Una lección para nuestra supervivencia
Héctor Velázquez Fernández (*)
El tratamiento de los residuos orgánicos no es solo un problema para los seres humano. En el mundo animal lo resuelven con tal eficacia, que en muchas ocasiones podría servirnos de inspiración en nuestras políticas de administración y tratamiento de desechos.
A lo largo de la historia de la civilización hemos inventado basureros, vertederos, contenedores, para hacer más manejables las toneladas de basura que generamos diariamente. Pero los animales no se quedan atrás.
Pongamos tres casos de especial interés para los etólogos en cuanto al procesamiento de residuos entre algunos de los llamados animales sociales (los que viven en pequeñas comunidades dentro de otras más grandes): hormigas, abejas y termitas. Los tres son ejemplos especiales de cómo resolver ingeniosamente qué hacer con cadáveres y desechos orgánicos.
Las hormigas dividen sus tareas al modo de nuestros forenses y sepultureros: identifican los miembros muertos dentro del grupo mediante marcadores químicos como los ácidos grasos, incluso antes de la putrefacción; son las hormigas más viejas las que retiran los cadáveres, con una conducta que no deja de ser extraña por el gran desgaste energético que ello implica, y porque las hormigas no gastan inútilmente su energía.
Entre las abejas, el 1% y 2% de las habitantes de las colmenas se ocupan de gestionar qué hacer con los cadáveres. Mientras que las termitas los entierran en zonas lejanas al nido, para proteger al resto del grupo de posibles infecciones.
Hay también casos peculiares: algunas avispas, después de consumir por dentro a su presa, se echan a cuestas el esqueleto del cadáver y lo arrastran como si fuera un caparazón que le servirá para huir si algún depredador confundido ataca el caparazón. De modo que respecto a los cadáveres, podemos decir que en el mundo animal no son un desperdicio, tienen una rentabilidad.
En cuanto a los residuos, algunos animales han destinado vertederos, basureros y hasta barrenderos: 11% de las habitantes de un hormiguero se ocupan de barrer con los residuos. Algunas hormigas los colocan fuera del hormiguero, mientras que en otros casos los ponen dentro y aprovechan los nutrientes aún restantes; aunque hay otros grupos que prefieren ponerlos lejos para que ningún otro integrante del hormiguero esté en riesgo de infecciones por su contacto.
La orina y el excremento merecen mención aparte. La orina es un marcador importante de territorio. El pequeño lémur la usa como una especie de Facebook: con ella informa cómo se encuentra, qué tanto se ha alimentado, si está huyendo o no, y la va actualizando periódicamente en el día para que su grupo, que se disemina por el bosque, vaya al árbol a enterarse mediante la información del rastro cómo está y en dónde el otro integrante que merodea por ahí.
Así que los animales nos enseñan cómo los residuos son algo útil y reutilizable. Hay conejos que consumen su excremento, pues tienen de dos tipos: uno denso y duro, y otro diluido muy fresco que consumen directamente del ano para aprovechar los nutrientes aún no procesados del todo.
Otros seres vivos hacen exóticas simbiosis: consumen hongos que al paso del intestino del animal generan una serie de nutrientes que al ser defecados se vuelven nutrientes para el mismo hongo.
Lección
¿Qué lección podríamos sacar del aprovechamiento o tratamiento animal de los residuos? Que la sobrevivencia premia el reciclaje. Una comunidad de seres vivos donde solo hay desperdicio y nada se reutiliza está destinada al fracaso evolutivo y a la extinción. Así que la moraleja biológica sería que para tener éxito en nuestra sobrevivencia, reciclemos, reprocesemos, reutilicemos.— Puebla, Puebla.
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Catedrático
Una comunidad de seres vivos donde solo hay desperdicio y nada se reutiliza está destinada al fracaso evolutivo y extinción
