(Primera Columna publicada el 29 de marzo de 2007)

Para obtener el doctorado en mafias por la Universidad de Palermo, don Vittorio Zerbbera (con zeta y doble ser) tuvo que estudiar, muchas veces sobre el terreno, las guerras que han sostenido y sostienen las familias del hampa siciliana por las jefaturas locales, nacionales e internacionales del crimen organizado. Estudios que prosigue para estar al día y poder desempeñar con acierto su cátedra sobre la cosa nuestra en aquel centro docente de la capital siciliana.

—La candidata Ana Rosa Payán denuncia una guerra sucia. ¿Hay guerras limpias en los campos de batalla electorales de Yucatán? —inquiere el italiano en la Plaza Grande cuando César Pompeyo aborda en su charla cuaresmal de ayer la historia de las puñaladas por la espalda y los golpes debajo de la mesa, las rencillas domésticas y las traiciones, las rebeldías y los cismas en el alto y en el bajo mundo de la política local.

—Nuestra plática, caro amico de Sicilia, se concreta a las conflagraciones entre 1990 y 2007 —responde Pompeyo—. Uno de los principales protagonistas ha sido precisamente la señorita Payán Cervera. Generala del estado mayor, heroína de causas desesperadas, cabecilla de conspiraciones, poder detrás del trono, estratega de revueltas… plurales han sido los papeles que ha desempeñado en las contiendas políticas de los últimos 17 años. Reportero, hazme el favor de enterar a nuestro invitado de la trayectoria poliédrica de la candidata de “Todos por Yucatán”.

El periodista pide disculpas por cualquier inexactitud, pues va a apelar a su memoria. Recuerda la defensa gloriosa de la Plaza Grande cuando los ejércitos de Nerio avanzan para despojarla del triunfo en la alcaldía. La memorable confrontación en el mismo centro de la urbe, en la 61: aquel tú a tú, en la encrucijada de Yucatán, que la gobernadora declinó cinco para las doce. Aquel plebiscito contra la imposición de suspender las elecciones. El célebre discurso a puerta cerrada para impedir que el PAN se pronuncie contra los magistrados en el famoso caso…

—El caso Medina, ¿verdad? —interrumpe el experto en mafias—. Muy conocido en Sicilia. Lo estudiamos en concurrido simposio que efectuamos en el aula “Al Capone” de la Universidad de Sicilia sobre las tácticas innovadoras, las estrategias y las influencias trasatlánticas de la cosa nuestra y sus sucursales en la segunda mitad del siglo XX y el amanecer del XXI. En el simposio analizamos ese discurso de la signorina Payán.

—Ana Rosa se puso al frente de la facción panista que defendía al Poder Judicial de una ofensiva que lanzaron el Ejecutivo y un ala del partido —explica el reportero—. Comenzó así una guerra que incluyó cartas a nuestro director. Cartas en las que la señorita Payán Cervera explicaba sus discrepancias con este periódico. Una guerra que algunos observadores calificaron de sucia…

—¿Cuál fue la batalla que decidió esta guerra en la que salió a la superficie por primera vez el humo de este Vesubio de cismas que está haciendo erupción en el partido? —solicita don Vittorio, que se ha pasado las últimas noches leyendo las reseñas publicadas y los documentos escondidos sobre las herejías que han desfigurado las ortodoxias políticas de Yucatán.

—El humo ya estaba alto desde antes —precisa el periodista—. Usted ya conoce a Silvia López, el lugarteniente, la sombra, el otro yo de Ana Rosa. En el legado de papeles que le entregué está descrita la batalla de esta señora contra un colaborador de este periódico y dirigente también del PAN. Este señor, de nombre Carlos Sarabia, publicó un artículo con ciertas referencias a Silvia que a ésta no le cayó en gracia. La señora reclamó una violación de los estatutos panistas, que prohíben las incriminaciones públicas a los miembros del partido, y fue más allá: para velar por la pureza ideológica e impedir nuevos atentados, advirtió que ella tendría que leer cualquier nuevo artículo que Sarabia escribiera. Ya se puede imaginar que este caballero puso el grito en el cielo contra el intento desembozado de censura. Lo calificó de totalitario, de violatorio de un principio no negociable del PAN: la libertad de expresión. Era lógico que demandara luego el veto la candidatura de la señora López a diputada.

“¿Quién ganó la batalla? —indaga el observador europeo.

—Los perdidos todos. Los cabecillas locales del partido dijeron que no estaban capacitados para opinar y girar el asunto al alto mando nacional. Los jerarcas cupulares también se mordieron la lengua. Murió el asunto por más esfuerzos que se hicieron por revivirlo. No sé si viene al caso o no, pero recuerdo que entre los panistas yucatecos nadie tenía en México mayor influencia que Ana Rosa Payán, tutora y protectora de Silvia.

—Digo que perdieron todos —prosigue el reportero—, porque Sarabia, disgustada por la falta de respuesta, comenzó a lastimar al partido con golpes a sus puntos flacos. Sin que nadie diera un paso al frente para aprobar su comportamiento, la señora López llegó a diputada. Nunca se especificó cómo puede un instituto político defender la libertad de expresión y respetar el derecho a la información en la vida pública cuando está habituado a suprimirlos en la privada. Dejó la impresión de un partido que, como la masonería, impone secretos impenetrables. Oh, inconfesables. Secretos que no contribuyen, ni mucho menos, a que el pueblo tenga los elementos necesarios para saber si está bien o está mal lo que piensa y hace un político que aspira a servirlo en un cargo público.

—Es una táctica que hemos estudiado en el posgrado sobre mafia que impartimos en la Universidad de Palermo —indica Vittorio—. En la cosa nuestra hay un código de honor, un pacto de sangre: un miembro de la familia es sagrado. Ni se le toca ni se le acusa, a menos que el capo lo ordene. ¿Quién me puede informar si algún fundador del PAN estudió en Palermo?
—Lo que sí le puedo decir —concluye el reportero— es que ese candado, ese código de honor como usted lo llama, señor Zerbbera, ese pacto de sangre que con ésos o con otros nombres está inscrito en los estatutos del PAN es una de las causas de las batallas limpias, sucias y “resucias” que amenazan con torpedear al partido y han obligado a preclaros voceros del Cenáculo panista a escribir epístolas para impedir que cundan las apostasías y se desborden las hemorragias en la felicidad.

—En próxima charla, signore —ofrece don César— regresaremos a estos campos de batalla en que se ha modificado el mapa político de Yucatán.

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