(Primera Columna publicada el 5 de mayo de 2012)
Don Vittorio Zerbbera estuvo ausente. Las semanas Santa y de Pascua, en misiones por el interior del estado para investigar cuánta moral hace falta en las campañas electorales. Breve gira después por Europa para asistir al mayor desastre español desde la destrucción de la “armada invencible” de Felipe II por la marina inglesa en la batalla de Trafalgar. Nos referimos al colapso colectivo del Real Madrid y el Barcelona F. C.
De nuevo en Mérida, el profesional siciliano invitó a César Pompeyo el martes uno de mayo, primer día del mes consagrado a María, a recordar una tradición que antaño fue gala entrañable de nuestra vida cristiana y hoy está en la orilla de la extinción: la presentación de flores.
—Yo, César, presenté flores en la famosa Capilla Palatina, alojada en el que fue palacio de los reyes normandos. Una de las más bellas de las 865 iglesias de nuestra capital, Palermo. Durante el rezo del rosario, las niñas desfilaban por la derecha del pasillo central a insertar flores blancas en los círculos diminutos que punteaban el logotipo mariano de una “M” de madera. Los varones, por la izquierda, ponían flores rojas. Me llevaba mi abuela.
—También a mí, Vittorio. También a mí me llevó mi abuela a presentar flores. En la iglesia de la Tercera Orden, sede de las congregaciones marianas. No lo hacíamos como ustedes. Las niñas, tocadas con velo, colocaban las rosas, o las azucenas, o las flores de mayo que cada una traía en rebosadas canastillas portadas al brazo. Los varones sólo rezábamos (en junio, mes del Sagrado Corazón, era al revés). Entre misterio y misterio, el desfile y el canto. “¡Oh María, madre mía!”. Todos de blanco. Con medallas de la Inmaculada que nos colgaban del cuello en cintas azules. Un suceso religioso y familiar a templo lleno.
Pues bien, Vittorio y César fueron a la iglesia el uno de mayo a “vivir” de nuevo la presentación de flores, rezar el rosario y oír misa. Sólo pudieron recordar. Recordar nada más porque la “M“ de madera blanca, asentada en el presbiterio, frente al altar, se quedó desnuda, vacía. Debajo, en el suelo, atados, los manojos de flores preparadas para las niñas que nunca llegaron.
—¿Dónde están vuestras abuelas, César?
—Las abuelas de hoy, Vittorio, las abuelas que están al día de las cosas de este mundo no tienen tiempo para la nieta, el avemaría y la flor. Están presas de las fantasías de la telenovela. Ocupadas en tirar el naipe. Absorbidas por los casinos. Atraídas por las plazas y galerías con aire acondicionado. Entregadas al culto del cuerpo en los talleres de estética, los gimnasios y los ejercicios públicos en atuendos diminutos. Libran una campaña permanente contra la edad. La edad es no poder ponerse el mismo vestido que la hija, tan entallado pero con escote más atrevido.
—¿No exageras, César?
—Desde luego que sí, Vittorio, pero en el carnaval de la vida la exageración es uno de los disfraces de la verdad. Por cierto, quiero terminar esta charla con una anécdota reciente que reverdece esperanzas mustias y despierta optimismos somnolientos. Verás:
—Pasé por la mañana a hacer una visita al Santísimo en la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, en la colonia Emiliano Zapata Norte. Estaba solo en el recinto. Me senté al extremo lejano de una de las primeras bancas, con ganas de no ser visto.
Entró una joven. Aunque no quisiera o se lo propusiera, tenía que llamar la atención por sus indebatibles atributos femeninos de mujer bella. Se acercó al altar y rezó una oración incomparable: un madrigal. No me veía, pero yo sí la oía. Alzó la vista, la descansó en el rostro de la imagen de María y le dijo: “Tú eres la más bonita”. Dio media vuela y se fue de la iglesia. Sólo entró a llevarle un piropo a la Virgen.
—Creo, Vittorio, que en la joven del madrigal y el piropo están dando fruto las flores que de niña le presentó a Nuestra Señora, acompañada de su abuela, tocada de velo y canastilla al brazo. Frutos que hoy echamos de menos en juventudes despistadas, ciudadanas de paraísos efímeros, socias de intereses mercenarios. Juventudes con el oído atento a los cantos de sirena, el corazón abierto al cortejo del dinero y la inteligencia al servicio del poder.
—Frutos, te repito, que se cosechan en tradiciones que, como la presentación de flores, merecen que abuelas y madres, sacerdotes y catequistas se esfuercen en restaurarlas, para que contribuyan a devolver a nuestra vida cristiana el color y el valor, el atractivo y la emoción que le quita una actualidad diseñada para halagar los apetitos del cuerpo, mientras somete al espíritu y sus causas nobles a una penitencia cuaresmal.— Mérida, 4 de mayo de 2012.
