Víctor M. Arjona Barbosa (*)
Estamos en Cuaresma. Se acerca la Semana Santa. Y como todos los años se repetirán los actos litúrgicos y muchas personas asistirán a ellos, incluso aquellas que, durante el resto del año, no se acercan a los sacramentos y solo cumplen con el mínimo, una vez al año, con motivo de esta celebración.
Algunos cristianos ven en este tiempo la oportunidad de irse de vacaciones con todo lo que supuestamente tiene de diversión, jolgorio y olvido de obligaciones y deberes.
Otras practicarán estrictamente la abstinencia de carnes y aprovecharán para darse gusto en refinamientos gastronómicos a base de mariscos apetitosos, pero eso sí, sin tocar la carne ni aún en el guiso más humilde y austero. Hay que cumplir con el precepto. En fin, otros ayunarán, pero sin propósito firme y enérgico de conversión, de cambio de vida, de verdadero crecimiento espiritual.
No, la Cuaresma no puede limitarse a esto ni agotar su profundo significado en prácticas externas con actitudes simplemente rutinarias, ni identificarse con el “folclor” popular, ni es asunto meramente tradicional, ni mucho menos se reduce a espectáculos para atraer a turistas y curiosos.
Tiempo propicio
Hemos de entender, sentir y vivir la Cuaresma como un tiempo propicio para acercarnos al Señor y abrirnos a su amor y misericordia. Vivir la vida de Jesús en nuestra vida para que ésta sea abundante y plena, llenarnos de esperanza con su promesa y alegrarnos con su paz.
La actitud del cristiano en todo momento, pero mucho más en la Cuaresma, debe ser la de escuchar, con oído atento y corazón contrito por el arrepentimiento, la palabra del Señor que dice: “Este es el tiempo favorable, hoy es el día de la Salvación”.
Tengamos presente que no es el legalismo de las prácticas formales lo que santifica. No se trata de ayunar si no hay decisión de auténtica conversión, de dejar nuestros egoísmos, injusticias, envidias, rencores, apatías y cobardías. No sacrificios sino misericordia.
Con toda razón vibra y resuena la elocuencia del profeta Isaías, cuando inspirado por el Espíritu nos advierte: “¿A esto llaman ayuno y día agradable al Señor?”. El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: “Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas toda esclavitud; que compartas tu pan con el hambriento y no le des la espalda a tus hermanos. Que renuncies a oprimir a los demás y destierres el gesto amenazador y la palabra ofensiva. Entonces clamarás al Señor y Él te responderá; lo llamarás y Él te dirá: “Aquí estoy”.
Profesor universitario
