que exaltan la pornografía. Hemos demostrado que distribuyen la indecencia e invitan a adoptarla al principio como pasatiempo. Pasatiempo que se convertirá en vicio. Vicio que pronto será costumbre y manera de vivir y ganar la vida.
Estos diarios son puntas de lanzamiento de una campaña concebida con una premeditación profesional basada en estudios y sondeos. No están destinados a la clase alta o la media, donde la religión, la cultura, la tradición y los valores que las nutren tienen aún, por lo menos en la superficie, una vigencia que sólo admite como clandestinas las publicaciones consagradas al morbo.
Es en las clases inferiores donde están las víctimas elegidas por los periódicos que distribuyen la inmoralidad. La ignorancia, la miseria y el abandono las han sumido en un estado de inanición espiritual en la que sus conciencias aletargadas son presas fáciles del engaño y la confusión. Familias humildes que soportan todas las humillaciones: ya no les duelen y por ende no les importan. Es la gente que llamamos pobre porque tiene poco y acepta lo que le den, de donde venga. La gente que consideramos vulgar porque sus gustos nos disgustan. Es la gente indefensa, la carne de cañón.
Las técnicas de la mercadotecnia moderna les han asegurado a los distribuidores de la pornografía que pueden acrecentar su prosperidad medios descargando su basura en las casas donde viven las madres, las hermanas, las esposas y los hijos de los campesinos, los albañiles, los obreros, los mecánicos, los plomeros, la clase proletaria, en fin, mientras ellos, en los sectores pudientes, cortejan a la fama y buscan el renombre con los periódicos y otros de comunicación, propiedad de ellos también, en los que informan y orientan a México sobre los asuntos trascendentales de la nación.
Su estrategia de multiplicar su riqueza con la repartición de inmundicia necesita, sin embargo, de cómplices indispensables. La circulación del periódico, por sí sola, apenas bastaría para cubrir los gastos. La ganancia está en los anuncios. Aquí se nos presenta la mayor de las sorpresas: entre los anunciantes están los partidos y candidatos que a lo largo de seis meses de campaña electoral han venido pidiendo que nuestro voto los lleve al poder.
Candidatos a la presidencia de la república, candidatos al Senado y la Cámara, candidatas de carita agraciada a senadoras y diputadas, la mayoría padres y madres de familia, van apareciendo a colores en la descarga de basura que está infectando los hogares. Mientras nos dicen que la deshonestidad y la corrupción son los grandes varones de México, candidatos y candidatas se nos presentan como patrocinadores y financieros de la indecencia.
En medias páginas, rodeados por la podredumbre gráfica y noticiosa, vemos los anuncios de partidos políticos de venerable historia ligada con heroísmo a la defensa de las causas nobles de la república y virtudes cristianas de la sociedad. ¿Adónde hemos llegado? ¿Hasta dónde vamos a caer? Estamos ante una subversión de los valores. Una subversión espectacular. Los estamos poniendo de cabeza con criterios extraviados que mañana mismo, queremos o no, vamos a llevar a la presidencia de la república y al Honorable Congreso de la Unión porque, con alguna honrosa excepción, todos están en las boletas.
En el ejercicio de la dignidad y el decoro, la sensatez y el buen juicio que deseamos en las autoridades, ¿qué podemos esperar de mandatarios y legisladores que se consideran hombres y mujeres de bien pero no tienen escrúpulos ni sienten náusea cuando piden a los corruptores que sean su conducto para llegar a los corrompidos? Si todo vale en política, en el oficio de elegir a los guías de la república, todo valdrá después en el gobierno.
Además de un pésimo ejemplo que tiende a legitimar la explotación de las bajas pasiones y la institucionalización de los vicios en el seno de la familia mexicana, esta solidaridad de los candidatos con los envenenadores del pueblo mueve a un examen sombrío de nuestros futuros gobernantes.
Esa solidaridad, ¿es el fruto de un inconsciente que no mide las consecuencias de sus actos? ¿Es la decisión de un inmoral que sabe bien lo que hace pero considera que bien vale la pena? ¿Es el retrato del amoral para quien nada es bueno o malo sino sólo se fija si le es útil, le interesa o le conviene? Este último es el peor: como está convencido de que hace lo correcto, es incorregible. El primero puede enmendarse y el segundo arrepentirse, pero en los tres predomina el egoísmo de poner los intereses personales por encima de cualquier otro valor.
Mañana domingo vamos a votar por envenenadores. Dios nos ampare si el lunes no empezamos a ver cómo les quitamos el veneno. ¿O es que ya estamos tan echados a perder que ya todo nos parece normal?- Mérida, Yucatán, 30 de junio de 2006.
