El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
“Después que Juan fuese entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; conviértanse y crean en la Buena Nueva’”. De esta manera, sencilla y escueta, narra el evangelio de Marcos, en su capítulo 1, el inicio de la predicación itinerante de Jesús de Nazaret en una como continuidad y ruptura a la vez con la predicación de Juan el Bautista. Y es que, allá por los años 30, en la ribera del Jordán, Juan llama, también, a la conversión —significada por la inmersión en las aguas del Jordán por sus propias manos— de un modo análogo a los antiguos profetas de Israel: ante el juicio inminente de Yahvé, el Bautista urge a sus contemporáneos a volver a la praxis de la Alianza traducida en “frutos dignos de conversión” que, junto con el rito del bautismo, habrían de librar a quienes aceptasen su mensaje de la catástrofe inminente, porque: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”. Es así que el concepto de conversión del Bautista se asocia a las prácticas derivadas de la Alianza que, para entonces, algunos traducen en obras de la Ley: ayuno, limosna y oración, que tendrían que inclinar la balanza moral a favor de aquél que las practicase.
Pero con todo y la continuidad entre la predicación del Bautista y aquélla del Galileo, acaba dominando la diferencia radical entre estas dos ideas de Dios que signan la transición entre el pensamiento religioso del Antiguo a aquél del Nuevo Testamento y que, por cierto, bien que se expresan en los conceptos de conversión de Juan y Jesús. En efecto, mientras que el Bautista insta a una conversión como vuelta a la praxis de la Alianza, el Maestro invita a una conversión que ha de traducirse como, fundamentalmente, un abrirse a la novedad del Evangelio. Y es que Jesús apela a una posibilidad antropológica necesaria en todo itinerario humano: la capacidad de detenerse, reflexionar, analizar, decidir y corregir el rumbo del camino tomado, a partir de la referencia a una instancia crítica con valores objetivos. Y es que el hombre, lejos de estar acabado, es un ser en cambio continuo: en la dialéctica existencial camina a la adultez a partir de experiencias de contraste que revelan su realidad más íntima: la fragmentación entre deseos contradictorios y, a la vez, la necesidad intrínseca de concentrar el tiempo y el espacio personal en un punto que aglutine el pensamiento, la actividad y la existencia para experimentar la coherencia y el sentido de la propia vida.
Sobre este sustrato humano, Jesús propone una conversión que habrá de traducirse en una absoluta confianza en sus palabras y acciones: una apertura incondicional, pues, al reinado de Dios, a la rehabilitación que éste supone y que suprime todo pasado de culpa. Y es que la conversión a la que el Maestro llama resulta como un cambio en la manera de pensar, como una traducción del término griego metánoia, en un nivel más profundo que supone pensar en el giro de la vida que quiere transformar de forma radical el sentido de la existencia y que incluye, naturalmente, el ámbito del pensamiento. Es así que la conversión que Jesús propone se da en el ámbito existencial y, correlativamente, en la praxis, a diferencia de la conversión que predica Juan en función del rito de su bautismo y de las obras de la Alianza. En este sentido, el Bautista identifica la conversión con una conducta moral específica, a diferencia de Jesús de Nazaret que sitúa la conversión en el horizonte de la ética, esto es, en el ámbito de la opción fundamental de las que se derivan, como consecuencia, los actos humanos.
Valga, pues, en una sociedad invadida de pseudomesías, que en su predicación reducen la realidad al ámbito moral de bondad o maldad —a partir de la mentalidad cerrada que les es propia y en un intento de someter infantilmente al hombre a las moralinas del pensamiento único ya de derechas o conservador, ya de izquierdas o revolucionario—, traer a la memoria la frescura del llamado a la conversión de Jesús de Nazaret como una invitación a la adultez y a la autonomía frente a cualquier institución o persona como característica natural, pero necesaria, de la experiencia humana y, correlativamente, cristiana.— Mérida, Yucatán.
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Presbítero católico
