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Moisés Cituk Hernández (*)

Kyler Murray, quarterback de los Sooners de la Universidad de Oklahoma, es una de las personalidades más importantes de la actualidad en el deporte estadounidense. Su nombre figura en la prensa incluso con mayor frecuencia que los de grandes estrellas de la NFL.

¿La razón? Bueno, el muchacho es un prodigio, una “bestia”, un “monstruo”. Y lo digo en el mejor de los sentidos, estimados lectores. Murray, con 21 años de edad, es un sólido candidato a ganar el Trofeo Heisman —solo eclipsado en los momios de Las Vegas por Tua Tagovailoa, de Alabama—.

Murray tiene a los Sooners muy cerca de los playoffs del fútbol americano colegial. El nativo de Bedford, Texas, es un atleta portentoso, con una velocidad fuera de serie y un brazo que deja con la boca abierta a cualquiera. Y para muestra, un botón: el futuro inmediato de Kyler no está en la NFL, sino en el béisbol de las Grandes Ligas.

Así es. Murray se convirtió en el primer prospecto en la historia que participa en ambas disciplinas (béisbol y fútbol americano) del “All-America Game” que organiza Under Armour, una marca estadounidense de ropa y accesorios deportivos.

Llegó en mayo de 2014 a la Universidad de Texas A&M. No obstante, en diciembre de 2015 anunció su transferencia a Oklahoma, en donde solo se ha desempeñado como mariscal de campo.

Pero eso no evitó que los Atléticos de Oakland lo reclutaran en la primera ronda del último Draft de las Mayores. Y le ofrecieran un contrato de 5 millones de dólares garantizados, el cual Murray firmó con una condición: que le permitieran jugar un año más con los Sooners.

Murray ha dicho que la NFL no está en sus planes, pero “uno nunca sabe”.

 

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