Manolete, tras la cornada de Linares. Foto tomada por Francisc Cano

Amigos aficionados…

Un día, molesto porque le dijeron que abrevie su faena en una plaza de un pueblo, le recriminó Manolete a su apoderado José Flores “Camará”: “Don José, pagan ‘pa’ verme y no hay que hacer distinciones, de plazas grandes o pequeñas. Y al público rico no le cuesta pagar la ‘entrá’, pero a los pobres les cuesta la ‘jorná’, que se lo quitan de comer ‘pa’ verme, así que no puedo decepcionar a nadie”.

Y muerto, desde hace 77 años como hoy, Manuel Rodríguez Sánchez sigue sin decepcionar a nadie. El mundo de los toros le rinde homenaje siempre, el 28 y 29 de agosto, los días de la brutal cornada de “Islero”, de Miura, primero, y su increíble muerte por causas médicas, más ya que las humanas luego de sufrir el percance en la placita de Linares.

Se ha escrito tanto del “Monstruo de Córdoba”, que tal vez sería ocioso tratar de recordarlo. Pero es imposible no tener en la mente en estos días el funesto suceso, acaecido cuando, dicen los que estaban cerca del entorno, Manuel había dicho que se retiraría de los toros para salirse de España, con México como su refugio primordial, para disfrutar de su vida al lado del único amor que tuvo, Lupe Sino.

A Manolete, eso sí se tiene que decir una y otra vez, le había cansado la gloria y la avaricia de quienes pensaban que tenía que dar más, los que exigían desde el tendido y desde los despachos. Su legión enorme de seguidores lo defendía, pero otros, incluso los “suyos” (el apoderado “Camará” y su amigo personal y albacea Álvaro Domecq, quien negó el acceso a Lupe Sino cuando el diestro pedía verla desde el lecho de la enfermería).

Cito una expresión de Pepe Alameda en “Crónica de Sangre… 400 cornadas mortales”, que dice: “En el fondo, todos querían ser Manolete, el único que no quería ser Manolete, era Manolete”.

Manuel Rodríguez no murió solamente por la celebérrima cornada propinada por “Islero”. Del percance, que le destrozó la femoral, había ya salido bien en términos médicos. La transfusión de un plasma noruego que habían creado para la Segunda Guerra Mundial, con resultados no tan positivos, complicó la reacción del torero y acabó con su vida en el amanecer del 29 de agosto, ante la incredulidad de todos.

Las fotos de Paquito Cano dieron y siguen dando la vuelta al mundo. Ayer, en un texto del Diario de Sevilla, compartida amablemente por el contador Carlos Pasos Novelo, aparece una que no recuerdo haber visto: Manolete, muerto, con Lupe, junto al lecho mortal del torero en el Hospital de los Marqueses de Linares.

A 77 años de la tragedia de Linares, todo mundo sigue hablando de Manuel Rodríguez Sánchez, el hombre que dio verdad y revolucionó el toreo moderno. Un torero que fue alivio tras la Segunda Guerra Mundial y que, pasadas las décadas, es un mito. Su muerte, como la de todos los caídos en el ruedo, ha servido para dignificar el duro, cruel y real espectáculo que es la fiesta de los toros.

Dicen que alguna vez escribió: “Si ha de venir la muerte, que sea en una tarde de éxito”. Aquella corrida la toreaba con Dominguín y Gitanillo de Triana, que eran de lo mejor de la época.

Y, recordando el inicio de estas líneas, se entregó allá, y acá también, con su recordada faena a “Farolito”, de Sinkeuel en la Plaza Mérida. Eterno, Manolete.- GASPAR SILVEIRA MALAVER