(Primera Columna publicada el 10 de mayo de 2010)
Al salir de la iglesia de San Juan Bautista, después de rogar ante la imagen de la Santísima Trinidad que el Espíritu Santo llene los corazones de sus fieles y encienda en ellos la decisión de votar el 16 de mayo, para que las elecciones renueven la faz de Yucatán, don César Pompeyo explicó al doctor Vittorio Zerbbera por qué no puede recomendar a los ciudadanos conscientes que voten por los servidores de doña Ivonne Ortega, o sea, los candidatos del PRI.
El señor Pompeyo hizo con una alegoría su explicación de las razones que le asisten para considerar que puede tener incalculables repercusiones para el estado que Angélica Araujo y su batucada tomen posesión del Ayuntamiento de Mérida y se lo traspasen a la gobernadora.
—Cuando el PRI es el que manda, Vittorio, el pueblo es el chofer del automóvil. El gobierno se repantinga en el asiento de atrás. El diccionario acepta como sinónimo el verbo repachingarse, en vez de repantingarse: es más, lo propone como primera acepción. Repachingarse o repantingarse significa sentarse cómodamante, extendiendo y recostando el cuerpo. Como un pachá, marajá o sultán.
—Si repachingarse es el término recomendado por los señores que dirigen vuestro idioma, César, por qué no lo usa usted en su alegoría.
—Porque no quiero confundir a mis contados lectores, Vittorio. Como están las cosas, si uso repachingarse pueden pensar que me refiero al chofer, o sea al pueblo.
—El chofer —prosigue Pompeyo— maneja. Abre la portezuela. Paga la gasolina. Cambia cada jueves y domingo las llantas “ponchadas”. Trata de lavar el coche para quitarle la mugre de los caminos lóbregos. Hace de mecánico para componer las averías, cuando son reparables. En fin…
—En fin, César, que vuestro chofer es el responsable de las “ponchadas”, la mugre, las averías, porque quien maneja es él.
—Es cierto —concede don César—, pero quien da las órdenes es el gobierno. El gobierno dice: dobla a la izquierda. Sigue de frente. Pasa sobre el bache. Frena aunque se estrelle el de atrás. Vuélate el alto. Estaciónate en franja amarilla. Métete por allá, aunque esté oscuro. Si pasa algo, el culpable, claro, es el chofer.
—La otra ocupación del gobierno, además de marcar el camino, es gastar. Se baja donde quiere a gastar en lo que le da la gana. Al chofer no se le tolera ninguna pregunta ni se le proporciona explicación alguna. Su función es callar y obedecer como en los tiempos del virrey. A cambio recibe un salario de hambre y curarse, cuando se enferma, le cuesta un ojo de la cara.
—¿Y para qué tenéis vosotros, César, los hospitales públicos.
—Para enfermarnos del hígado, Vittorio. ¿Cómo no se le va a derramar la bilis al chofer cuando se entera en la calle que este año ya gastamos 53 millones en los tres primeros meses para acicalar la imagen de doña Ivonne y su corte? Lo peor de todo es que no les sirve para nada. El gasto en eso que llaman comunicación social ya subió a 346 millones, cuando todo el presupuesto anual del Hospital O’Horán apenas llega a 385. Nos construyeron un hospital federal, con lo último de la ciencia médica, pero, como lo hicieron los otros, está prohibido que vayan los enfermos. Para morirse de risa.
— En fin, Vittorio, que si gana el PRI vamos a tener a Ivonne y a Angélica repantingadas atrás. Doble trabajo para el chofer. ¡Figúrate: sostener a dos marajanís (femenino de marajá). Nos costarán el otro ojo de la cara!
—¿Y de dónde, César, van a sacar el dinero para repantingar, como dice usted, o repachingar, como sugiere vuestro diccionario?
—Piden prestado en cada esquina —respondió Pompeyo—. Así lo hacen.
—¿Piensan como usted los demás yucatecos?
—Ojalá. Como choferes no iremos a ninguna parte, si bien nos va. O vamos a recular si no nos ilumina el Espíritu Santo.
Después de breve cambio de impresiones, don Vittorio y don César regresaron a la iglesia de San Juan Bautista, a reforzar sus oraciones ante la imagen de la Santísima Trinidad.— Mérida, 9 de mayo de 2010.
