Dos veces mundialista y campeón del fútbol mexicano como jugador y técnico, Enrique López Zarza se confiesa con el Diario: en su juventud pasó de recogebalones a ser un jugador ingobernable, rebelde. En resumen, “me había agrandado demasiado”.
Olegario M. Moguel Bernal
Hoy se le escucha hablar con el tono relajado de quien está más allá del bien y el mal. De quien abreva de los libros sobre las debilidades humanas y los defectos de la personalidad. Al paso de los años, el jugador impulsivo cedió terreno al estratega cerebral, al agudo observador lo mismo de lo que pasa en la cancha que del comportamiento de las personas. Gracias a “zoom”, se le ve y oye muy seguro de sí, de lo que hace y lo que ha hecho. Se sabe un histórico del fútbol nacional. En su palmarés están dos títulos como jugador con los Pumas, en 1977 y 1981, participaciones en los mundiales juvenil de Túnez en 1977 y mayor en Argentina 78, y, ¡cómo olvidarlo!, campeón como técnico con los Venados en 1998.
Nos recibe amable a través de la plataforma virtual, desde su casa en Ciudad de México. En la pantalla de la laptop podemos ver una agradable, modesta sala, y cuando la señal se corta y gentilmente él nos marca, nos percatamos que ya está en otra habitación, con imágenes y reconocimientos que cuelgan de las paredes.
Hablamos de sus inicios en el fútbol profesional, de los Pumas, de sus años de estudiante de ingeniería, los mundiales en los que participó, de la contingencia y, entre muchas cosas más, de lo que él llama “decisiones en cascada” que han perjudicado al fútbol de ascenso.
¿Cómo llegaste a Pumas?
Mi papá fue portero del América (Enrique López Huerta, de 1952 a 1962) y fui muy cercano a ese equipo. Pero no concreté nada con ellos. Estuve en cambio seis meses con el Atlético Español, que dirigía Walter Ormeño. Cuando mi papá y sus compañeros hacían juegos de veteranos del América me invitaban. Ahí me vieron jugar y por medio del utilero me invitaron a probarme en las básicas. Estando ahí me vio Edelmiro “Picao” Arnauda y me llevó al profesional. “Tú no tienes nada qué hacer en la reserva”, me dijo. Pero no jugué.
Entonces se juntaron varias circunstancias. En América salió José Antonio Roca de la dirección técnica y entró Raúl Cárdenas, en tanto que en los Pumas llegó como técnico el húngaro Árpad Fékete e invitó al “Picao” como auxiliar. Así fue como llegué a Pumas, me llevó Arnauda. Curiosamente yo me quedé y él no. Regresó al América. La verdad me estaba arrepintiendo, porque unas veces me ponían a entrenar y otras a recoger los balones de tiro a gol.
Debuté con Pumas contra Atlante, en el Azteca. Resulta que me enteré por la prensa. Leí que el domingo debutaba, yo no sabía, pero así fue. Jugué como extremo. Era febrero de 1976. Ese mismo año la constructora ICA se hizo cargo de los Pumas y anunció una sonada contratación: el peruano Juan José Muñante. También era extremo, así que me regresaron a las reservas. Fue mi debut y despedida. Estuve de reserva y me puse como meta que, si en un año no retornaba al primer equipo, me dedicaría por completo a mis estudios. Pero se presentó la oportunidad de la selección nacional juvenil y fui al Mundial de Túnez 77.
Ese mundial coincidió con una gira de los Pumas a China después de salir campeones, a la que no pude ir. Durante ese viaje dejó la dirección técnica el también húngaro Jorge Marik y se la dieron a Bora Milutinovic. Me invitó de nuevo al primer equipo para jugar como volante, en el lugar que dejó Spencer Koelho (se fue a Tecos), y retorné como titular en un juego contra Toluca, como armador, con el ocho.
Hablaste de tus estudios. ¿Qué estudiabas?
Estudiaba ingeniería, en el Politécnico. El hecho de ser estudiante coincidía con la política de los Pumas de que los miembros del primer equipo debían estudiar. Sin embargo, las clases en el Poli eran muy demandantes y en la UNAM me invitaron a pasar a la Facultad de Ingeniería, donde tuve concesiones de horario. Combinaba las clases con el fútbol pero cada vez resultaba más difícil. Además, me llamaron a la selección mayor para representar a México en el Mundial de Argentina 78.
