(Artículo publicado el 30 de junio de 2006)

Por Eugenio RIVAS ALONSO

Nos referimos ayer en estas columnas a los diarios especializados en la difusión y propaganda del morbo con noticias, fotografías y publicidad dirigidas a explotar las bajas pasiones y estimularlas, por ejemplo, con la exaltación de la pornografía y las transmisiones indecentes a teléfonos celulares entre otras ofertas sexuales al alcance de un niño, de una colegiala, de cualquier persona que por unos cuantos pesos quiera comprar sin ninguna restricción en calles, esquinas, tiendas, tendejones, estanquillos y suburbios de la capital de la república y otras ciudades del país.

¿A quiénes están destinados, qué resultados rinden -nos preguntamos ayer- estos periódicos que no son redactados, editados e impresos por compañías rascuaches, improvisadas para satisfacer y aprovechar una oportunidad o necesidad pasajeras, ni tampoco por transnacionales que vengan a invadirnos con los subproductos de una mercadotecnia basada en que el dinero no tiene patria ni moral?

Esos diarios que lucran con la inmoralidad son redactados, editados e impresos por empresas mexicanas antiguas, prósperas, que navegan con banderas de respetabilidad y prestigio porque sus dueños han amasado cuantiosas fortunas con otros periódicos, con otros medios de comunicación en los que defienden los intereses supremos de la patria, predican la moral pública y, como aclamados benefactores de la comunidad, patrocinan las causas nobles y aceptan en fotografías y noticiarios los honores y homenajes que en la nación y el extranjero los acreditan como empresarios de vanguardia y hombres de pro.

Esos periódicos que imprimen la mugre no circulan en las zonas residenciales donde están las mansiones de sus propietarios, los gimnasios que sus esposas frecuentan y los restaurantes y centros nocturnos donde sus hijos se divierten. Hay que cuidar las formas y el apellido.

Pero, aunque no hubiera ese cuidado, esos periódicos que salen de los sumideros de sus empresas no entran en las casas de la clase alta. Es gente rica, ha estudiado en universidades y colegios católicos, va a los conciertos de la Sinfónica, lee los “best sellers”. Invita al párroco a cenar. Es gente culta.

La clase media, las llamadas B y C por los profesionales de la encuesta y el sondeo macro y microeconómicos, tampoco es el caldo de cultivo, el hábitat de la prensa inmoral. No se codean con el obispo, no manejan un Jaguar, no van al teatro en Broadway, pero tienen una profesión o un medio de vida decoroso, forman parte de directivas, llenan las aulas de los planteles laicos, van a las misiones católicas de fútbol de Semana Santa, juegan, siguen con atención a la clase alta y están pendientes de cualquier oportunidad de subir por la escala social. No les interesa el barro. Por lo menos en público.

Los periódicos que explotan las bajas pasiones están destinados con premeditación, alevosía y ventaja a los albañiles, carpinteros, electricistas, terraceros, veladores, vendedores ambulantes, meseros, cantineros… A los humildes, a los incultos, a los niños de la calle, a los aprendices de teporochos que el sábado comienzan a dilapidar su salario mínimo bebiendo caguamas en la acera frente a la casucha de cuarto y medio donde, antes de dormir la mona, se sentarán en paños menores a la mesa a exigir la cena a la concubina que insultaron y golpearon frente a los chirises acobardados y semidesnudos que serán los próximos lectores. Muy pronto.

La muchacha que quiere un pantalón de cadera, desflecado, para no ser menos que la hija del licenciado que la invitó a la discoteca, ¿con qué cara le saca dinero al papá que tiene que pedir fiado para que la familia coma el viernes? No hay que ser duros con la niña si en el periódico que leyó la abuela, que la madre dejó abierto sobre un sillón de la sala, ve en un aviso de “masajes” que en sólo dos horas puede ganar 900 pesos. Con unas cuantas horas llenará el estante de ropa de marca para pescar al hijo del doctorcito, el que la miraba por encima del hombro, con las mañas que practicaba en los masajes.

La prensa que alimenta y engorda las bajas pasiones no es sólo para cantineros, albañiles o campesinos. Entra a sus viviendas, circula entre la familia. La esposa que tiene al marido en Cancún, la viuda arrimada, son candidatas a masajistas. ¿Está mal? Ni se les ocurre pensarlo. Van a misa tres veces al año: el 12 de diciembre, cuando se casa la sobrina y el día que enterraron al hijo de la comadre. Es todo su contacto con la moral.

No hay niña ya, ni en la ciudad ni en el pueblo, que no tenga un teléfono celular. La chiquita que gana 500 pesos a la semana trasteando en una casa del norte sabe que puede ganar el triple en medio día. En el programa pornográfico que le trasmiten a la pantalla de su celular le muestra cómo, dónde y cuándo. De lo que no sabe ni jota es del catecismo. El día que se case hará su primera comunión. Eso si no se huye… ¿Que te van a ver desnuda? Mejor: vas a salir a plana entera en la portada del periódico que compra tu papá, lee tu mamá y se lleva tu hermano para decirle a su vecinita que por qué no, si ya ves que todo el mundo lo hace.

Los periódicos especializados en el morbo están pensados ​​y diseñados para la gente más humilde y marginada del país. Pienso en ti porque eres la más débil, la más vulgar, la más baja. Te busco porque estás indefensa. Es un abuso imperdonable sí, pero impune. Sin cultura ni religión que la proteja, sin sentido de responsabilidad, con nociones confusas sobre la dignidad, si es que las tiene, esa gente pobre, esa pobre gente ha sido escogida como víctima fácil y segura de empresas prósperas, respetables, que utilizan su experiencia y profesionalismo para corromperla con una inyección cotidiana de inmoralidad.

Este envenamiento consciente, constante, de las clases sociales que forman una parte cada vez mayor de la comunidad es un síntoma reciente, un símbolo nuevo de los tiempos. Antes había que ir a ciertos cines o comprar algunas revistas para entrar en contacto periférico con la pornografía. Ir de noche a la zona roja. Podíamos, todavía podemos controlar hasta cierto punto la televisión: las películas con tres equis pasan a horas altas e incluso podemos bloquearlas. Ahora, con los periódicos especializados, la indecencia es parte de la familia.

La inmoralidad organizada puede hacer más pobres a los pobres, para que los ricos se hagan más ricos, porque la pornografía es barata -la ganancia no está en el precio sino en el volumen de las ventas-, pero sobre todo porque tiene influyentes, respetables patrocinadores, como nos proponemos analizar en el próximo artículo.- Mérida, Yucatán, 29 de junio de 2006.

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