Bien presentados, astifinos y hasta hermosos —como el ensabanado cuarto—, los toros de La Quinta ofrecieron una decepción monumental en Las Ventas.
Mansos, descastados, inciertos y desabridos, los seis parecieron cortados por el mismo patrón: animales sin entrega, sin recorrido y sin un mínimo atisbo de bravura. Solo el sexto, ya en el último tercio, dejó ver una embestida fiera que permitió a Tomás Rufo rescatar algunos pasajes de emoción entre el derrumbe general.
La corrida se precipitó desde el inicio hacia un abismo de frustración. Los toros huyeron del caballo o acudieron al peto con cabeceos constantes, toparon más que embistieron y mantuvieron siempre las caras por las nubes. Sus cuerpos estuvieron en Madrid; sus almas, en cambio, parecían reclamar el matadero.
Y sin toro, nada importa.
Ni el lleno de “no hay billetes”, ni la expectación de San Isidro, ni el esfuerzo de los toreros pudieron salvar una tarde vacía de contenido ganadero. Apenas algunos destellos en banderillas del sexto —con Sergio Blasco y Fernando Sánchez obligados a saludar— y la rabiosa entrega de Tomás Rufo sostuvieron la función.
El toledano se jugó el físico ante un enemigo fiero y complicado, tragó con firmeza, encontró muletazos de mérito y acabó emborronando todo con la espada.
Daniel Luque también dejó una lección silenciosa de técnica y oficio. Especialmente frente al quinto, un toro imposible, al que intentó someter con inteligencia y recursos mientras parte del público protestaba sin entender la dimensión del esfuerzo. No hubo lucimiento artístico porque sencillamente no existían condiciones para ello, pero sí una demostración de torería seria y compromiso absoluto.
Miguel Ángel Perera tampoco tuvo opción alguna. Sus dos oponentes resultaron tan sosos como imposibles para el toreo moderno, incluido el precioso cuarto, incapaz de regalar un solo gesto de bravura.
Así transcurrió una tarde áspera y desangelada, de silencios largos y decepción creciente, en la que los toreros tragaron saliva ante un encierro infumable y el público terminó abandonando la plaza con la amarga sensación de que, cuando el toro falta, la fiesta entera se desmorona.
