Amigos aficionados…
En otras ocasiones hemos platicado en este espacio de que la “primera enmienda” de la fiesta de los toros es que un hombre se enfrenta a una bestia, y los dos pelean por la vida.
Generalmente el toro es el sacrificado. Pero ahora que se cumplió un aniversario más de la muerte de Iván Fandiño, el torero de Orduña que era un cabal defensor de la pureza de su toreo, del toreo de muchos otros, permite sacar reflexiones sobre eso que es el juego de la vida y la muerte, de todos los días, y que, dijo Fandiño al brindarle al papá de Víctor Barrio, diestro malogrado por una cornada: “dignifica la profesión”.
Tuve la oportunidad de platicar con Fandiño cuando toreó en la Plaza Mérida en diciembre 2013 y, sereno, comentó que “uno tiene que estar preparado para ese día”, que es el de que el toro te partirá el corazón, como a él, o te romperá la femoral, como a Manolete con “Islero” y a Paquirri por “Avispero”.
Pero tienes que estar listo para ello. Inconscientemente, preparado para morir.
Creo que los toreros como pocos, están listos para eso que al resto de los humanos, como el que escribe, le atemoriza.
Porque, decía, Orson Wells, “el torero es un actor al que le suceden cosas reales”. Y es el único espectáculo en el que no se repiten las escenas. Sucede y sucede.
Uno de mis lujos es haber platicado dos veces en Las Ventas con Juan Francisco Esplá, “mi torero”, como dicen muchos. Le recordaba una vez sobre una corrida que fue de espanto, en Céret, una tierra francesa donde, sin duda, se cumple cabalmente con llevar al toro en su máxima expresión, con edad, trapío, peso. El torero de Alicante, que es un crack en eso de hablar, sonrió: “¿Tú la recuerdas? Yo a veces no”.
En julio de 2007, el torero español sufrió tres cornadas: una en el pecho, otra en la zona escrotal y una superficial en la cara. El toro lo dejó hecho trapo. Y tres semanas después estaba fuera del hospital. “Pero esa vez no sentí que me iba. O no me di cuenta”, dijo Esplá, en el San Isidro de 2019, cuando era comentarista en Madrid.
Volviendo a Fandiño, el amor propio le hizo un torero distinto. Recuerdo una foto de él en un rincón en Las Ventas, junto a esos azulejos en tono rojizo. En la charla de 2013, junto a las placas de nuestra Plaza Mérida, dijo que ese espacio de Madrid representaba uno de los rituales más impresionantes para el torero mientras todos esperan su salida para jugarse la vida.
Y, efectivamente, un día pude estar en ese rincón, con Renán Ceballos, que fue novillero, y coincidimos con Fandiño: ¡Qué impresionante! Se te eriza la piel sólo de estar allí.
Iván Fandiño, el “León de Orduña”, murió el 17 de junio de 2017 en la plaza francesa de Aire Sur L’Adour. Torero de los pies a la cabeza. Se le recuerda siempre.
