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Razonando nuestra fe

Emmanuel Sherwell Cabello (*)

Uno de los riesgos más graves a los que se expone nuestra sociedad y nuestra época es este: el aborto, que provoca una gran herida en la sociedad. Olga Sánchez Cordero, próxima secretaria de Gobernación, afirmó que el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, promoverá la legalización del aborto en todo el país.

Quiero afirmar que el valor de la vida humana es inviolable y tiene una dignidad. Ninguna consideración parcial, discriminatoria y, por lo tanto, no universal, puede autorizar a disponer de una vida, mucho menos a eliminarla y, sobre todo, los derechos de los más pequeñitos, débiles, los sin voz.

Esto conlleva también a expresar que ninguna ideología política puede moralmente legitimar un atentado directamente contra la vida, especialmente libre de culpa e indefensa que admite una sola moral: respetar la dignidad de la vida humana desde su concepción y hasta la muerte natural. Es un tema de derechos morales.

La vida humana debe ser protegida y favorecida, desde su inicio como en las distintas etapas de su desarrollo. El Concilio Vaticano II ha condenado muy severamente el aborto: la vida desde su concepción debe ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables.

Se sabe hoy que el fruto de la concepción, “el embrión humano”, no es una parte del cuerpo de la mujer, sino una vida humana diferente y, por tanto, no se le puede reconocer a la mujer el derecho de abortar. Desde el momento de la concepción estamos en presencia de una vida individual de naturaleza racional, un ser individual distinto al de la mujer que la alberga y del padre que contribuyó a engendrarla.

Desafortunadamente, las justificaciones que se leen y escuchan para legalizar el aborto no aluden a si existe o no vida humana, sino que se desarrollan en una argumentación legal de un “derecho al propio cuerpo” o de los “derechos de la maternidad”.

No obstante, el antecedente a cualquier otro derecho, es el derecho a la vida misma y esto es, desde la concepción hasta la muerte natural. Por ello, nadie tiene derecho a eliminar una vida que está ya humanamente programada. No existe el derecho al aborto.

En este contexto, la pluralidad ideológica es importante, pero es función primordial de quien pretende administrar justicia y gobierno abrirse al diálogo honesto y científico, al debate cultural y bioético para fundamentar o no, el aborto.

Y a quien es cristiano le corresponde siempre este testimonio evangélico: proteger la vida con valor y amor en todas sus etapas. Con ello, como dice José Ignacio González Faus S.J., dará ejemplo de una fina sensibilidad humana, aunque pueda comprender que no todos acepten eso porque, ante las situaciones límite, también la razón patina.

Seminarista católico

 

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