¿A qué se debió el mal desempeño de México en ese Mundial?
Era una selección muy joven. Atrevida. No medíamos las jerarquías de los rivales. Por otro lado, tuvimos una preparación ardua. Veníamos de una gira prolongada y muy cansada. Por si fuera poco, en Argentina entrenábamos tres veces al día. Es decir, llegamos desfondados.
Háblanos de tu gol en la final del 81 contra el Cruz Azul; fue el 4-1.
Ese torneo había sido muy difícil para mí porque ya no estaba a gusto con el equipo. Era muy ingobernable, rebelde, había tenido diferencias con Bora y quería que todo girara en torno a mi accionar. Me había agrandado demasiado y llegó el momento en que no era muy bien aceptado en el grupo.
Tal era mi situación que cuando nos concentramos para la liguilla, todos los compañeros en una presentación hablaron conmigo porque no estaban a gusto con mi comportamiento, con mis actitudes. Hice el compromiso de dedicarme a jugar y así fue. Tuve una liguilla muy buena; de hecho, un gol mío, muy difícil —no sé cómo entró—, nos dio el pase a la final al derrotar al Atlético Español.
Poco antes me habían ofrecido la posibilidad de un intercambio con el América. Yo iría a Coapa a cambio de Miguel Angel Gamboa. Pero no acepté. Quería salir bien del equipo. Además, en ese entonces ya había comenzado una relación personal con mi hoy esposa.
Por todas esas circunstancias ese gol fue un recuerdo imborrable.
¿Sigues frecuentando a los compañeros de aquel equipo campeón?
Sigo en contacto con Luis Flores, con Manuel Manzo, mi compadre, y con (Jorge) Marcín (portero).
¿Qué opinas de que se haya decretado la finalización del torneo mexicano?
No fue la mejor decisión. Sin embargo, sería injusto juzgar a los dueños. Hay que buscar una realidad para una industria como es el fútbol; se ha elevado mucho en torno a la realidad del país. Lo mejor sería planificar muy bien el torneo 20-21.
El que fue un golpe muy duro es el que le dieron a la liga de ascenso (al cancelar los ascensos a la Liga MX). El fútbol, sin generar algo tangible, es una fuente de trabajo para gran cantidad de personas y la ilusión de muchos jóvenes.
Hablando de liga de ascenso, fuiste campeón con los Venados…
Recuerdo mi paso por el estado de Yucatán en el año 98-99, siempre recibimos un apoyo muy grande. Recuerdo el campeonato que se logró en aquel año. Luego vino la disputa de una final que nos dejó cerca de un ascenso a la Primera División.
Gracias por todo el apoyo recibido.
¿Cómo sobrelleva el fútbol el Covid-19?
Al fútbol no solo lo afectó el Covid-19, sino una toma de decisiones en cascada: convertir la liga de ascenso en liga de desarrollo, la liga premier (el tercer nivel de fútbol) dejó de tener aspiraciones de subir a la de ascenso, la tercera convertirla en cuarta… Están lesionando la etapa de desarrollo que es un campo de trabajo importante para muchos.
La única área laboral para mucha gente ahora son las fases de formación, con jóvenes que quieren llegar a la Liga MX. El problema es que está plagada de extranjeros, aunque los jugadores foráneos son los menos culpables de esa situación.
Para alguien que lleva toda su vida ligado al fútbol, ¿qué es lo peor de vivir del balompié?
No lo he identificado. Siempre disfruté como futbolista. Como técnico es más difícil. Si acaso el hecho de que no tengas apoyo total de la directiva.
Creo que lo más feo sería la falta de continuidad.
¿Qué lee López Zarza?
Mientras más grande, me vuelvo más espiritual. Leo temas relacionados con la debilidad humana y los defectos de la personalidad. Como futbolistas somos muy egoístas, creemos que somos el centro del planeta, el ombligo del mundo, y nos olvidamos que nos debemos a una sociedad.
También leo sobre motivación para lograr que los objetivos comunes prevalezcan sobre los individuales.
Me ha tocado participar en grupos de AA. Eso te da una visión diferente del comportamiento del ser humano.
¿Puedo publicar eso?
Sí, porque es la corriente del cuarto y quinto paso. Es la parte espiritual que siempre nos olvidamos. Y es importante tener contacto con Dios porque, a final de cuentas, dependemos de él.
Bora Milutinovic me invitó de nuevo al jugar en el primer equipo
