El poder de Andrés Roca Rey y la raza de Pablo Aguado, tras una paliza, pusieron tema en una corrida esperada, con “no hay billetes”, de la que se esperaba mucho y no dio tanto.
Los aficionados agotaron la papeleta desde días antes y muchos llegaron aún con la resaca de las locuras vividas un día antes desde la lámpara de Morante de la Puebla. De eso se hablaba mientras el festejo se iba entre un azul y buenas noches, que primero se sacudió por una voltereta espeluznante sufrida por Aguado con su primero.
Los toros de Domingo Hernández fueron apenas justos de presentación, y de deslucido juego. El mejor fue el quinto, de importante pitón izquierdo. El resto se vino abajo, en un encierro sin clase y muy afligido.

Roca Rey se llevó la única oreja, del quinto, y Aguado dio sentida vuelta al ruedo al que cerró plaza, con una faena de mano baja, de su estilo andaluz propio.
Alejandro Talavante fue el primer espada, silenciado en sus dos toros. Su toreo a la verónica con el que abrió plaza fue lo mejor que se le pudo ver en una tarde que le fue muy aciaga.
