(Artículo publicado el 31 de octubre de 2009)

En Inglaterra, última escala de su viaje alrededor del mundo, César Pompeyo nos expresa por correo electrónico la emoción entreverada de nostalgia, añoranza y algo de soledad, eso que los lusitanos llaman saudade, que sintió el leer en la edición electrónica del “Diario” el programa oficial de 23 canciones para el concierto de Sara Brightman, esta noche del sábado, en Chichén Itzá.

Pompeyo está en el hotel Hampshire, de Leicester Square, a tiro de piedra del corazón teatral londinense, y lo acompaña, al teclear su carta a nosotros en la “laptop”, don Vittorio Zerbbera (con zeta y doble be), anfitrión y financiero del periplo global que iniciaron el uno de junio a iniciativa del doctor siciliano en mafiología.

Como comparten un interés antiguo y creciente en Andrew Lloyd Webber y su obra, César y Vittorio llegaron a la metrópoli del Támesis a tiempo de asistir en el teatro Majestic a la representación número 9,000 de “El Fantasma de la Opera”.

Webber cortó en el escenario los cuatro pasteles redondos que en sus coronas de merengue tenían, uno cada uno, las cuatro cifras del aniversario. Un acto de gratitud, porque “El Fantasma” es la fuente principal de su fortuna, calculada hoy en mil cien millones de dólares. Días después de la fiesta inició su tratamiento para el cáncer incipiente de próstata revelado en estos fines de mes.

Es la sexta vez que César ve “El Fantasma”, considerada por él y por muchos como la pieza insignia de un compositor que a los 61 años de edad ha canonizado la comedia musical con aureolas de ópera que les sentarían bien a Verdi, Puccini e ilustre etcétera de maestros elevados a los altares en los siglos de oro del “bel canto”.

Los caminos de Webber —indica Pompeyo— conducen a Sara: su ex esposa y protagonista de cinco de sus obras. Brightman fue la gatita Jemina de “Cats”, al lado de Elaine Paige, la gata vieja, “Grizabella”, que puso a “Memory” en órbita de popularidad. Fue Sara también la vedette voluptuosa en “Song and Dance”. La estrella solemne de “Requiem”, compuesta para ella por su autor. La Cristina ingenua, vulnerable y deliciosa de “El Fantama”. La Rosa deshojada de “Aspects of Love”.

Pompeyo ha visto y oído a Sara en persona en las cinco comedias, estrenadas entre 1981 y 1990. La vuelto a ver y oír en vivo en sus espectáculos montados en Las Vegas y la catedral de San Esteban, de Viena (enero de 2007), donde presentó “Simphony”, y en el Royal Albert Hall de Londres. Ha grabado sus intervenciones en el “Concierto para Diana” (julio de 2007), en honor de la malograda princesa de Gales, y en los palacios de Pekín, los mismos que antes tuvieron al cantautor griego Yanni de huésped.

Coleccionista de álbumes de la Brightman, incluyendo desde luego “The very best 1990-2000” y “Greatest Hits 2000”, el señor Pompeyo está seguro de que el programa de Chichén Itzá es sólo una probada, un anticipo de las canciones de Sara en la pirámide maya.

Están en el programa, claro, “Time to say good bye” (“Con te partiro” en italiano), su triunfo clamoroso de 1995 en dueto con Andrea Bocelli, y “Las horas del mal”, estrenada en la capital austríaca, pero no figura “The music of the night”, la joya de “El Fantasma” que, compuesta precisamente por Webber para ella, le ha valido a la diva británica, por su interpretación impar, el título de “Angel of music”. Tampoco está “Pie Jesus”, de “Requiem”, también pensada por Webber para ella. “Ni amigos para siempre” —otra de Andrew Lloyd— interpretada por Sara con José Carrera en las Olimpíadas de Los Angeles.

Faltan asimismo “All I ask for you”, de melodía y letra que invitan al embeleso en “El Fantasma”, y “En Aranjuez con tu amor” y “Te quiero volver a ver”. Algunas cantará Sara en respuesta a los aplausos que, Pompeyo no lo duda, rubricarán la última de las 23 de la lista con el “encore” que la tradición prescribe para los acontecimientos.

César recomienda al auditorio su atención a dos canciones que son ejemplo de un rasgo único y maravilloso de Sara: sus dos voces. El sonido contemporáneo “pop” y el timbre argentino de la soprano ligera, o coloratura, se suceden y combinan en su rendición de “Anytime, anywhere”. Quienes saben de esto comentan que la nota más alta cantada hoy en público por una mujer es la E final de la Brightman en el tema titular de “El Fantasma”.

En la frontera de los 50 años —los cumplirá en agosto de 2010—, al cabo de una carrera de dos millones de DVDes y tres décadas en los escenarios, premiadas con 160 Oros y Platinos y una fortuna actual de 50 millones de dólares, ¿sigue Sara en el pináculo polifónico de diva suprema que empezó a escalar a fines de los 70 como la estrella provocativa, de peinado “punk”, que reinó al frente del grupo rock de “Hot Gossip” (Chisme caliente) de “boys” negros y “girls” blancas? Pompeyo espera un suceso artístico que revalide el elogio de George Perry, crítico del “Times” en el estreno de “El Fantasma” en el invierno de 1987: “Sara Brightman colmó todas las expectativas y deleitó a la audiencia con la precisión, alcance y claridad de su voz asopranada de campana”.

¿Será también Chichén un suceso económico? “Variety”, la biblia yanqui del espectáculo, reportó que “El Fantasma” rendía en Broadway una utilidad de 150,000 dólares por semana de abril de 1989. Es del dominio público que las ganancias de Webber eran del 9.35 por ciento de los ingresos brutos. Pero allá la transparencia económica es total porque así lo dictan la costumbre y lo exige el fisco. Pompeyo espera también que Cultur y el gobierno yucateco aprendan la lección de Plácido Domingo en las mil columnas y esta vez, sin secretos sospechosos y lagunas invadeables, nos digan con franqueza y honradez, por ejemplo, cuáles fueron las regalías de Sara y cuántas la de Ivonne.— Mérida, Yucatán, 31 de octubre de 2009.

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