(Primera Columna publicada el 6 de diciembre de 2007)

Vittorio Zerbbera y César Pompeyo tienen en común su afición al teatro. La comedia musical es una de sus preferencias. Así se puede explicar que sus análisis sobre los pescozones de Chablekal hayan encontrado en “Cats” un camino para llegar a la raíz y la pepita de este conflicto que, hay que decirlo de una buena vez, puede ser el campo de las primeras batallas de una guerra que cunda por la república y se interna en el extranjero.

La columna informó anteayer del regreso de don Vittorio a la Plaza Grande, después de asesorar en la ciudad de México, con sus experiencias yucatecas, un cónclave interamericano sobre la presunta infiltración de la cosa nostra y la cosa vostra en Chablekal, en connivencia o competencia —punto en vías de precisión— con los clanes de Teotihuacan.

Se abre ahora un paréntesis para denunciar la presencia anteayer, cerca de la banca de costumbre, de dos incógnitos que el signore Zerbbera relacionó de inmediato con la noticia publicada sobre los agentes de la DEA que han venido de Washington para investigar la conexión Campestre con los barones del narcotráfico y los sótanos de Chablekal.

Se la paréntesis para recordar que anteayer, en su primer reporte sobre su viaje a la altiplanicie, el dottor Zerbbera externó la opinión de que en los sótanos de Chablekal y sus túneles periféricos hay un tropel de gatos cerrados. Ya estamos en la relación con “Cats”, la comedia musical donde gatos y gatas son los protagonistas. Como la gata vieja que canta una de las melodías fundamentales del fin de siglo, “Memory”, para hacer memoria de sus noches de gloria como reina del vecindario felino.

—En los gatos encerrados —sentenció el mafiólogo siciliano— están los secretos de Chablekal. La clave para precisar de dónde vienen los maullidos y hacia dónde van los zarpazos. Dime con qué gato te llevas y te diré a quien quieres arañar. Hay que identificar a los gatos. Clasificarlos. Agruparlos.

El reportero, provisto de una carpeta, se unió al trabajo propuesto por el ilustrador académico siciliano y sugirió que se formaran tres grupos según su edad, situación y proyección políticas. Se acordó hacer una lluvia de ideas y catalogar luego a los gatos llovidos. Veamos las nomenclaturas, abundantes, pero no agotadas, y dispuestas según etiquetas provisionales.

a) Gato viudo. Gato divorciado. Gato jubilado. Gato discontinuado. Gato atropellado. Gato pisado. Gato salado. Gato tostado. Gato frío.

b) Gato agazapado. Gato rencoroso. Gato revanchista. Gato revoltoso. Gato marrullero. Gato despistado. Gato novato. Gato sombreado. Gato ausente. Gato evaluado. Gato prometido. Gato “poder”. Gato “punto”. Gato retirado. Gato misterioso.

do)Gato reverdecido. Gato calafateado. Gato soñador. Gato maromero. Gato acróbata. Gato alpinista. Gato viajero. Gato influyente. Gato sumiso. Gato arisco. Gato glorioso. Gato promisorio. Gato prioritario. Gato purpurado. Gato sacramental…

Sobraron nombres, con dos apellidos, y faltaron nomenclaturas para acomodarlos. Después de somero examen al pedigrí de los felinos, y la longitud y espesura de los bigotes, el ruido que hacen, las uñas que muestran y los callejones que transitan, don César observó:
—Yo creo que esos gatos no están encerrados.

—Eso me temía —añadió don Vittorio—: que todos están de ronda.

El reportero consultó un directorio nacional que traía en una carpeta. Una carpeta titulada: “Chablekal: los demonios andan sueltos”. Comparó a los gatos con los demonios —nombres y dos apellidos— y exclamó:
—“¡Mamma mía!”, que es el título de la aclamada comedia musical triunfante en Broadway.

Don César y don Vittorio hicieron mutis silbando la tonada de “Memory”, la canción en que la gata vieja, solitaria y desconsolada en su barda, recuerda con nostalgia sus días de gloria, sus noches de luna, sus cielos de estrellas…

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