La mediana raza del primer toro, al que Morante cortó una oreja, y la cornada que le infirió el cuarto de la, aún así, gran y completa corrida que lidió ayer en la Maestranza la ganadería salmantina de García Jiménez contribuyeron, como un seco golpe de desencanto, a que se apagara la desatada pasión morantista que estos días invadía Sevilla.
Con ese viento a favor que, tras sus genialidades del pasado jueves, obligó a que el de la Puebla saludara ya una ovación nada más deshacerse el paseíllo, se vio también la primera parte de su actuación con el que abrió plaza, un toro justo y de finas hechuras con el que comenzó a concretar con más brillantez capotera en un soberbio y deletreado quite por gaoneras, meciendo la nobleza de un astado que no estaba sobrado de raza.
Morante le hizo una adecuada faena de muleta, más técnica que entregada, con pases ajustados, sí, pero sin mucha fibra y sin exigir demasiado al animal con tal de que le durara más tiempo en los engaños, como así sucedió, mientras que el público no terminaba de romper a jalearle con toda la fuerza que deseaban.
Eso sólo sucedió al final, con los cuatro soberbios naturales de frente con que Morante pudo redondearlo todo, gracias a ese inteligente planteamiento, y con la rotunda estocada, de perfecta ejecución, con que lo tumbó, para que así le concedieran esa oreja y aún hubiera una no demasiado fuerte petición de la segunda.
Pero el gran jarro de agua fría llegó con el cuarto, cuando ese castaño estrecho de carnes se salió suelto de todos los lances de recibo y forzó al de la Puebla a ir a sujetarle a los mismos medios, donde el de Matilla, frenándose y acortando las aún reacias arrancadas, acabó por arrollarle y, aún en pie, le clavó muy visiblemente su pitón izquierdo en el glúteo, en una cornada que luego se supo “muy grave”.
Se llevaron así a Morante, casi inmóvil, a la enfermería, mientras que continuaba una corrida muy distinta a la que la afición esperaba. Y no porque no hubiera toros, ya que en realidad embistieron los seis —aunque algo más medido de raza ese primero— , entre los que se incluyó el sobrero que sustituyó a un quinto que salió al ruedo con un pitón partido.
De hecho, tras tener que matar uno más por el percance del maestro, Borja Jiménez acabó teniendo en sus manos un lote de tres toros de absoluta consagración en la Maestranza: el primero, el más terciado, por la exquisita clase de sus embestidas, el cuarto, el de la cornada, porque acabó rompiendo hacia adelante con notable bravura; y el sexto, porque repitió sus arrancadas con vibración y alegría, a pesar de todo.
Y con “material” tan óptimo, de tan claras opciones para abrir holgadamente la Puerta del Príncipe, Jiménez paseó únicamente dos orejas, la de su primero, que le ofrecía claramente las dos, y la del sexto, esta más por su afán de redondear la tarde por la vía de la entrega y los guiños al tendido que por la consistencia de su toreo.



